Luisa Albinoni íntima: los prejuicios por ser popular, su vínculo con Menem y Porcel, y el amor a los 74 años
A Luisa Albinoni, la vida le fue acomodando sus anhelos. Soñaba con ser Blanche DuBois, el icónico personaje de Un tranvía llamado deseo, la clásica pieza de Tennessee Williams, inmortalizado e...
A Luisa Albinoni, la vida le fue acomodando sus anhelos. Soñaba con ser Blanche DuBois, el icónico personaje de Un tranvía llamado deseo, la clásica pieza de Tennessee Williams, inmortalizado en cine por Vivien Leigh. Su aspiración era convertirse en una actriz dramática, laureada por los oropeles de los géneros interpretativos “serios”.
Sin embargo, Roberto Durán, uno de sus maestros de actuación, le predijo un futuro asociado a la comedia y el humor. “Debería hacer Las preciosas ridículas de Moliere”, le espetó el docente. Para la joven actriz en ciernes fue una bofetada.
“Mis compañeros se reían con lo que hacía, algo que me enojaba mucho. Durán siempre me decía ´se ríen del personaje, no de usted, tiene un camino por delante que no quiere ver´. Con los años entendí lo difícil que es hacer reír”, reflexiona Albinoni, luego de almorzar junto al productor de Negociemos, una historia de amor, la pieza de Alicia Muñoz que protagoniza junto a Rodolfo Ranni y dirigida por Ernesto Medela, donde los personajes, ya maduros, se permiten pensar en voz alta y accionar la posibilidad de reconfigurar la vida y darse una nueva oportunidad en el amor.
En la década del ochenta fue coronada como “sex symbol”. Allí aparecía ligeramente vestida en los programas y las películas de Gerardo y Hugo Sofovich. También pisó la escena revisteril y ganó un buen dinero en moneda extranjera por posar para la cámara de algunas publicaciones gráficas que recorrían su desnudez absoluta. Sin embargo, no duda en reconocer que “no me veía linda”.
En noviembre, esta mujer de melena enrulada rubia incandescente cumplirá 55 años de carrera. “Tengo 74 años de edad y debo haber estrenado más de 40 obras de teatro, pasa el tiempo”, se vanagloria. No es para menos. Un mérito no menor que la ubica en ese eslabón tan complejo de habitar como lo es el de artista popular.
La pieza que estelariza no se ofrece en una gran sala de la avenida Corrientes, muy por el contrario, la agenda de funciones es bien variopinta, ofreciendo un mapeo que la conducirá por buena parte del país. Ciudades y pueblos. Plazas estratégicas y confines. “Es tan cálido y agradecido el público de las provincias, nos agasaja con comidas, regalos, nos volvemos a Buenos Aires llenos de amor”.
-Las últimas actrices que trabajaron con Rodolfo Ranni, no se llevaron bien con él.
-Siempre lo admiré mucho, le tengo aprecio especial. A algunas personas se las estigmatiza, no es mi estilo hablar mal de nadie. No me suma. Yo también tengo mi carácter, no se llega hasta este lugar siendo tranquilita, buenita.
-¿Qué podés adelantar de Negociemos, una historia de amor?
-Es una historia que se da entre personas de la tercera edad. El mensaje es que se puede, que siempre hay un lugar para el amor.
-Alguna vez, confesaste que, con el paso de los años, no perdiste un ápice de deseo.
-No se pierde.
-No todas las personas mayores pueden aseverarlo.
-Todo se va transformando de acuerdo a la edad. Ya no se cometen las locuras que se cometían de joven, una no es tan apresurada, ni se tienen los temores y los prejuicios de otras épocas. No hay que autocancelarse ni autodiscriminarse.
En la obra que acaba de estrenar personifica a una mujer que no ha reparado en la presencia de ese hombre enamorado, pero que, en la madurez, la epifanía del encuentro modifica el rumbo de ambos.
-¿Cómo te ha ido en las lides del enamoramiento?
-He tenido ocho parejas estables. He vivido muy bien, he disfrutado…
Se sonríe, con esa cadencia tan reconocible que les aplicó a tantísimos personajes. Conversar con Luisa Albinoni es como hacerlo con alguien cercano. Rápidamente identificable. Vigente en las retinas del inconsciente colectivo. Aún de aquellos que no han consumido sus trabajos, siempre de tono estrictamente celebratorio y popular.
-No todo el mundo puede afirmar “he disfrutado”.
-Es muy lindo reconocer que la vida no fue en vano.
-¿Ocho parejas?
-Sí, pero duraderas, nunca fueron menos de tres o cuatro años de relación. Lo que sucede es que, cuando se ejerce esta profesión, es muy difícil poder sostener los vínculos. El hombre se pone celoso, hay una vigilancia constante.
-En los tiempos en los que tus trabajos estaban muy relacionados con la belleza física, imagino que no habrá sido sencillo sostener algunas relaciones.
-Me conocían y me querían cambiar. Con mi última pareja no fue fácil.
-¿Por qué?
-No quería que me mirara nadie, tenía celos injustificados. Que el público te salude, te bese, se saque fotos con uno, a veces, molesta. Quien es celoso, toma esa demostración de afecto como algo íntimo y no en relación a la función social que cumplimos los actores.
Masividades-¿Llegás a dimensionar el cariño que te tiene el público masivo?
-Antes pensaba que el afecto era para el personaje y no para mí, pero, con el paso del tiempo, me di cuenta de que se me quería mucho. Ese es el premio que recibimos los actores. La gente me hace sentir que soy como un familiar.
-¿Padeciste los prejuicios de cierto sector del medio artístico por ser una comediante extremadamente popular?
-Eso sigue estando.
-¿Aún hoy?
-Claro, aunque no lo sufro tanto, porque no me interesa mucho lo que piensan los otros, estoy muy feliz en el lugar en el que estoy. No me gustan las divisiones, separar entre los “actores cool” y los “actores populares”.
-¿Qué implica ser un artista popular?
-Es algo muy difícil de lograr, es un toque de varita mágica. No elegí ser eso, la gente es la que me puso en ese lugar. Estoy tan agradecida a las películas con Jorge Porcel y Alberto Olmedo, a Gerardo Sofovich que me dio una gran oportunidad. Cómo no voy a agradecerle a la gente que me permitió que me sentara a la mesa de la cena con ellos para llevarles alegría. Que, en la calle, me digan “mi abuela se reía tanto”, “mi papá esperaba las nueve de la noche para mirarte en la televisión y olvidarse de los problemas”, no tiene precio. Traspasar el cristal no lo hice yo, lo logró el público.
-Hiciste tu parte al ofrecer algo que los espectadores valoraron.
-Seguramente, pero no sabría explicarlo. Ser popular no es algo que uno determine. El día que me vaya de este mundo, no sé si van a decir “se fue de gira Luisa Albinoni”.
-¿Qué se dirá?
-“Se fue de gira ´¡hola, mami!´”. Estoy orgullosa de “¡hola, mami!”, me ha dado todo.
Se emociona, como quien recuerda a un ser querido. Un alterego en otro plano. Una humanización tangible de esa mujer que llegaba a La Peluquería de Don Mateo para hablar con su madre desde un teléfono público instalado en el sillón del coiffeur. Esa criatura, creada por Gerardo Sofovich, que “ingenuamente” departía con su progenitora y le contaba los “tesoros” hallados detrás de un árbol. “Estoy muy orgullosa”.
-Algunos actores reniegan cuando se les recuerda algún personaje muy instalado, lo viven como un ancla que no les permite visibilizar otros trabajos.
-No me sucede eso, estoy agradecida. Era un personaje de una fantasía enorme. Era un monólogo extenso, cuando Gerardo (Sofovich) me dijo lo que tenía que hacer, quedé paralizada, porque es muy difícil hacer un monólogo en televisión; al no tener al público enfrente, se hace difícil, solo ves la luz roja de la cámara, pero no tenés el “rapport”, la vuelta de la gente.
-La presencia de tu personaje mixturaba picardía con candidez.
-Yo imaginaba que hablaba con mi mamá, que fue una mujer muy inocente. De alguna manera, fue un homenaje a ella.
-¿Cómo se gestaba el proceso creativo de Gerardo Sofovich?
-No escribía, nos sentaba a todos y comenzaba a desarrollar los temas populares de cada día y los llevaba al humor, pero, lo que te decía, tenías que respetarlo.
-¿Era difícil trabajar con él?
-Era un genio, un gran director, se lo tildó de tener mal humor.
-También se dijo que no solía tener buenos modos para vincularse con sus elencos.
-Los actores creemos que hacemos todo de manera genial, pero, si no estuviera el director, seríamos un fracaso total.
-Eso no implica que el ejercicio de la autoridad de un director sea a través del maltrato o el abuso de poder.
-El director que lleva la batuta tiene que ser rígido y estricto, marcarte las cosas. Por supuesto que Gerardo (Sofovich) gritaba, pero nunca sentí que le gritaba a Luisa, consideraba que sus gritos iban dirigidos al personaje, nunca lo tomé como algo personal. Lo quise muchísimo y él a mí.
-Alguna vez, ante algún arrebato, ¿te pidió disculpas?
-No, ¿para qué? Eran puteadas de tránsito, de trabajo, y siempre buenas marcaciones para aprender. Pensaba que era una dicha hacer televisión con Gerardo Sofovich y, encima, me pagaban, tenía el cartón lleno.
-¿Pagaba bien?
-Ganábamos muy bien, eran otras épocas. Además, hacíamos televisión, cine y teatro.
Si bien se la asocia indisolublemente a la figura de Gerardo Sofovich, lo cierto es que, previamente, trabajó en cine bajo el comando de Hugo Sofovich. “Mis primeras películas fueron Así no hay cama que aguante (1979) y Departamento compartido (1980)”. Otros tiempos. Picaresca nacional y popular donde la mujer solía tener un rol decorativo, aunque figuras como Albinoni lograban destacarse y trascender la media. Su vigencia se mantiene intacta hasta hoy.
Trabajó con todos, además de Jorge Porcel, Alberto Olmedo y Rolo Puente, se lució al lado de Moria Casán, Graciela Alfano, Tato Bores, Mario Sánchez, Santiago Bal, y tantos más. “Empecé en la comedia musical, junto a Pepe Cibrián, haciendo Aquí no podemos hacerlo”.
Se formó con grandes maestros, sus primeros pasos le permitieron mostrar sus dotes para el canto, pero, cuando le llegó la propuesta de Hugo Sofovich para debutar en cine, la respuesta del autor y director la indignó: “Le dije ´señor, ¿qué tengo que hacer?´ y me respondió, ´nada, vos caminá delante de la cámara´”.
-Venías de formarte, era casi una ofensa.
-Después de enojarme, entendí que era el camino. Si tenía algo lindo en mi físico para mostrar, había que aprovecharlo. Me decía a mí misma, “Luisa, todo se cae, ya llegará el momento de hacer otras cosas y que te descubran como actriz”.
Cuando hizo su primer topless en teatro, su madre la esperó en el camarín y le estampó un cachetazo. Los desnudos totales llegaron para las publicaciones gráficas que pagaban cachets en dólares: “Me costó mucho hacerlo”.
Su padre falleció tempranamente y, a sus 21 años, debió sostener económicamente a los suyos. “Por eso siempre tuve los pies en la tierra”.
-En los entornos de Jorge Porcel y Alberto Olmedo, no son pocas las figuras que no tuvieron un destino plácido.
-Hay que abrir la cabeza y aggiornarse. En un momento en el que el teléfono no sonó más y hubo que golpear puertas, como cuando comencé en el teatro independiente. Cuando me lo piden, sigo haciendo casting. Tener una hija de 21 años, siendo una mamá grande, me ayudó a pensar de esta forma.
HerenciaLa maternidad no le resultó sencilla. Perdió un bebé recién nacido y, posteriormente, un par de embarazos. Ya en su madurez, la actriz adoptó a Verónica. “Si el juez me lo hubiese permitido, la hubiese adoptado junto a sus cuatro hermanitos”. Su hija estudió enfermería y hoy cursa la carrera de Medicina. “Quiere ser médica forense”.
-¿Qué te enseñó la maternidad?
-Aunque cuesta mucho, aprendí a soltar. Entendí que los hijos no nos pertenecen, aunque siempre voy a estar para protegerla, pero comprendí que se trata de una protección a distancia. Espero irme de este plano mucho antes que ella, entonces debo dejarla fuerte, independiente.
-Tu hija, ¿se ve con sus hermanos biológicos?
-Sí, ahora que son grandes, tienen vínculo. Las puertas de mi casa siempre están abiertas.
-La pérdida de tu bebé recién nacido habrá sido el gran golpe de tu vida.
-No se supera.
-¿Sentís que tu hijo no falleció?
-Esa sensación la tenés siempre, es muy feo. Para mí, mi hijo sigue cumpliendo años, hoy tendría 55 años, por eso no podría salir con un hombre más joven que yo.
Épocas-Cuando comenzaste tu carrera, el lugar de la mujer era otro, con menos poder para frenar acosos y abusos. ¿Tuviste que poner muchos frenos?
-Hubo insinuaciones y avances. También me sucedió cuando salí de la secundario y trabajé en oficinas. Hoy se habla, antes era algo cotidiano que se dejaba pasar, como los chistes fuertes. Me hice una coraza, por eso no entiendo tanto la ofensa. A veces, hay que aceptar cosas, porque hay que llevar el pan a la mesa.
-¿Qué aceptaste que se reñía con tus principios?
-No importa, pero tuve que aceptarlo. Y no fue en la carrera, sino antes. Ya siendo actriz, algunas cosas acepté porque me gustaban, tampoco me voy a hacer la Carmelita Descalza. Nunca fue fácil para la mujer, pero para los muchachos tampoco. Hay que tener en claro que nada debe traumarte y, si se elige, es porque te conviene, te gusta o te calienta.
Ellos-¿Cómo era Carlos Menem?
-Era un hombre muy seductor, sabía mucho sobre política e historia. Para mí, fue una excelente persona. Lo conocí cuando yo estaba en pareja con Jorge Porcel. Nos veíamos en un restaurante árabe muy conocido, él llegaba con Zulema Yoma y con sus hijos, y de las reuniones también participaba Gerardo (Sofovich).
Luego de sus presidencias, y ya separado de Cecilia Bolocco, Carlos Menem le ofreció integrar una lista para ser candidata a legisladora, pero Albinoni se negó. “Nunca necesité de eso, siempre me mantuve sola”. La actriz solía visitarlo en la quinta donde cumplió con una detención judicial.
-¿Fuiste pareja de Carlos Menem?
-No, jamás, siempre fuimos amigos, no tuvimos una relación íntima. Él siempre amó a su esposa Zulema. Yo le decía que tenía que estar con ella, porque fue la única que lo bancó. Me puse muy feliz cuando volvieron a estar juntos.
-Jorge Porcel sí fue tu pareja. De él también se dice que ha sido una persona controvertida.
-No me gusta que lo critiquen, porque ya no está entre nosotros. Para mí fue una gran persona, un gran ser humano. Estuvimos seis años juntos. Me enamoró su intelecto, era seductor desde otro lugar. Me gustaban su mirada, sus dientes y sus manos, no me importaba cómo era del hombro para abajo. En general, los hombres con los que estuve no fueron muy agraciados.
-¿Qué te falta?
-Nada. Tengo el cartón lleno. Una familia hermosa, salud y trabajo. Aunque, tal vez, me gustaría encontrar un nuevo amor, pero, el problema es que los hombres de mi edad están con pend...