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Descubrió yacimientos de petróleo, pero se enamoró de Mendoza y creó su propia bodega

Mendoza fue su primer destino como geólogo. Allí se instaló en 1982, recién recibido, con su mujer y tres hijos, para trabajar como parte de uno de los equipos de prospección petrolera de YPF....

Mendoza fue su primer destino como geólogo. Allí se instaló en 1982, recién recibido, con su mujer y tres hijos, para trabajar como parte de uno de los equipos de prospección petrolera de YPF. Ese fue su hogar durante ocho años, y si bien luego volvió a Buenos Aires, desde entonces la vida de Daniel “Koko” Kokogian ha estado vinculada a esa provincia.

Es allí donde Koko participó del descubrimiento del yacimiento de petróleo convencional más importante de las últimas décadas –el Corcobo–, y es en el corazón de Valle de Uco donde estableció junto al enólogo Juan Pablo Michelini la bodega Altar Uco, que elabora algunos de los vinos más personales e interesantes de los últimos tiempos.

“Altar Uco es el proyecto de mi vida que quisiera que le quede a mis nietos, y no podía ser en otro lugar que no fuera Mendoza“, cuenta Kokogian, en cuya vida cotidiana conviven el trabajo con la bodega con un proyecto de su expertise como geólogo: evaluar la factibilidad de un yacimiento de uranio en Río Negro en el marco de la Corporación América, en la que actualmente es advisor en minería y de cuya petrolera Compañía General de Combustibles (CGC) fue director.

–Daniel, ¿cómo nace tu vínculo con Mendoza?

–Nací en 1954 en Nueva Pompeya, sur de la capital federal, donde viví hasta que me recibí de geólogo en 1982. Me había casado con Mónica a mitad de carrera y para ese entonces teníamos tres hijos. Todos nos fuimos a vivir a Mendoza, que fue mi primer destino como geólogo de exploración de petróleo y gas para YPF. Comencé trabajando en una de las comisiones que se dedicaban a hacer geología de superficie, que es recorrer un área, mapearla e investigar con el objetivo de estudiar en superficie rocas que pudieran generar y producir petróleo cuando se las encontrara en subsuelo. Estuvimos haciendo ese trabajo primero en Malargue, lo que en petróleo se llama Cuenca Neuquina, y luego en el norte de Mendoza, San Juan y hasta La Rioja, la llamada Cuenca Cuyana, de edad triásica. Entré como geólogo ayudante y terminé como jefe de comisión geológica. De alguna manera me gané el mote de “experto en la cuenca triásica”, a tal punto que durante años todo el mundo me preguntaba sobre el tema pero yo ya estaba cansado. Es como cuando a los cantantes les piden siempre la misma canción.

–¿Cómo siguió tu carrera?

–En 1989 me contrató como geólogo senior una empresa norteamericana, Occidental Petroleum, que me trae a Buenos Aires. Tenía yacimientos en Mendoza pero me lleva como geólogo en la exploración del mar alrededor de las Malvinas. Ahí hicimos tres pozos, que no resultaron buenos. Pero más allá de eso, fue un cambio para mí: era un pibe que salió del barrio y de repente estaba presentando proyectos a jefes de compañías globales. Fue un crecimiento tremendo desde el punto de vista profesional. De ahí pasé a una start up canadiense, un país que tiene una cultura completamente diferente, con la que me tocó vender dos compañías petroleras. Yo había comenzado como técnico pero ahí empecé mi carrera gerencial; luego otra compañía canadiense me contrató ya de gerente general para armar una startup acá, que se llamó Petroandina y que fue mi éxito no solo geológico sino también de negocios.

–¿Cuál fue ese éxito?

–Realizamos un descubrimiento magnifico que fue el Corcobo, un yacimiento de petróleo que al día de hoy sigue produciendo y que en su momento pico tuvo una producción de casi 30.000 barriles al día. Al principio éramos cinco en la companía y terminamos teniendo unas 3000 personas trabajando al sur de Mendoza, en un desierto al sur del Payún Matrú, un campo volcánico muy grande que ni los mendocinos conocían, porque para llegar solo estaba la ruta 40, destruida a esa altura, o una huella que solo usaban los puesteros.

–En toda esa relación con Mendoza, ¿cuál era tu vínculo con el mundo del vino?

–Con el mundo del vino, cero. Con el vino, cuando estaba en YPF, mi relación era que todos los meses iba con mis damajuanas a comprar a una bodega para llevarme vino a la cordillera. En esa época trabajaba 20 días en carpa en el campo, en Malargue, y 10 días vivía en la ciudad con mi familia. Eso fue durísimo, pero fue la etapa más prolífica en aprendizaje y el basamento de mi carrera posterior. Entonces, los valores de las fincas en Mendoza eran bajísimos, pero con mi sueldo de geólogo no me alcanzaba para comprar una.

–¿Querías tener una finca en Mendoza? ¿Querías hacer vino?

–Quería tener algo en Mendoza, una finca para ir, pararme ahí y mirar la Cordillera. Y si tenías la finca te hacías un vinito...

–¿Y cómo comenzó a tomar forma ese sueño?

–En un momento, con un amigo geólogo fuimos a ver una finca en Gualtallary, pero al final no se concretó. Al tiempo, en 2012, me iba un poquito mejor económicamente y pasó algo fortuito. Fuimos con mi mujer a un casamiento en Mendoza y al día siguiente, desayunando en el hotel, le escribo un mail a los dueños de la compañía canadiense con la que trabajaba y les digo: “¿Cómo les va? Estoy en el Hyatt rememorando buenos viejos tiempos”. A los tres minutos me contestan: “Nosotros vamos en tres meses a Zorzal”. “¿Qué es eso?”, pregunté. Resulta que estos canadienses habían invertido en la bodega Zorzal, que se estaba armando en pleno corazón de Gualtallary. Y esa semana se estaba cerrando una ronda de financiamiento para inversores. Entonces le dije a Mónica, mi mujer, de ir a verla. Fuimos y cuando vi la bodega casi me desmayo de lo impecable que estaba. Esa semana entré como inversor, poniendo plata para la primera implantación de sus viñedos.

–¿Y cómo nace Altar Uco?

–Al año voy a la bodega y me encuentro a Juampi, que era el enólogo. Empezamos a charlar y le pregunto: “¿Cual es tu objetivo como enólogo?” Y él me dice: “Quiero hacer el mejor vino del mundo”. Bueno, le digo, hacelo, acá tenés un fierro nuevo. Entonces él me responde: “Acá no puedo. Quiero hacerlo como yo quiero, sacarlo cuando yo creo que está listo y no cuando me dice el comercial. Quiero tener todo el control para que el vino le llegue a quien lo va a tomar cuando yo quiero”. Me voy y a los cuatro o cinco meses Juampi me manda un mail: “¿Se acuerda de mí? Permanentemente me ofrecen asociarme con alguien, pero con mi esposa no entendemos nada de números y siempre pensamos que nos van a estafar. Pero usted me dio confianza. ¿No quiere hacer un vino conmigo?”. Y así fue. Él tenía tres barricas que había empezado a hacer con un amigo, pero no tenía plata para poner el vino en la botella. Yo puse la plata para embotellar y esa resultó ser la primera añada de Altar Uco.

–Ya desde el primer momento fue un éxito.

–Sí, ese vino terminó siendo nuestro primer Edad Media Tinto, que se vendió todo. Gran parte lo compró Pablo Rivero , que es algo así como nuestro principal sponsor desde el día uno, y hoy un gran amigo.

–Imagino que eso fue una gran vidriera.

–Fue un espaldarazo tremendo, ya que estar en la carta de Pablo es validación del producto. Después de la primera cosecha dijimos “hagamos otra”, y ahí agregamos un par de vasijas y después sumamos el blanco. Juampi tiene una mano especial para los blancos y desde el día uno la rompió. Empezó a sacar muy buenos puntajes en la app Vivino, donde los que califican son los consumidores, y de críticos de vino como Parker o Atkin. Y así empezó una rueda en que cada año Juampi dice por qué no hacemos esto o por qué no hacemos lo otro y así le agregamos algo más. Hasta que en 2017 me propone que compremos fudres para hacer lo que es hoy nuestro Edad Antigua, con la idea de que recién salga en 2023. Yo me acuerdo que le dije: “¡Pará, yo quiero tomar el vino! Vos tenés 30 años, yo tengo 60, no me hagas un vino que capaz que no llego a ver”. Yo lo decía en chiste, pero cuando me lo tomé dije: “¡Sí que valió la pena!”

–Hoy cuando mirás para atrás, ¿qué ves?

–Hoy Altar Uco es la inversión más grande que tengo. Y nunca me di cuenta de cómo la fui haciendo. Yo siempre digo que la evolución de Altar Uco nos llevó puestos. Con los contactos que Juampi tenía a través de Zorzal, casi inmediatamente comenzamos a exportar y con el tiempo tuvimos que empezar a pensar en una bodega propia, porque veníamos elaborando dentro de Zorzal e incluso teníamos vino repartido en otras bodegas. Era un lío. Entonces compramos cuatro hectáreas en Gualtallary. Empezamos a construir la bodega en octubre de 2023 y, devaluación mediante, lo que iba a salir uno salió tres... Pero siempre tuvimos la suerte de contar con gente muy cercana, que fue entrando al proyecto, haciéndolo posible.

–¿Qué es Altar Uco para vos?

–Para mí fue un aprendizaje. El mundo del vino me era algo ajeno, pero a medida que Altar iba creciendo yo me iba involucrando y entendiendo un poco más. Al principio era un hobby: “Tenemos tres toneles, hagamos un vino”. Hoy para mí es el proyecto de mi vida que quisiera que le quede a mis nietos. ¿Viste cuando un bodeguero de los de hoy cuenta lo que su abuelo hizo hace 90 años? Bueno, yo tengo esa fantasía. Que no sé si se va a cumplir, pero me encantaría que en el futuro Altar Uco sea una de esas marcas que se sostuvieron durante décadas haciendo vinos de calidad. A eso aspiro. Tener en la mesa de nuestra casa el vino que es de nosotros tiene un valor en sí mismo, que no tiene nada que ver con el esnobismo. Y que el vino sea de Mendoza para mí y para mi familia tiene otro valor. No podía ser de otro lugar. En mi vida, Mendoza es como un hilo conductor.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sabado/descubrio-yacimientos-de-petroleo-pero-se-enamoro-de-mendoza-y-creo-su-propia-bodega-nid09052026/

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