Los luditas contra el nuevo Frankenstein
Todo comenzó en Nottingham, Inglaterra, en la noche del 11 de marzo de 1811. Durante la tarde el ejército reprimió violentamente una protesta de obreros de las hilanderías que reclamaban por la...
Todo comenzó en Nottingham, Inglaterra, en la noche del 11 de marzo de 1811. Durante la tarde el ejército reprimió violentamente una protesta de obreros de las hilanderías que reclamaban por las insalubres condiciones de trabajo y porque los nuevos telares remplazaban la mano de obra humana. Esa medianoche grupos de hombres encapuchados ingresaron en las hilanderías y destruyeron mil nuevas máquinas de tejer de bastidor ancho, a las que acusaban de robar empleos, reducir ingresos y empeorar aún más la situación social y económica. Los ataques se repitieron en las noches siguientes en Lancashire y Yorkshire. El gobierno reaccionó enviando a la zona 12 mil hombres y el Parlamento dispuso castigos que incluían la pena de muerte para los culpables, mientras corría la voz de que los asaltos a las hilanderías estaban comandados por un tal Ned Ludd, uno de los trabajadores despedidos. Habían nacido los luditas, a pesar de que Ned Ludd nunca existió. Era un símbolo.
Aquella rebelión duró hasta 1816, y dio lugar a que el epíteto de ludita se aplique hasta hoy a quienes se considera enemigos de la tecnología y, como discutible consecuencia, del progreso. Sin embargo, los luditas no eran unos desquiciados que destrozaban máquinas porque sí. Sus acciones estaban estratégicamente dirigidas hacia la tecnología que pasaba por sobre las necesidades y prioridades humanas (trabajo, salud, salarios dignos, instalaciones salubres), nunca contra cualquier máquina ni por cualquier motivo. Según el gran historiador británico Eric Hosbawm (1917-2012), al no existir entonces sindicatos ni leyes laborales equitativas la protesta masiva se convertía en un modo de “negociación colectiva”.
Sus acciones estaban estratégicamente dirigidas hacia la tecnología que pasaba por sobre las necesidades y prioridades humanas (trabajo, salud, salarios dignos, instalaciones salubres), nunca contra cualquier máquina ni por cualquier motivo
En un ensayo que firman en conjunto, los profesores Rafaele Ciriello, Rick Sullivan (ambos de la universidad de Sidney, Australia) y Vitali Mindel (de la universidad tecnológica de Virginia) explican el actual auge del ludismo digital, una creciente reacción contra las consecuencias disfuncionales de las nuevas tecnologías. “Tachar hoy de luditas a quienes critican a las grandes tecnológicas repite el error de confundir la resistencia a la explotación con el miedo al progreso”, afirman. “Las tecnologías digitales están profundizando la desigualdad, erosionando la democracia, socavando la privacidad y concentrando el poder”. Esas plataformas, agregan, son el sostén del capitalismo de vigilancia, del remplazo de trabajadores humanos por logaritmos y de la expansión de políticas monopólicas.
Como dice Jathan Sdowski, investigador de tecnologías emergentes en la Universidad australiana de Monash: “Hay que tratar a la tecnología como un fenómeno político y económico que merece ser tomado críticamente y gobernado democráticamente, en lugar de ser una bolsa de aplicaciones y artilugios”
Los luditas de hoy, apunta el dramaturgo y guionista neoyorquino Richard Byrne en su ensayo Un guiño a Ned Ludd, no son una amenaza para las máquinas. Sólo que no quieren el futuro que prometen los tecnofílicos (fanáticos incondicionales de las tecnologías digitales). Ni los luditas de entonces ni los de hoy, a pesar de ser despreciados por quienes repiten consignas ajenas sin tomarse el trabajo de repasar la historia y enriquecer sus ideas y conocimientos, pretendían destruir todos los adelantos tecnológicos. Sí regular su uso, ponerlos al servicio y no en contra de las personas. Que sean herramientas y no conviertan al humano en su instrumento. Las recientes noticias sobre inteligencias artificiales que, como Frankenstein, ya escaparon al control de sus creadores y son peligrosas psicópatas (como las llama el ensayista israelí Yuval Harari, autor de Sapiens) que andan sueltas y a su antojo, más la novedad de que algunos científicos con dudosa responsabilidad están creando con esa herramienta virus que podrían ser incontrolables, parecen convocar al fantasma de Ned Ludd. Como dice Jathan Sdowski, investigador de tecnologías emergentes en la Universidad australiana de Monash: “Hay que tratar a la tecnología como un fenómeno político y económico que merece ser tomado críticamente y gobernado democráticamente, en lugar de ser una bolsa de aplicaciones y artilugios”.