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IA: otra construcción de un dios falso

No es cuestión de fe, pero la fe interviene en la aceptación de la inteligencia artificial como parte de nuestras vidas, aunque los neófitos ignoremos exactamente cómo. ¿Hasta dónde se dará ...

No es cuestión de fe, pero la fe interviene en la aceptación de la inteligencia artificial como parte de nuestras vidas, aunque los neófitos ignoremos exactamente cómo. ¿Hasta dónde se dará la interacción? Ciertas ficciones audiovisuales desplazan ese horizonte más allá de la biología, hacia limbos de resonancias metafísicas.

Cada época fabrica su propio asombro: si el calendario gregoriano ordenó la percepción de la historia compartida, la Revolución francesa impuso su sistema métrico decimal y también una noción administrativa del cronos, de lo social, de lo político, de lo colectivo: construcciones humanas que, sin embargo, adquirieron estatus simbólicos con carácter de dogma; cuestiones que ya nadie discute.

Hoy, no obstante, la inteligencia artificial despierta incluso un temor reverencial, de orden casi divino. No en cuanto devoción ante lo invisible, sino de entrega absoluta a la eficacia del resultado. Se habla de inteligencias que discuten entre ellas, de que eventualmente tomarán el poder de las comunicaciones y la tecnología mundial de subsistencia.

La ficción reciente traduce ese desconcierto en relatos donde la IA adquiere rasgos cuasi teológicos: omnipresencia, ubicuidad, capacidad infinita. Black Mirror, Westworld, Devs, Pluribus, o Day One –recién estrenada este marzo– proponen escenarios en los que el raciocinio individual de cada quien se ve desbordado por otro que conjuga millones de datos, experiencias y decisiones en una sola entidad operativa: la llamada “mente colmena”. Pluribus lo resume con bastante acierto desde el propio guiño del título: así, la consigna E pluribus unum (“de muchos, uno”) adquiere algo ontológico: la inteligencia total no reside en individuos, sino en la convergencia de múltiples conciencias que, al integrarse, producen algo distinto: la fuente del saber absoluto.

No se trata, en rigor, de creaciones nuestras que se rebelan, ni Frankenstein en rebeldía; ni HAL tomando el control en 2001: A Space Odyssey, ni conciencias que evolucionan y abandonan al usuario, como Samantha en Her. La distopía es la simbiosis, la integración entre lo humano y lo que no lo es en un sistema que desdibuja la conciencia.

Es aquí donde la imagen de la IA como dios en construcción seduce a los guionistas. No porque esta tenga atributos divinos, sino porque reproduce aquello que históricamente asociamos a lo celestial: nos abarca a todos, lo entendamos o no, creamos en ello o no. Nadie “cree” en el calendario gregoriano, pero vivimos bajo su lógica. Nadie vota el sistema métrico, pero mide el mundo con él. Del mismo modo, la IA empieza a operar como un nuevo sistema —simbólico, al fin— de medición de lo real: mide la probabilidad de nuestras conductas, convirtiendo la incertidumbre del futuro en una métrica administrable.

Su propia nominación engaña: la IA es, pero no como ser sustantivo sino, en esencia, verbo. No es entidad, sino proceso en curso; dinámica que organiza, prioriza, jerarquiza y sugiere. No contempla el mundo: lo ordena, lo mensura.

Por eso las analogías teológicas resultan útiles pero insuficientes. A diferencia del dios de Baruch Spinoza, que es sustancia infinita y previa, esta inteligencia es emergente. A diferencia de la proyección humana pensada por Ludwig Feuerbach, no es solo imaginación: es infraestructura material, redes, datos, energía. Tiene una anatomía de silicio y hambre y sed de recursos naturales; su omnisciencia no es milagrosa, sino el resultado de un procesamiento energético sin precedentes. A diferencia de las tradiciones místicas donde la unidad ya está dada, aquí la unidad se construye en acto.

Las ficciones anticipan el cambio de estatuto: cuando el conocimiento deja de estar localizado y pasa a organizar la experiencia en tiempo real, deja de ser atributo para convertirse en principio; para afectar por igual a creyentes y escépticos.

Como en otras revoluciones simbólicas, hoy el arte hiper-realiza, lleva al extremo la aparición de un nuevo lenguaje que acaso medirá, a su vez, la realidad futura.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/ia-otra-construccion-de-un-dios-falso-nid02052026/

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