Al maestro, sin cariño
¿Qué probabilidad había de encontrarme a 560 kilómetros de casa con alguien que vivió en mi barrio y fue a la misma escuela que yo hace cincuenta años? Considerando lo que pasó, mucha. Todo ...
¿Qué probabilidad había de encontrarme a 560 kilómetros de casa con alguien que vivió en mi barrio y fue a la misma escuela que yo hace cincuenta años? Considerando lo que pasó, mucha. Todo gracias a ese tipo de charla con desconocidos que en Buenos Aires evitamos, pero a las que en otros lugares nos prestamos con gusto.
Por esa conversación casual supe que la mujer amable que atendía en una típica tienda de recuerdos, en Sierra de la Ventana, era una porteña que se había instalado allí hacía unos años huyendo de la ciudad tras un episodio de inseguridad.
A los cinco minutos, descubrimos que ambos habíamos crecido en Olivos y que, aunque en grados distintos pero con una mínima diferencia de edad, habíamos asistido a la escuela N° 2, General Bartolomé Mitre, en la misma época.
La curiosidad dejó paso al estupor cuando ella empezó a recordar con increíble precisión cómo eran las aulas, los patios, el carácter y el aspecto de cada maestra, nombres y apellidos. Y cada vez que me preguntaba: “¿Te acordás de tal?”, mi respuesta, invariablemente, era “no”.
Durante un tiempo me jacté de tener una memoria prodigiosa y, de hecho, a mi alrededor solían decírmelo a menudo. Soy capaz de evocar fechas, diálogos, personas y situaciones con minuciosidad casi absurda, pero cada tanto alguien me recuerda cosas que dije o hice de las que no tengo ni idea. Como si le hubieran pasado a otro. Todos tenemos muy buena memoria y, al mismo tiempo, nadie la tiene. Recordar junto a otro es sumarle piezas al rompecabezas e imaginar cuántas aún deben faltar.
Y a medida que la dueña del gift shop avanzaba en el relato, lleno de nostalgia y amor, me di cuenta de que, de mis maestras y profesores, recuerdo pocas cosas en general y menos aún con afecto. Más bien vienen a mi memoria viñetas agridulces o bizarras de aquellos días de escuela y de colegio.
En “la 2” teníamos, por ejemplo, una maestra de matemática que azuzaba a sus alumnos mediante una extraña competencia: presentaba un problema y a los tres primeros que lo resolvían les ponía 10, 9 y 8, según el orden de llegada a su escritorio, hoja en mano. Como casi siempre el podio lo ocupaban los mismos, para poder asignarle nota al resto de la clase, llamaba a alguien al azar para resolverlo en el pizarrón, delante de todos. Al cabo de un mes, nadie había quedado a salvo de ver expuestas sus dificultades con la materia. De eso sí no me olvidé.
Aunque, sin duda, la que se lleva el “premio The Wall” es mi profesora de plástica de primer año del secundario, cursado ya en otra institución, una materia insólitamente sufrida gracias a ella. Una vez nos pidió dibujar una bicicleta. Colegio público, clase de 35 alumnos. La profesora fue mirando los dibujos uno por uno hasta que de pronto se detuvo, levantó la hoja N° 5 apuntando hacia el aula y preguntó qué eran esas dos líneas, una horizontal, otra vertical, parecidas a una “T”, con un óvalo en el extremo inferior. Su autor, Daniel, además de compañero, amigo del barrio, se puso de pie. “Es una bicicleta de frente”, respondió. Tras una intensa carcajada general, la profesora, lejos de felicitar al único que se había diferenciado del resto, se aseguró de hacerlo sentir ridículo por no dibujar la bicicleta de costado, con las dos ruedas de rigor, al igual que los otros 34 alumnos.
No es resentimiento; quisiera que mis recuerdos fueran otros, pero son lo que son. Y reconozco que muchos miles pueden no haber tenido profesores y maestros como el de la película de Pink Floyd, y sí como el Mark Thackeray de “Al maestro, con cariño”, que logró conquistar a los alumnos más indómitos no a fuerza de castigos, sino tratándolos con inteligencia y no como si fueran niños. Algo tan simple y a la vez tan difícil. Ayer, hoy y siempre.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/al-maestro-sin-carino-nid09092026/