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La lógica de la conmoción

No hace mucho, en clases de filosofía política, un alumno preguntó en qué consistía el fenómeno Trump. Cuál era el secreto del respeto que inspiraba (esto dijo) y de dónde surgían las moti...

No hace mucho, en clases de filosofía política, un alumno preguntó en qué consistía el fenómeno Trump. Cuál era el secreto del respeto que inspiraba (esto dijo) y de dónde surgían las motivaciones. Su respuesta no fue menos concreta. Hay dos caminos: o las personas lo respetan por temor o lo respetan por resignación. Siguen sus consignas por sumisión o porque consideran que lo que hace sustituye lo que debiera hacer la comunidad internacional. Este planteo sobrevoló la clase y convocó múltiples respuestas. Hubo quien acordó que a Trump se lo respeta por temor y que quienes lo respaldan buscan resguardar sus intereses ante la falta de una opción mejor.

Y hubo quien afirmó que muchos adhieren a Trump por sus valores: ambición, dominio, iniciativa, arrojo, convicción. Aspectos infrecuentes en la política tradicional y atractivos a los ánimos decepcionados. Adhieren por conmoción. Sea como fuese, esto impulsó el debate original centrado en Maquiavelo y resignificó su afirmación de que un príncipe para dominar, además de ser temido, debe ser amado (aunque siempre lo primero). La disyuntiva se reveló eficaz para explicar la coyuntura internacional: ¿cuáles son las motivaciones que esgrimen los Estados frente a la tensión global? ¿Cómo definen sus alineamientos? ¿Los motiva el temor o los motiva la resignación?

El camino de salida fue unánime: en el concierto internacional lo que predomina es la ambición. Aquello que entre los países periféricos se conoce como realismo heterodoxo: los valores pueden relajarse si los resultados merecen la pena. Como finalmente concluimos, cada actor prioriza su conveniencia, con la salvedad de que ninguno puede soslayar la conveniencia de los Estados Unidos. Y es allí -en la abismal asimetría- donde aparece el temor.

Aun con fundamentos sólidos (ninguna democracia convalidaría la barbarie fundamentalista) las decisiones de política exterior parecen estar coaccionadas. Limitadas por las represalias al no alineamiento, las sanciones económicas y el escarnio público que esto conlleva. El mundo parece ordenarse según la lógica del temor, buscando todos protegerse del oprobio público y la mínima muestra de indulgencia. Algo que algunos denominan “la victoria de Maquiavelo”.

La dinámica de los alineamientos es fugaz y cambiante. Brutal en algunos casos. Y en todo momento incapaz de mostrarse sólida frente a las perspectivas de largo plazo. Una dinámica que parece insuficiente para pensar en un nuevo orden mundial. Concebir esta coyuntura como un nuevo orden parece exagerado. Es confiar demasiado en la disciplina por sumisión y desconocer -como sostenía Maquiavelo- que el príncipe, además de dominar, debe mantenerse. Y que para ello la administración de la brutalidad es insuficiente. También es necesaria la razón.

¿Parece razonable este sistema de alineamientos? ¿Parece razonable la represalia como elemento de persuasión? ¿Podemos llamar a este vacío de prioridades una comunidad global? El vaciamiento de la perspectiva moral prefigura un orden disperso. Autoridades desdibujadas y aun absortas frente a un liderazgo imprevisible y brutal. Aquello que, muy a riesgo de todos, lleva a los principales actores a decidir menos por convicción que por conmoción.

Doctor en Ciencia Política por el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset, Madrid

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-logica-de-la-conmocion-nid18052026/

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