La fuerza del recambio: más respuestas que en Qatar y una idea que no se resiente con los cambios
KANSAS CITY, Estados Unidos (Enviado especial).- Durante varios días, en el búnker argentino la preocupación pasó mucho más por las lesiones que por el juego: desgarros, sobrecargas, rehabilit...
KANSAS CITY, Estados Unidos (Enviado especial).- Durante varios días, en el búnker argentino la preocupación pasó mucho más por las lesiones que por el juego: desgarros, sobrecargas, rehabilitaciones y tiempos de recuperación. Lionel Scaloni llegó a deslizar una advertencia pública al asegurar que el jugador que no alcanzara una disponibilidad física mínima corría el riesgo de quedarse afuera del Mundial, y el cuerpo técnico pasó buena parte de la preparación siguiendo con atención la evolución de una larga lista de futbolistas tocados. El temor era lógico: una selección que había construido gran parte de su éxito sobre la continuidad y el entendimiento entre sus futbolistas no podía permitirse perder piezas importantes justo antes del debut.
Sin embargo, los dos amistosos de preparación dejaron una conclusión que va bastante más allá de los triunfos frente a Honduras e Islandia. La mejor noticia no fue únicamente que Lionel Messi volvió, marcó un gol y despejó las dudas sobre su estado físico. Tampoco que ningún jugador terminara con nuevas molestias. Cuando el plantel regresó a Kansas City, ya entrada la madrugada del miércoles, el clima era muy distinto al de los días previos: cuatro años después de Qatar, Argentina parece haber ampliado su abanico de opciones. Ya no tiene solo un equipo. Tiene un plantel.
En 2022, la base titular estaba clara, pero muchos de los futbolistas que terminarían siendo decisivos todavía eran una incógnita. Enzo Fernández llegaba después de consolidarse en River y de dar el salto a Europa; Alexis Mac Allister apenas acumulaba ocho partidos con la selección mayor y Julián Álvarez arrancaba por detrás de Lautaro Martínez en la consideración inicial. Pero los Mundiales suelen premiar a los que saben aprovechar su oportunidad. Enzo se adueñó del mediocampo a partir del segundo partido, Alexis le dio otra dinámica al equipo y Julián se destapó en el momento justo para terminar el torneo como el segundo goleador argentino, con cuatro tantos.
Aquella experiencia dejó una certeza que todavía atraviesa este ciclo: los nombres importan, pero el funcionamiento está por encima de cualquier apellido. El entrenador jamás tuvo problemas en sacar a un referente si entendía que otro compañero estaba en mejor momento, y esa lógica fue la que permitió que la selección incorporara nuevas piezas y se reinventara una y otra vez. Tal vez por eso, durante estos partidos, el foco no estuvo solamente en comprobar si los titulares llegaban a tiempo, sino también en evaluar cuánto podían ofrecer las caras nuevas.
La respuesta fue más que positiva. Valentín Barco confirmó que ya no es una promesa sino una alternativa concreta para diferentes funciones dentro del equipo. Agresivo para disputar cada pelota, preciso para asociarse y con personalidad para asumir protagonismo, el flamante refuerzo de Chelsea cerró la gira con dos goles en apenas cuatro partidos con la selección mayor. Nicolás Paz, por su parte, dejó en claro que puede ser una opción valiosa. Todavía falto de ritmo después de la lesión, mostró algunas de las condiciones que lo llevaron a ganarse un lugar en la consideración de Scaloni: movilidad, buen pie y la capacidad para desempeñarse en distintas posiciones ofensivas.
También Giuliano Simeone dejó en claro su versatilidad: Scaloni lo probó por la derecha y por la izquierda, como volante y como delantero, y el hijo del Cholo respondió con un gol. José Manuel López dio señales interesantes como referencia de área y los laterales que aparecieron como variantes, Agustín Giay -que pelea por un lugar en la lista definitiva- y Agustín Medina, respondieron sin desentonar. Ninguno parece discutirles el puesto a los titulares, pero todos dejaron la sensación de que pueden aportar si el Mundial los necesita.
Ese tal vez sea el cambio más importante respecto de Qatar. En 2022, Argentina descubrió soluciones durante el camino. En 2026, en cambio, da la sensación de que muchas de ellas ya están al alcance de la mano. Los amistosos permitieron comprobar que el equipo puede rotar, administrar cargas y mezclar titulares con suplentes sin que se resienta demasiado el funcionamiento colectivo. Hubo tramos con formaciones muy distintas entre sí, pero una misma identidad: presión alta, circulación rápida, asociaciones por el centro, laterales con decisión para pasar al ataque y volantes con vocación ofensiva y llegada al área.
Esa continuidad no es casual. Es el resultado de un proceso que lleva casi ocho años y que transformó a la selección en un equipo reconocible incluso cuando faltan algunos de sus intérpretes principales. Messi sigue siendo el jugador que rompe cualquier libreto, el futbolista que en una jugada puede cambiar el destino de un partido, pero alrededor suyo existe una estructura consolidada.
Scaloni suele repetir que uno de los mayores logros de su ciclo fue construir un grupo que compite de la misma manera juegue quien juegue. Los ensayos parecieron darle la razón. Mientras el entrenador dosificaba las cargas para cuidar a los futbolistas que llegaban con molestias, el equipo mantuvo una línea de juego definida y los que entraron aprovecharon la oportunidad para levantar la mano. La competencia interna, lejos de convertirse en un problema, aparece como una de las grandes ventajas de cara al Mundial. La selección campeona del mundo conserva buena parte de la columna vertebral que la llevó a la gloria, pero a su lado creció una segunda línea que ya no se conforma con acompañar.
“Lo único que hago yo es meter la pata, porque hay un montón que merecen jugar. Es una toma de decisiones permanente y un intento constante por dar en la tecla. El entrenador está para eso. No tengo claro quién va a jugar: juegue quien juegue, el otro también lo merece”, explicó el DT.
Por eso, quizás, la principal conclusión de esta preparación no pase por el 2-0 a Honduras ni por el 3-0 a Islandia. Tampoco por el regreso de Messi o por el alivio de haber dejado atrás la incertidumbre por las lesiones. La sensación que dejaron los amistosos es que Argentina llega al Mundial con un recurso que tal vez no tenía en 2022: un plantel más largo, más versátil y con una idea de juego tan afianzada que los cambios de nombres ya no alteran la esencia. En un torneo corto, donde las lesiones, las suspensiones y el desgaste muchas veces obligan a cambiar sobre la marcha, esa puede ser una ventaja tan valiosa como contar con un futbolista capaz de resolver un partido por sí solo.