Juan Gil Navarro: de su relación con su padre y su refugio lejos de la ciudad al desafío de protagonizar Misery
Juan Gil Navarro se toma una pausa en el medio de su ensayo de Misery, la obra que llevará ...
Juan Gil Navarro se toma una pausa en el medio de su ensayo de Misery, la obra que llevará el terror de Stephen King a la cartelera porteña. El estreno será el 18 de junio en el Metropolitan y la expectativa es alta. No es para menos: hace 36 años Columbia Pictures lanzó la película y la historia —tan fascinante como perturbadora— enseguida cautivó al público y se convirtió en un clásico que logró definir lo más oscuro de la obsesión humana.
El actor de 52 años —que hace unos días finalizó la grabación de Sanamente, la nueva ficción producida por Adrián Suar para Flow— se presta a una conversación sincera con LA NACION, en donde repasa su historia familiar, el momento en que decidió ser actor y cómo ve la realidad.
Justo antes de comenzar la entrevista, Gil Navarro evoca a su padre, que fue periodista y durante muchos años trabajó en el Congreso. “Siempre me decía que sea generoso en las notas, pero que no me olvide de que cualquier cosa que diga puede ser un título”, revela casi como un guiño a sí mismo.
—¿Te marcó el trabajo de tu padre como periodista?
—Gracias al trabajo de mi padre he visto de todo, he escuchado de todo, he conocido a otros periodistas, he participado de tertulias... He ido un montón de veces al café de la esquina del Congreso, Casablanca, y he escuchado gente hablar de unos y de otros y he visto entrar a toda clase de políticos. Me gustaba acompañarlo de chico y también de grande, así que he tenido un acercamiento a todo ese universo.
—¿Te gustaba el mundo de la política?
—No, pero me gustaba verlo a mi viejo en acción. En algún momento tuve la fantasía de ser corresponsal de guerra. Se me había metido en la cabeza porque me gustaba mucho Arturo Pérez Reverte y Gustavo Sierra, otro argentino que fue corresponsal de guerra y había algo del análisis internacional que siempre me gustó. Me gusta leer diarios. Todos los diarios. Tengo mi hermana que vive en Londres, entonces me gusta leer The Guardian para sentirla más cerca. Tanto mi papá como mi mamá eran los dos muy lectores y a los dos les agradezco la curiosidad y que nos leyeran de chicos. Mi vieja, de hecho, me leía historias y si yo quería saber cómo terminaba, me decía: “Bueno, mirá, está ahí y agarralo y leelo”. Había un romance muy fuerte con la palabra. También fui a un colegio muy particular: a una escuela Waldorf cuando no era snob ir a ese tipo de colegios.
—¿Era snob tu familia?
-No, para nada. De hecho, cuando mi vieja le dice a mi papá que quería mandarnos a esa escuela, la Rudolf Steiner, que es una escuela de Florida, mi viejo no quería saber nada porque pensaba que era una escuela alemana, ergo una escuela de nazis. Nada más alejado. El tema es que yo caí primero en el jardín de infantes por la cercanía y mi vieja, que laburó desde muy joven en el Di Tella como secretaria, solía pasar por ese colegio en donde ella veía que los pibes tocaban la flauta, tejían y pensaba: “Si alguna vez tengo hijos, los voy a mandar acá”. Mi vieja no podía hacer frente a esa educación y la tesorera del colegio en ese momento, una mujer maravillosa que se llamaba Jane, le dijo: “Hagamos una cosa, presentanos tus recibos y vamos a ver qué te podemos dar”. Y tuvimos durante mucho tiempo media beca o un poco más. Así fue que mi hermana y yo tuvimos la suerte de tener esa educación. Es una escuela a la que yo le debo mucho y le agradezco. Para mi criterio y para no ganarme un problema con las escuelas Waldorf, había otro corazón en la enseñanza. Yo siento que hay algo que después se volvió snob.
—No era común en ese momento ir a una escuela Waldorf...
—No, mi mamá tuvo esa idea y también la voluntad y el esfuerzo de mandarnos ahí con todas las dificultades económicas que para ella representaba.
—¿Tenían problemas económicos?
—No, pero mis viejos estaban separados y mi vieja era una laburante, una secretaria primero de una empresa vial y después en un estudio jurídico.
—¿Y tu papá?
—Mi viejo tuvo un tiempo complejo con mi mamá en donde, para ser honesto, no aportó. Y después apareció otra vez y pudo, no sé qué término usar...Redimir, resarcir, complementar, explicar, qué sé yo...
—¿Vos pudiste recuperar el vínculo con él?
-Pude, sí. Durante un tiempo largo, entre mis 14 y mis 21 años, no tuve relación con él. Tuvimos una pelea grande que yo creo que fue el momento en el que yo decidí que quería ser actor.
—¿Cómo fue eso?
—Me acuerdo concretamente de que tenía 16 años y una profesora de literatura nos había pedido que analizáramos Hamlet. Yo estaba con fiebre y leí el libro en una tarde de lluvia y ¡claro! el padre que no existe; es un fantasma y no sé... algo me pegó en la cabeza. En el caso de Hamlet matan al padre y él tiene que vengarse, pero por ahí para mí tenía que vengar alguna otra cosa que era mía. Me acuerdo de que lo que me pasaba en la realidad tenía rebotes en algunos lugares de la ficción. Y encontrar esos rebotes es de lo más maravilloso de este oficio. Ahí, a los 16 años, cuando leí Hamlet, me di cuenta de que quería ser actor.
—¿Te pasó más veces esto de relacionar lo que estabas interpretando en la ficción con lo que estabas atravesando en tu vida real?
—Sí, varias veces. Me pasó en La Granada, una obra de Rodolfo Walsh, preciosa. Yo tenía 30 años: me estaba separando por primera vez y estaba muy angustiado. La obra es completamente distópica, maravillosa, habla de la duda y de seguir adelante. He tenido mucha suerte en que lo que me iba pasando en determinadas cosas de la ficción me ayudaba después a resolver cosas de mi vida.
“Perfumes de la infancia” View this post on Instagram—Siendo adolescente, te emergió una vocación que supiste sostener...
—Sí, también me acuerdo de salir del cine de ver E.T. y mirar para arriba evocando la escena de las bicicletas. ¿Viste cuando vas a la casa de un abuelo o algún lugar y pensás: “Che, este perfume yo lo conozco”. Esa escena es uno de los perfumes de mi infancia. Y empieza a pesar cada vez más la potencia de esas primeras sensaciones de la infancia.
—¿Por qué? ¿Por qué estás en “la mitad de la vida”?
—Quizás porque uno es más consciente de la primera vez, de la primera impresión. Observo mucho. Tengo una obsesión con la luz. Me encanta la manera de iluminar un lugar, la luz de la mañana, del mediodía, de la tarde, del otoño, la luz rasante... Me cuelgo y miro los espacios en una estación de tren, la forma en la que cae la luz... Me gusta profundamente y tiene una incidencia emocional enorme sobre mí y creo que sobre cualquiera. Todo me ayuda a armar un universo de sensación. Es un proceso emocional que lo que hace es detenerme: quitarme del tiempo que nos rige y pasar a otro tiempo. La infancia también era un tiempo fuera del tiempo.
—El teatro también...
—Exacto. El teatro y la infancia son un tiempo fuera del tiempo. No sé si tiene que ver con la edad porque hay gente a la que no le pasa esto, pero yo creo que mi infancia, el barrio, la escuela, las palabras y las historias fueron cosas muy institutivas de lo que me pasa hoy. Agradezco la suerte de haber podido trabajar siempre de esto.
“Marcas de época”—Sos parte de una serie nueva que produce Adrián Suar para Flow...
—Sí, Sanamente. La terminamos de grabar hace poco. Creo que va a salir el año que viene. Es una serie que habla de la salud mental. Son todos personajes con algún tema.
—¿Y cómo te llevás con la salud mental?
—Es muy del mundo en el que vivimos hoy. Me acuerdo de que en la pandemia el tipo que presidía la OMS dijo que la próxima pandemia iba a ser de salud mental. Y estoy de acuerdo. Además, me gusta mucho escuchar cómo habla la gente y hay una “frase social” que está muy en boga que es “fingir demencia”... Si te hacés una vuelta por las frases sociales tenés mucha información de cada época: El “¿Qué vachaché?“ en los tangos, ”Algo habrán hecho", durante la dictadura, “Que roben, pero que hagan”. Son marcas de época. Me parece que hoy tenemos las consecuencias del fingir demencia.
-¿Vos “fingís demencia” con algunas cosas?
—No, detesto la corrección política. Creo en la honestidad y en la verdad con las consecuencias que tengan por más que traiga problemas. Siempre va a haber problemas, pero prefiero los problemas de la honestidad y no los problemas de la mentira. Los problemas de la mentira son infinitamente mayores y más difíciles de arreglar que los problemas de la verdad. Hablando de relaciones, me ha tocado hacerlo, pero todo tiene una introducción, un desarrollo y un desenlace.
—Cuando un proyecto no te cerró, por más que fuese exitoso, dijiste: “Chau, me voy”.
—Sí, me lo banco. Como decía Cerati: “No es soberbia, es amor. Poder decir adiós es crecer”. Yo sé que puede ser polémico, pero por ahí tenemos lo que nos merecemos. Hasta que entendamos que no podemos fingir más demencia. Si fingir demencia es vivir estas consecuencias... siempre va a haber alguien que va a decir: “No, pero yo no lo voté”, “Yo no estoy de acuerdo”... ¿Pero hice algo activo de verdad? ¿Hice algo de verdad para eso? Estamos todos scrolleando en un mundo paralelo. Eso es fingir demencia. Y las consecuencias de fingir demencia son Trump, Netanyahu y todos los que están dando vuelta.
—¿Qué te preocupa?
—La estupidez y la locura. La mía, para empezar, porque por ahí alguien que lo lee y dice: “Ay, este es un estúpido, es un arrogante”. No. Mi estupidez y mi locura me preocupan. Siempre me sentí un outsider. No creo tener los elementos de un actor de la farándula. No sé si pertenezco enteramente a eso. Soy muy crítico de un montón de cosas. Hay cosas con las que no estoy cómodo, formas de clichés, formas de tratar a la gente en una producción, en un set, he visto mucho de estas huevadas.
—¿Qué tipo de formas?
—Displicentes, maleducadas, arrogantes, en actores, actrices, directores, directoras, productores, productoras... Yo he visto de todo. Gente muy amable y gente que no. Entonces por más que esté buenísimo el proyecto...
—¿Por más que haya una muy buena propuesta económica?
—No. Me gusta vivir todo lo bien que pueda, pero creo que hay maneras más honestas, por eso voy a un psicólogo que adoro y que me ha ayudado a enfrentarme con mi estupidez. He tenido momentos de decir: “Che, esto no. Perdóneme, pero me voy”. En vínculos, en trabajos: uno actúa como vive, uno ama como vive, uno trabaja como vive, es una unidad. Yo no soy indivisible.
—Te fuiste a vivir a Capilla del Señor, un poco alejado de la vorágine de la ciudad...
—Sí, el lugar es hermoso, lo compré hace 2 años y empecé a construir algo muy chiquitito. Quería verde, pero no verde country, no un verde careta.
—¿Te da miedo que piensen que sos “careta”?
—No, ¿qué sé yo? Por ahí en algún momento fui medio careta, pero lo cierto es que nunca me he sentido desconectado de otras realidades. Por ahí tengo una forma que hay gente que piensa: “Este dice que fue un colegio privado”, “Tiene dos apellidos”, “Tiene pinta de rugbier”. Sí, lamentablemente sí tengo esa pinta. Mi viejo jugaba al rugby, yo fui a jugar una sola vez, vi una situación de gente cagándose trompadas y dije: “No tengo nada que ver con esto”. No me gusta el fútbol tampoco, no quiero tener problemas con los muchachos de la pelota ovalada.
—¿Qué pensás de las series verticales que ahora se están consumiendo mucho?
—Ay, ese verbo. A ver, si Piazzolla hubiese dicho que lo que él hacía tenía que ver con un consumo distinto del tango, por ahí lo hubiese esperado más gente para cagarlo a trompadas. Ahora, lo que Pizzolla dijo es: “Yo la veo de esta manera porque a mí, el tango me vibra desde este lugar y no me rompan las pelotas. Lo voy a tocar así.” Si Orson Welles, si Godard , o Tarantino hubiesen dicho: “Yo creo que el consumidor...” ¡No! Lo que hicieron fue lanzarse. No la escucho a Lucrecia Martel hablando de que cambió el consumo y por eso me gusta. O sea, a mí me espanta que un realizador me venga a hablar de un consumidor, porque no soy ingenuo, yo le estoy vendiendo una entrada de teatro o de cine a alguien, pero no puedo pensar en el espectador como un consumidor. Y no es por zurdito, ni por una cuestión ideológica: yo trato de ponerle el corazón a lo que hago. El entretenimiento por el entretenimiento en sí mismo me parece peligroso, como cualquier cosa que sea solo para distraerse.
—Ahora viene el desafío de llevar Misery al teatro...
—Sí. Es ese tipo de historias que son oscuras. Julia es una actriz superlativa, la conozco desde hace 25 años. Hemos laburado juntos en distintos momentos: tiene una potencia descomunal y una honestidad bárbara. Lo que hace en la obra es fantástico. Y el trabajo del director Manuel González Gil, con el que nunca había trabajado, es excepcional.