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Del origen de la escritura a la inteligencia artificial: cada revolución tecnológica redefine el trabajo

Nuestra historia tal como la conocemos comenzó hace unos 5000 años en Mesopotamia. Hacia el 3000 a.C., la humanidad inventó la escritura y, con ella, abandonamos la prehistoria. Lo curioso es qu...

Nuestra historia tal como la conocemos comenzó hace unos 5000 años en Mesopotamia. Hacia el 3000 a.C., la humanidad inventó la escritura y, con ella, abandonamos la prehistoria. Lo curioso es que esa tecnología fundacional no nació para la poesía, sino para la gestión: era una herramienta contable diseñada para registrar cuántos granos, cuánto ganado y cuánta cerveza se movían entre los hombres.

Escritura y matemáticas germinaron juntas en un caldo de cultivo de cambios sociales profundos. Gracias al riego y al arado, las ciudades crecieron y creció también la necesidad de organización. Surgieron los primeros reyes y, casi de inmediato, los impuestos. Así nació un nuevo género de trabajo: la burocracia estatal. La escritura cuneiforme fue, en esencia, el software de administración de la antigüedad.

Miles de tablillas de arcilla cocida que sobreviven hasta hoy revelan una verdad fascinante: el éxito de la elite profesional de aquel entonces dependía de saber contar. Existían escuelas y exámenes rigurosos para ingresar al cuerpo de escribas; el gran desafío era la matemática. Durante milenios, ser “contador” –el que cuenta– fue una habilidad de un distinguido grupo, indispensable en cortes reales y congregaciones religiosas. Incluso en el siglo XX, el oficio de “calculista” fue vital; basta recordar a las mujeres de la NASA que, a fuerza de lápiz y mente, hicieron posibles los primeros viajes espaciales.

Si bien el ábaco fue un truco temprano, a mediados del 1600 se produjo un “salto cuántico”. Blaise Pascal construyó la pascalina, la primera máquina mecánica para hacer cuentas. Su objetivo pragmático era ayudar a su padre con la recaudación fiscal en una región de Francia. La pascalina representó una revolución silenciosa. A diferencia de la polea o el arado, que reemplazaban la fuerza física, este ingenio sustituía un proceso que se creía exclusivo de la mente humana. ¿Qué habrán pensado sus contemporáneos? ¿Habrán sentido el vértigo de un mundo sin “contadores”?

Hoy, “con el diario del lunes”, sabemos que las computadoras –hijas evolutivas de aquella pascalina– poseen un poder de cálculo que roza el infinito. Y, sin embargo, el apocalipsis laboral no ocurrió de la forma prevista. Aunque las máquinas hacen hoy la totalidad de las cuentas de las organizaciones modernas, seguimos enseñando matemáticas. Seguimos teniendo empresarios, banqueros y científicos que aplican su inteligencia a los números. No dejamos de saber; aprendimos a usar ese saber a otro nivel.

Hoy nos encontramos en un umbral similar. La inteligencia artificial irrumpe en un momento de transformaciones sociales tectónicas. Es una herramienta que, sin duda, redefinirá el horizonte del empleo, un proceso que no estará exento de fricciones, conflictos y dramas humanos. Es nuestro nuevo salto cuántico. Ante la IA, surge la pregunta recurrente: al tener máquinas que parecen saberlo todo, ¿dejaremos de aprender lo que ellas ya dominan? La historia sugiere lo contrario. La tecnología no ha venido a vaciar nuestra mente, sino a desplazar la frontera de lo posible.

En la Mesopotamia, la escritura no reemplazó la memoria, sino que la expandió para fundar ciudades. La pascalina no eliminó a los matemáticos, sino que les permitió mirar más allá del simple cómputo. Quizás la IA no sea el fin del conocimiento humano, sino una herramienta para que, una vez más, nos apoyemos en ella para hacer nuestra vida un poco más ancha, más compleja y –ojalá– un poco mejor.

CEO de Baufest

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/del-origen-de-la-escritura-a-la-inteligencia-artificial-cada-revolucion-tecnologica-redefine-el-nid30042026/

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