Lejos de desaparecer, la plataforma de películas locales que sigue creciendo
Hace poco menos de un año, el sector cinematográfico se vio sacudido por la noticia del probable -entonces, inminente- traspaso de Cine.ar del INCAA a la Secretaría de Medios de la Presidencia d...
Hace poco menos de un año, el sector cinematográfico se vio sacudido por la noticia del probable -entonces, inminente- traspaso de Cine.ar del INCAA a la Secretaría de Medios de la Presidencia de la Nación (es decir, hubiera quedado en la órbita del renunciado Manuel Adorni), lo que se veía como un paso previo a su venta o desaparición.
De lo primero se habló: de privatizar el sistema que consiste en un canal de streaming y TV que aparece en los servicios de cable (Cine.ar TV), una plataforma de video on demand (Cine.Ar Play) y un portal de estrenos pagos (Cine.ar Estrenos). Después del decreto que oficializaba el traspaso, en octubre de 2025, se dio marcha atrás y quedó sin efecto. Hoy el servicio funciona como siempre.
Y quizás el lector se entere no sólo de que estuvo a punto de desaparecer sino de que existe algo llamado Cine.ar porque lo está leyendo en este párrafo, lo que es una pena enorme dado que se trata de la posibilidad de acceder al mayor catálogo de cine nacional.
El cine argentino se encuentra desde hace demasiado tiempo en una posición contradictoria: hay muchísimo producido y muy poco visto. El problema de la audiencia es fundamental: existe una desconexión absoluta entre las películas realizadas en nuestro país y el público local. Esto se disfraza un poco (muy poco) cuando aparece un éxito masivo, pero resulta un fenómeno demasiado esporádico. Si tomamos en cuenta que se estrenan en promedio más de doscientas películas nacionales al año y que la mayoría pasa totalmente inadvertida por el gran público, esa desconexión se vuelve evidente.
Cine.ar nació como una búsqueda de solución en el momento en que empezaban a crecer las plataformas bajo el nombre de Odeón en 2015. Luego, en 2017, se convirtió en Cine.ar al integrarse al canal de cable INCAA TV. La idea era, justamente, que la producción cinematográfica nacional tuviera una ventana para poder mostrarse. Como todos los servicios de streaming, tuvo un pico en 2020, pandemia mediante. Y en general todas las películas de ese período sin salas se estrenaron en la plataforma. Que es, y esto es importante, gratuita (salvo “Estrenos”, donde se pueden ver películas de lanzamiento reciente por un pago de $400 -sí, cuatrocientos). La tecnología de la plataforma está provista por Arsat.
Es decir: existe una ventana gratuita en la que el espectador curioso puede acceder a la mayor parte de la producción audiovisual no sólo de los últimos años, sino también de cine clásico nacional. Es cierto que la mayoría de los éxitos de taquilla nacionales de las últimas décadas no figuran: la intervención de estudios de Hollywood o productoras extranjeras en su realización las ha llevado a otras plataformas y quien busque en HBO Max, Disney+, Mubi o Netflix los va a encontrar. Pero el acervo de Cine.ar es enorme, muestra las nueve décimas partes del iceberg de la producción local y permite trazar una historia no alternativa sino complementaria a la de los éxitos comerciales. Aclaremos: ni mejor ni peor. Resulta curioso, por otro lado, lo poco que se habla de ella y debe criticarse a INCAA y al Estado nacional que no tenga la difusión que merece.
Porque realmente permite la reconstrucción de una historia y, casi, de una tradición. No es la intención de esta columna celebrar acríticamente todo el pasado cinematográfico argentino, por cierto. Pero sí hubo grandes films y una cinematografía exportable. El lector seguramente se asombrará de que Los tres berretines o Besos Brujos, películas de los años 30, tengan actuaciones y lenguaje más bien modernos (no como en la declamación de los años 40). O que el suspenso, el cine criminal, haya tenido una presencia grande: pueden verse obras fundamentales como No abras nunca esa puerta, Si muero antes de despertar o La muerte camina en la lluvia, de Carlos Hugo Christensen. O las películas que explican por qué Mirtha Legrand fue una gran estrella y una perfecta comediante, como Los martes, orquídeas, La pequeña señora de Pérez o Mi novia es un fantasma. Quien quiera saber por qué llenaban cines Luis Sandrini o Niní Marshall, están los clásicos. Y toda la obra de Armando Bó e Isabel Sarli, lo que alcanza para justificar la existencia de la plataforma. Por supuesto que faltan cosas: de Torre Nilsson hay solo dos películas (Días de Odio y La guerra del cerdo, adaptaciones de Borges y de Bioy Casares respectivamente); de Favio, solo Juan Moreira; casi no hay películas de la generación de los 60; y nada de Adolfo Aristarain. Las razones son, como siempre, los derechos y la propiedad intelectual. Pero lo que hay es mucho.
Y, como se dijo, está gran parte de lo más reciente, lo que permite revisar con criterio y de manera crítica qué hizo el cine argentino en las últimas -por lo menos- dos décadas. Hay de todos los géneros: dramas, comedias, documentales -quizás el más abundante- e incluso películas fantásticas y de terror. Hay series (Sandro, Un gallo para Esculapio) pero no son el principal material. Y hay cortometrajes y cine para chicos.
Una discusión seria sobre el cine argentino requiere una herramienta de este tipo donde se puedan ver las películas y analizar formas y temáticas. Si no, todo queda en el lugar común. Hoy Cine.ar tiene 2.767.372 cuentas activas en la Argentina y el exterior; un catálogo completo de 2100 títulos entre todos los formatos y un promedio de 47.000 visualizaciones mensuales. Y aquí hay un punto importante: se ve mucho más cine nacional desde esta plataforma que en las salas.
Carlos Vargas Eguinoa, gerente general del INCAA, indica respecto de una potencial privatización que se estudian planes: “Sí, se está analizando cuál es el mejor procedimiento de transferencia. Se busca una mejor difusión del cine argentino”, respondió al ser consultado. Por el momento funcionan los diferentes canales (Play, y TV) como siempre, y no hay ninguna definición sobre cerrar alguno. Tampoco si, en caso de que quede en manos del Estado, se volverá paga en el futuro. Lo que sí sabemos es que, por ahora, la plataforma funciona normalmente, que el archivo es enorme, que permite descubrir cine e incluso analizarlo (sí, también en algunos casos confirmar prejuicios) y que tiene una audiencia potencial grande.
En todo caso, el problema es, como menciona el funcionario, la “mejor difusión del cine argentino”. Puede sorprender al lector el hecho de que en casi todos los países hay un prejuicio contra el cine local, pero incluso así en casi todos los mercados con fuertes cinematografías nacionales (en nuestro idioma los ejemplos más importantes, numéricamente, son España y México) existe un conocimiento de títulos y nombres locales que alimentan de manera virtuosa el negocio. Proporcionalmente, Cine.ar es lo que mejor funciona dentro del ecosistema del cine argentino. ¿No sería entonces una gran oportunidad como canal de difusión apostar a ella? El cine nacional no tiene una proporción mayor de películas “malas” que ninguna otra cinematografía: en todo caso, es momento de reabrir un contacto con sus potenciales espectadores. Y en la era de las plataformas, quizás sea el mejor camino.