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La artista que convirtió la selva en una experiencia textil inmersiva

A las seis de la tarde, en Misiones, empiezan a cantar las chicharras. Para Julieta Rodríguez esta es la banda sonora de su infancia, una marca que lleva en el ADN. Como la humedad, la tierra colo...

A las seis de la tarde, en Misiones, empiezan a cantar las chicharras. Para Julieta Rodríguez esta es la banda sonora de su infancia, una marca que lleva en el ADN. Como la humedad, la tierra colorada, el verde que se superpone en distintas alturas y ese ritmo de vida que, asegura, solo se entiende desde el corazón de la selva. La artista textil vivió en Misiones hasta los 24 años. Cuando se mudó a Buenos Aires descubrió cuánto de ese paisaje había quedado incorporado en su memoria emotiva.

Esas sensaciones las plasmó el mes pasado en una intervención en la tercera edición de UNE, Espacio Abierto - Ciudad Natural, un recorrido por la arquitectura, el diseño, el paisajismo, el arte y la innovación que se desarrolló en Posadas. Allí desplegó Selva Sentida, una instalación textil inmersiva que convirtió un pasillo de circulación en el corazón de la experiencia, un momento de paso que se transformó en pausa.

El punto de partida para recrear la experiencia de la selva fueron los hilos de algodón y una paleta clave: “el verde denso, húmedo, que basta nombrar para que la selva aparezca entera en la memoria. Así surgió el deseo casi infantil de colar un pedacito de selva adentro de casa. Es imposible: nadie puede traer la selva a un living”, comenta Julieta, que también es abogada. Ese obstáculo, sin embargo, funcionó como homenaje a la selva misionera, “una reinterpretación orgánica, a partir de capas de tramas superpuestas, redes suspendidas, volúmenes que descienden y capullos de luz que respiran con el movimiento”, explica.

Julieta convocó a tejedoras que se sumaron al desafío. La transformación de los hilos de algodón y la lana orgánica en selva les llevó 400 horas. Aplicaron técnicas de macramé, anudado, crochet, dos agujas, tubular y tramado. “La obra propone una arquitectura blanda: una piel textil que cubre, contiene y transforma la percepción del espacio en naturaleza viva”, dice ahora, desde Japón. Viajó con un grupo de diseñadores textiles para investigar las posibilidades de las algas marinas para aplicar en tejidos biológicos, y evaluar las algas de río misioneras en sus próximas exploraciones.

“Misiones me enseñó a aprender a mirar”, dice. La selva paranaense, que baja desde la región amazónica y se despliega en el noreste argentino, fue, durante años, su paisaje cotidiano. Presente en los recorridos, en los sonidos, en la luz filtrada entre las copas, en los saltos de agua, en los caminos hacia los Saltos del Moconá y en los momentos en que la vegetación empieza a cerrarse alrededor del cuerpo. También estaba en la memoria.

Hoy Rodríguez vuelve sobre aquella experiencia a través del arte textil, desde su atelier-selva Perleea, de diseño de autor. Firma sus trabajos como Juls y trabaja con hilos de algodón, cuerdas, crochet, macramé y otras técnicas de entramado. “No trabajo con las plantas. Trabajo con el recuerdo que me dejaron en el cuerpo”, explica.

La frase condensa una búsqueda que comenzó a tomar forma después de su llegada a Buenos Aires. Se recibió de abogada, pero su recorrido profesional empezó a desplazarse hacia el campo artístico. Estudió curaduría y gestión de arte en ESEADE, y comenzó a moverse en otros ambientes. Recién ahora, a los 28 años, siente que está activando de manera plena su vida artística.

En ese tránsito, Misiones aparece como una referencia plena. La distancia permitió reconocer que la “selva no era parte del decorado, era una forma de estar”, cuenta.

Hay algo de ese tiempo en sus obras. La selva aparece como una estructura de capas: el dosel, que filtra la luz; el sotobosque, donde las plantas se cruzan y se enredan; el suelo húmedo, donde todo parece continuar por debajo de la superficie. Rodríguez traduce esos estratos mediante redes, nudos y tramas que construyen una experiencia espacial.

La primera sensación que buscó con la instalación Selva Sentida fue la de un dispositivo envolvente. “La selva primero te rodea y después te explica”, dice. El hilo permite trabajar sobre esa percepción. Cada nudo suma una pequeña unidad a una red mayor. Cada trama establece una conexión.

La imagen del micelio también aparece en su obra: una red de pequeños puntos de energía que conecta un ecosistema y que permanece, en gran parte, fuera de la percepción cotidiana. “El entramado textil funciona de una manera similar. Lo que se ve es apenas una parte de una estructura que depende de múltiples conexiones”, apunta. La pausa también pertenece a la memoria de la selva, aclara. Entre el ruido de los insectos, el agua y la vegetación, el paisaje propone otra relación con el tiempo. Rodríguez busca trasladar esa experiencia a espacios cotidianos, mediante una materialidad que se puede atravesar, tocar y recorrer con la mirada.

Rodríguez diseña, desarrolla y también teje. El trabajo manual forma parte de una cadena que incluye diseño, producción y economía circular. La colaboración con artesanas de Misiones se inscribe en la dinámica de la economía circular.

Ahora, desde Japón, puede mirar la selva desde otra perspectiva. “Se activa una dimensión mística, una conexión ancestral con el agua, las piedras, la vegetación y la escala del paisaje”, confiesa. La selva como memoria, el hilo como lenguaje de su propia historia.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-jardin/la-artista-que-convirtio-la-selva-en-una-experiencia-textil-inmersiva-nid16092026/

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