El inesperado éxito de llamarse “Claude”
NUEVA YORK.— Esta cronista sólo conoce una Siri —Siri Hustvedt, la escritora y viuda de Paul Auster, a quien le tocó entrevistar algunas veces— y a ninguna Alexa. Pero sí a varios Claude, ...
NUEVA YORK.— Esta cronista sólo conoce una Siri —Siri Hustvedt, la escritora y viuda de Paul Auster, a quien le tocó entrevistar algunas veces— y a ninguna Alexa. Pero sí a varios Claude, quienes están atravesando un momento… cibernéticamente movido.
En la vida doméstica hiperconectada de la Gran Manzana, Siri es el asistente virtual de Apple y Alexa su equivalente de Amazon: voces a las que se les puede hablar o escribir para pedir datos, resolver dudas o manejar la casa, y que ya existen desde hace años. Pero Claude es otra cosa: un nombre propio que se volvió sinónimo de la inteligencia artificial, con toda la fuerza —y la velocidad— de la nueva generación tecnológica.
De pronto, “uno siempre se siente el más inteligente de la sala porque todos dicen: ‘veamos qué piensa Claude’”, explica un Claude amigo nacido en Francia que trabaja en Wall Street
Según los medios especializados, la popularidad de este asistente se disparó en Estados Unidos durante los primeros meses de 2026, al punto de transformarse en el principal rival de ChatGPT. Encima, por las tensiones —muy públicas— entre sus creadores y el Pentágono por el uso de modelos avanzados, “Claude” terminó de instalarse incluso entre quienes vivían al margen de la conversación tecnológica: pasó a ser noticia política en la televisión, la radio y las ediciones impresas de los diarios.
De esta forma, Claude se volvió ineludible. Y uno de sus efectos más curiosos recae sobre los humanos que se llaman así. De pronto, “uno siempre se siente el más inteligente de la sala porque todos dicen: ‘veamos qué piensa Claude’”, explica un Claude amigo nacido en Francia que trabaja en Wall Street. La frase resume el fenómeno. Tener un Claude cerca —ni que hablar ser un Claude— se transformó en una experiencia social.
Según Bloomberg, en reuniones o en chats de grupo, a quienes se llaman Claude les “tiran prompts” —“Hey, Claude, hacé esto”— como si fueran la inteligencia artificial. Hay jefes que anuncian frente a toda la empresa: “esto se lo damos a Claude”, y queda la duda de si el humano en cuestión tiene que hacer algo. Hay parejas que discuten y suman al intercambio emocional un nuevo árbitro: “ok, pero ¿qué dice Claude?”. Y, como si fuera poco, también a los Claude humanos los bombardean con titulares simpáticos del estilo “Pete Hegseth (el secretario de Guerra) odia a Claude”. “Es como ser una celebridad… al principio es divertido, pero después se vuelve molesto”, reconoce el Claude amigo, aunque su mujer sigue fascinada. “Cuando hago una reserva en un restaurant, ya no tengo que deletrear nada”, dice. Un pequeño triunfo doméstico en medio de la disrupción tecnológica.
Ocurre que, en Estados Unidos, Claude es un nombre muy poco frecuente. Según recoge Bloomberg en su nota Un momento extraño para llamarse Claude, muchos de los que lo llevan nunca habían conocido a otro igual aquí, y recién ahora están aprendiendo lo que significa compartirlo de una manera tan intensa.
El tema de fondo es que, a diferencia de la neutralidad eficiente y casi industrial de “GPT”, “Claude” llega con equipaje cultural
Durante años, en cambio, el problema había sido el inverso: pocos entendían el nombre o lo escribían sin errores en Starbucks. La solución más práctica era decir que era como el musculoso del cine Jean-Claude Van Damme. Más culta, claro, la referencia podía ser Claude Monet o Claude Debussy. O —pechito argentino, probablemente aún más en ambientes intelectuales de Buenos Aires que de aquí— Claude Lévi-Strauss.
El tema de fondo es que, a diferencia de la neutralidad eficiente y casi industrial de “GPT”, “Claude” llega con equipaje cultural. Sugiere reflexión, cierta densidad, incluso un aire ensayístico. Si ChatGPT suena a sistema, pese a Van Damme como referencia frecuente, Claude suena a alguien que podría tener opiniones sobre Proust.
Otro amigo Claude en Buenos Aires —éste de familia belga, aunque “Claudio” en los papeles porque nació antes de que se flexibilizaran las reglas sobre nombres extranjeros— dice que el fenómeno todavía no llegó a la Argentina con tanta fuerza. Así que, por un lado, sigue teniendo que deletrear su nombre; pero, al menos, por ahora nadie le pide automáticamente que resuelva nada.