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Marcelo Rabossi: “En la Argentina, el gasto estatal en universidad pública es del 0,4 por ciento del PBI mientras que en Chile es del 0,8 por ciento”

“La Argentina produce la mitad de universitarios que los países de la OCDE; el capital humano es muy bajo para una economía del conocimiento”, afirma. “...

“La Argentina produce la mitad de universitarios que los países de la OCDE; el capital humano es muy bajo para una economía del conocimiento”, afirma. “Hoy, el gasto en universidad pública está entre 0,4 y 0,5 puntos del PBI. En Brasil, el gasto universitario del Estado está en torno al 0,7 del PBI, y la contribución privada suma algo más del 1 por ciento. En Chile, la contribución estatal representa un 0,8 por ciento, pero el 80 por ciento va a las universidades privadas, con lo que el gasto total en educación superior supera el 2 por ciento”, describe. “En la Argentina, el financiamiento al sistema universitario no llega al 1 por ciento del PBI, sumando aporte estatal y contribución privada, que es a través de los alumnos que van a la universidad privada”, compara. “La política universitaria del mileísmo es la confrontación”, afirma. “Busca romper cierta estructura burocrática que definen como de nichos o quioscos. El justificativo es la poca eficiencia que muestra la universidad y sobre todo, la baja transparencia”, sigue. “Es cierto lo que se plantea, pero desde ninguno de los dos frentes, ni la universidad ni la subsecretaría de Políticas Universitarias, se está haciendo algún tipo de diseño de política universitaria racional”, cuestiona.

“Es cierto lo que se plantea, pero desde ninguno de los dos frentes, ni la universidad ni la subsecretaría de Políticas Universitarias, se está haciendo algún tipo de diseño de política universitaria racional”

“La dependencia del Estado nacional de las 66 universidades nacionales es casi absoluta. En promedio, el 80 u 85 por ciento de los fondos que reciben las universidades viene del Estado Nacional”, alerta. “La universidad pública absorbe el 80 por ciento de la cantidad de alumnos en el sistema y no cobra ningún tipo de arancel. En Chile y Brasil, el número es el inverso. El 80 por ciento está en el sector privado”, contrasta. “Para expandir la matrícula universitaria, tanto Brasil como Chile utilizaron el sector privado para descomprimir la presión que se genera desde un punto de vista fiscal”, agrega. “Las universidades públicas de Chile y Brasil reciben muy pocos alumnos porque tienen exámenes de ingreso muy selectivos y cuidan su posición de élite”, señala. “En cambio, la Argentina ha optado por un modelo más de inclusión y tiene desafíos al absorber esa gran cantidad de alumnos”, reflexiona y desarrolla: “Sumale que el país está estancado en la producción de riqueza y el aumento de ingresantes, que hoy es de 50 alumnos cada mil habitantes para un PBI que no ha crecido demasiado. Todo eso tensiona y genera problemas”. “Hoy Chile está produciendo la misma cantidad de graduados por año que la Argentina. Las universidades públicas argentinas están graduando alrededor de 100 mil graduados por año, más o menos la misma cantidad de graduados por año que Chile, que tiene la mitad de la población”, advierte, y agrega: “La eficiencia de la universidad chilena es el doble que la Argentina. En Brasil, en las universidades públicas de élite, los números también duplican a los de la Argentina”. “Pero si tomás el promedio de los sistemas en el mundo y excluís el primer año del CBC, que es un gran filtro, o excluís los distintos cursos propedéutico de otras universidades argentinas, la eficiencia de la universidad pública argentina en relación a la cantidad de graduados se asemeja bastante a los modelos internacionales”, aclara. “El sistema argentino tiene una selección endógena, una selección dentro del sistema, mientras que Chile y Brasil lo hacen a través de las pruebas PAES, la prueba de acceso a la educación superior en Chile, o el ENEM, que es la prueba de finalización del secundario de Brasil, que también tiene el vestibular, otro examen de ingreso a las universidades de élite. En esos casos se hace una selección exógena o por fuera del sistema”, explica. “El sistema argentino es ineficiente. Lo pongo en números: en la Argentina, se está sosteniendo una infraestructura para que ingresen alrededor de 500 mil alumnos por año a las universidades nacionales de los cuales 200 mil se pierden antes de que finalice el segundo cuatrimestre del primer año”, subraya. “El mercado reconoce mucho más a un alumno que hizo una carrera corta de dos años y la completó aunque sea en un terciario no universitario que a aquel que tiene dos años de universidad”, asegura. “Hay un problema de choque entre la calidad de alumno que envía el secundario y lo que recibe la universidad. Y la universidad no se apiada de sus alumnos como sí lo hizo el secundario”, sostiene. “Desde un punto de vista económico y de eficiencia es mejor la opción de una carrera corta en un terciario terminada que lo ilusorio de hacer un año en la universidad”, plantea. “Los estudios que analizan la tasa de retorno muestran que la rentabilidad medida en el salario por haber hecho el CBC es mayor que quien ni siquiera ingresó. Pero la rentabilidad es mucho mayor si se tiene una carrera completa en un terciario aunque desde un punto de vista de status, tontamente, están desprestigiados”, concluye.

El destacado especialista en educación superior, Marcelo Rabossi, estuvo en La Repregunta. Rabossi es investigador y profesor en las maestrías de educación de la Universidad Di Tella, donde fue director del área de Educación de la Escuela de Gobierno. Fue investigador visitante en la State University of New York, Albany, en el área de economía de la educación y de administración y política comparada en educación superior. Es doctor en Educación por esa universidad.

Crece la tensión entre el Gobierno de Javier Milei y las universidades públicas: ¿hay una política universitaria mileísta? “Confrontación”, ¿el signo de la política universitaria de Capital Humano y el subsecretario Alejandro Alvarez? Gobierno y universidades, ¿la batalla más irracional? Universidades, deudas históricas de transparencia y eficiencia. Transparencia, ¿también está en la política universitaria nacional? Financiamiento, graduación, datos públicos: ¿el debate eterno? Argentina v Brasil: ¿hay modelos de universidad pública más eficientes? ¿Por qué el alumno que abandona pierde en el mercado ante el graduado de una carrera terciaria? Capital humano, ¿se estanca en la Argentina? Rabossi hizo su análisis.

Aquí, la entrevista completa

¿Cómo es la política universitaria mileísta? ¿Hay política universitaria mileísta?

-Quiero empezar por la coyuntura para después saltar a cuestiones estructurales ¿Cómo describiría la política universitaria que tiene el Gobierno de Javier Milei, que se diseña desde el Ministerio de Capital Humano? ¿Hay una política universitaria mileísta?

-Desde mi punto de vista, la política universitaria del mileísmo es la confrontación. No hay una línea de política universitaria muy clara. Lo que sí buscan es romper cierta estructura burocrática, una estructura de, tal como ellos la definen, de nichos o quioscos. Voy a usar esa palabra no tan académica. El justificativo es la poca eficiencia que muestra la universidad y sobre todo, la baja transparencia. Estoy hablando desde la mirada de la Subsecretaría de Educación Universitaria.

-A cargo de Alejandro Álvarez.

-Sí, a cargo de Alejandro Álvarez. Hay una especie de pelea, de encono. Alejandro Álvarez ya lo había manifestado en un paper que escribió antes de llegar a la Subsecretaría: ya se veía que iba a ser una política confrontativa. Por otro lado, la universidad reaccionó de una manera, para mí poco, racional. Todo terminó siendo, o sigue siendo, una especie de pelea casi callejera en donde ninguna de las dos partes está proponiendo algún plan de acción racional para hacer más eficiente y más transparente a la universidad y para que la universidad tenga realmente mejores resultados o mejores indicadores. Porque ése es uno de los problemas, que es cierto lo que se plantea, pero desde ninguno de los dos frentes, ni la universidad ni la Subsecretaría, se está haciendo algún tipo de diseño de política universitaria racional.

Una política racional para la universidad pública. ¿Cómo debería ser? Financiamiento, ¿el gran obstáculo?

-Me interesa ese punto. ¿Cuál sería una política universitaria racional? En la Argentina, la educación básica, el nivel inicial, es decir, el jardín de infantes, primaria y secundaria, están a cargo de las provincias en su financiamiento y en la definición de parte del diseño de esas políticas. La política universitaria depende directamente del Poder Ejecutivo nacional. ¿Qué componentes debería incluir una política universitaria que sea productiva?

-Hay muchos frentes a tener en cuenta. Está el frente de financiamiento. Como bien dijiste, Luciana, la dependencia del Estado nacional de las 66 universidades nacionales es casi absoluta. En promedio, el 80 u 85 por ciento de los fondos que reciben las universidades viene del Estado Nacional. O sea que el Estado nacional tiene capacidad de amenaza y de ejecución de este tipo de castigo y la universidad no tiene ninguna forma de contrarrestarla porque está estructurada sobre la base de ese financiamiento único. Por ejemplo, la capacidad para recaudar fondos propios es muy baja. Eso depende de cada universidad. En la UBA, la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA tiene mucho más capacidad que la Universidad Nacional de Entre Ríos, que tiene mucho menos capacidad.

Universidades públicas. ¿Podrían generar sus propios recursos?

-En ese aspecto, la capacidad de generar fondos propios aprovechando el capital intelectual y tecnológico que generan, ¿las universidades tienen un déficit? ¿Podrían apuntar a mejorar el grado de aprovechamiento social y económico de los saberes que generan?

-Sí, yo creo que sí. Por ejemplo, la Fundación 1821 de la UBA, formada por exalumnos que se dedican a recaudar fondos, es activa en una política de fundraising. Por supuesto que esa capacidad tiene un cierto límite, pero hay que pensar que, por año, se están recibiendo alrededor de 80 o 90 mil graduados, unos 100 mil en promedio, de la universidad nacional. Si se toman los graduados de los últimos diez años, se llega a un millón de graduados. Es un pool muy grande para poder conseguir fondos adicionales.

“El mercado reconoce mucho más a un alumno que hizo una carrera corta de dos años y la completó aunque sea en un terciario no universitario que a aquel que tiene dos años de universidad”

-Eso como fundraising. ¿Pero desde las universidades, generando servicios técnicos, de asesoramiento, de consultoría, o en una especie de asociación público privada, ¿es posible mejorar esa vía de ingreso de fondos?

-Sí, es posible, pero tiene un relativo límite. La Argentina importa mucha tecnología y entonces las universidades… Pongo un ejemplo: en Ciencias Exactas de la UBA, y puntualmente en Química, habían hecho una asociación para tratar de desarrollar un producto que reemplazara los diskettes. Cuando terminaron de desarrollarlo, por todo el proceso burocrático, ya había ingresado algo equivalente desde China a mitad de precio. Toda esa burocracia que se genera hace que la posibilidad de poder competir contra otras industrias mucho más ágiles resulte difícil. Pero se podría mejorar. Se podrían generar al menos entre un 10 o 12 por ciento y un 15 por ciento de los ingresos si se lo hace de una manera mucho más profesional. Pero la universidad nacional está un poco aletargada porque la dependencia de los fondos nacionales es muy grande y es histórica. Hay una especie de dependencia del pasado.

Argentina vs. Chile y Brasil. Universidad pública y financiamiento: ¿el Estado o los privados?

-El sistema universitario nacional que depende en un 85 por ciento de fondos que le adjudica el Poder Ejecutivo. Por ley, la educación universitaria es gratuita. Este modelo de financiamiento argentino, con la gratuidad absoluta al menos en las carreras de grado, ¿cómo se compara con el resto de países parecidos? Pienso en Chile, por ejemplo, o Brasil, con las diferencias que puede tener. ¿Cómo funcionan estos sistemas en relación al financiamiento?

-Es interesante la pregunta porque permite ver que la Argentina tiene una particularidad muy distintiva que solamente se asemeja al modelo uruguayo. La gratuidad es del año 1949, con pequeños cambios que hubo en algunos momentos, cuando se cobró un arancel medio simbólico. Pero hay dos cuestiones. Por un lado, las carreras de grado explican casi el 93 por ciento de la totalidad de masa de alumnos…

-Algo más de 2 millones de alumnos, 2.200.000 aproximadamente.

-O sea que la universidad pública absorbe el 80 por ciento de la cantidad de alumnos en el sistema y no cobra ningún tipo de arancel. Desde ese punto de vista, si lo comparás con Chile y con Brasil, el número es el inverso. El 80 por ciento está en el sector privado. Para expandirse, tanto Brasil como Chile utilizaron el sector privado para descomprimir la presión que se genera desde un punto de vista fiscal.

La Argentina vs. Chile y Brasil. ¿Universidad pública inclusiva pero ineficiente vs. de élite pero eficiente?

-¿En Brasil, el 80 por ciento de los alumnos estudia en el sector privado?

-Sí, estudia en el sector privado. Vos pusiste los ejemplos de Chile y de Brasil porque son dos modelos particulares y estrella en cuanto a la calidad de las universidades, sobre todo, de las universidades públicas. Pero por otro lado, y es la otra cuestión, las universidades públicas de esos países reciben muy pocos alumnos porque tienen exámenes de ingreso muy selectivos y cuidan su posición de élite. En cambio, la Argentina ha optado por un modelo más de inclusión y tiene desafíos al absorber esa gran cantidad de alumnos. Sumale, Luciana, que el país está estancado en la producción de riqueza. Tenemos el mismo PBI per cápita de los últimos quince años. Sumale la cantidad de alumnos que ingresó al sistema. Cuando se puso la gratuidad en 1949, había tres alumnos cada mil habitantes. Hoy ese número es de 50 alumnos cada mil para un PBI que no ha crecido demasiado. Todo eso tensiona y se genera este problema.

“Hay un problema de choque entre la calidad de alumno que envía el secundario y lo que recibe la universidad. Y la universidad no se apiada de sus alumnos como sí lo hizo el secundario”

-Los sistemas de universidad pública de Chile y Brasil que, según usted señala, han privilegiado a la universidad pública como la nave insignia de la excelencia y de la producción de conocimiento, ¿cómo se financian?

-En el caso del modelo chileno, que es un modelo oneroso, cobra aranceles. Durante el gobierno de Bachelet se pasó una ley por la cual si pertenecés a los seis primeros deciles del ingreso, no pagás, pero no es automático porque tenés que dar un examen de ingreso. Los alumnos de esos primeros seis deciles están subrepresentados en la universidad. En el caso de Brasil es gratuidad absoluta, pero el sistema no es nacional, sino que es estadual. Cada uno de los estados financia y en general, los estados más ricos, como San Pablo, tienen las mejores universidades. San Pablo tiene la Universidad Estadual de Campinas, la Universidad de San Pablo, la Universidad Estadual Paulista, la Unesp. Tienen una mayor capacidad de contar con recursos. Te lo pongo en números, en términos del PBI, que es como normalmente se mira cómo se financia el sistema universitario. Hoy la Argentina está entre 0,4 y 0,5 puntos del PBI: son las transferencias que le hace el Estado nacional a las universidades nacionales, que explican el 85 por ciento de su financiamiento. En el caso de Brasil, el gasto universitario del Estado está en torno al 0,7 del PBI, y la contribución privada suma algo más del 1 por ciento. En el caso de Chile, la contribución estatal representa un 0,8 por ciento, pero en Chile, el 80 por ciento a las universidades privadas, con lo que el gasto total en educación superior supera el 2 por ciento. A su vez, gran parte de los que van a la universidad pública paga aranceles. Así llegás a casi dos puntos del producto. En la Argentina, el financiamiento al sistema universitario no llega al 1 por ciento del PBI aún sumando aporte estatal y contribución privada, que es a través de los alumnos que van a la universidad privada.

-Y de eso, no deriva nada a la universidad pública.

-Sí, exactamente. La diferencia es que no tenés diversificada la cartera de inversión en educación universitaria en la Argentina versus Chile y Brasil.

Ingresantes v.s graduados. La Argentina vs. Chile y Brasil: ¿quién tiene mejores ratios?

-Muy interesante. Estamos hablando de problemas del siglo XX, de los grandes problemas que arrastra la discusión universitaria argentina: las fuentes de financiamiento y también su eficiencia en relación a la cantidad de egresados, el ratio ingresantes versus graduados. En el fondo, lo que usted señala es que hay una especie de tormenta perfecta cuando se conjuga la gratuidad absoluta y un financiamiento absoluto del Estado. Ese esquema se topa con una restricción cuando la economía no funciona, y en general, los Estados tienen enormes desafíos para poder financiar esa expansión tan extrema de matrícula universitaria y de derechos sociales, jubilaciones, por ejemplo, o gratuidad universitaria. En relación a la eficiencia de ingresantes versus graduados, ¿cómo se da esa comparación entre Argentina, Chile y Brasil?

-Cuando se mira el número crudo y defino “crudo” a los ingresantes versus la cantidad de egresados, lo que se denomina “eficiencia interna”, la Argentina es muy pobre en relación a lo que es Chile y Brasil. Estamos hablando del sistema público, de las universidades públicas.

-¿Qué quiere decir “pobre”? ¿Tiene algún número presente?

-Tengo algún número. En el caso de la Argentina, de cada diez que ingresan los que egresan no llegan a tres. Se pierden siete ingresantes.

-Estos es en promedio en todas las carreras.

-Sí. Cuatro de esos diez, se pierden antes de finalizar el segundo cuatrimestre. Y en Chile y Brasil, cuando tomás las universidades públicas, que son las elitistas, las tasas de graduación se duplican. Hoy Chile está produciendo la misma cantidad de graduados por año que la Argentina. Las universidades argentinas están graduando alrededor de 100 mil graduados por año, aparte de los graduados privados, que representa más o menos la misma cantidad de graduados por año que Chile, que tiene la mitad de la población. Desde el punto de vista de la eficiencia, la eficiencia de la universidad chilena es el doble que la Argentina. En el caso de Brasil, cuando tomás las universidades públicas de élite, los números también duplican los de la Argentina.

Universidad argentina y filtros ocultos: ¿la misma cantidad de graduados que Brasil y Chile?

-Hay un detalle que hay que aclarar: como bien lo explica usted, Brasil y Chile tienen una selección inicial de ingresantes muy contundente y sólo ingresan aquellos estudiantes que pueden sostener ese esfuerzo para finalmente graduarse. En la Argentina, la falta de examen de ingreso y de cualquier filtro al finalizar el secundario hace que ingresen quienes no necesariamente están totalmente decididos o listos para encarar el esfuerzo universitario. Entonces el ratio ingresantes/graduados está armado sobre distintos universos en cada país. Si por ejemplo, en la Universidad de Buenos Aires, contempla ese ratio de eficiencia excluido el CBC, el panorama cambia. Una cosa es el ratio de ingresantes al CBC que termina la carrera, que es muy bajo. Otra cosa es el ratio pasado el primer año del CBC, que funciona como filtro, con los que quedan en el primer año efectivo de carrera post CBC y se gradúan. ¿Ese ratio ingresante/graduado se equipara mucho al de Brasil?

-Sí, totalmente. Y se compara en promedio no con las universidades de élite como las Ivy League, por ejemplo Harvard, que tiene una tasa de graduación del 95 por ciento. Pero si tomás el promedio de los sistemas en el mundo y sacás ese primer año del CBC que es el gran filtro o de los distintos cursos propedéuticos que tengan las otras universidades, la eficiencia en la cantidad de graduados se asemeja bastante a los modelos internacionales.

CBC y otras variantes de filtros ocultos: ¿una inversión irracional de la universidad pública?

-Se puede sacar una conclusión: que uno de los desafíos de la universidad argentina es que está invirtiendo recursos en estudiantes que no están listos para encarar esa carrera o que eventualmente no están realmente enfocados en hacerlo.

-Sí, definitivamente. El sistema argentino tiene una selección endógena, una selección dentro del sistema, mientras que Chile y Brasil lo hacen a través de las pruebas PAES, la prueba de acceso a la educación superior en Chile, o el ENEM, que es la prueba de finalización del secundario de Brasil, que también tiene el vestibular, otro examen de ingreso a las universidades de élite. En esos casos se hace una selección exógena o por fuera del sistema. En ese punto, el sistema argentino es ineficiente. Lo pongo en números: en la Argentina, se está sosteniendo una infraestructura para que ingresen alrededor de 500 mil alumnos por año a las universidades nacionales de los cuales 200 mil se pierden antes de que finalice el segundo cuatrimestre del primer año.

-Volvamos a aclarar: con “primer año” se refiere al CBC, por ejemplo.

-O a los cursos propedéuticos que sean. Se está creando una infraestructura que se termina desperdiciando. El problema del secundario es que los alumnos llegan y pasan. Se aumentó mucho la tasa de graduación del secundario inclusive en los en los primeros quintiles, donde la terminación del secundario pasó en diez años del 40 por ciento entre los alumnos de más bajos recursos al 60 por ciento. Pero eso fue una política laxa: pasan sin los saberes y sin los conocimientos. Hay un problema de articulación, un problema de choque entre la calidad de alumno que envía el secundario y lo que recibe la universidad. Y la universidad no se apiada de sus alumnos como sí lo hizo el secundario.

Universidad pública argentina: ¿una ficción de igualdad e inclusión?

-Ese dato dispara una pregunta. Hay una especie de ficción o de promesa ilusoria de inclusión universitaria cuando el sistema educativo tiene tantos problemas que no le puede garantizar conocimientos básicos a los egresados del secundario como para ingresar a la universidad y graduarse exitosamente. ¿La gratuidad y el acceso irrestricto en realidad es una ilusión vana?

-Sí, exactamente, es una ilusión, es crear una especie de ficción. Se puede discutir si un año o dos años de universidad es mejor que no tener nada: creo que sí, pero se podría hacer un sistema mucho más eficiente. Inclusive el mercado paga mucho más por otro tipo de sistema. Hay un trabajo del Banco Mundial muy interesante sobre las carreras cortas. El mercado reconoce mucho más a un alumno que hizo una carrera corta de dos años y la completó aunque sea en un terciario no universitario que a aquel que tiene dos años de universidad. El retorno privado por haber completado la carrera, aunque sea corta, paga. Ir a la universidad otorga algún tipo de conocimientos y hay modelos que explican que hay una especie de traslado intergeneracional: si tu papá hizo un año de universidad, la descendencia, los hijos tienen una mayor propensión a ir a la universidad. Pero desde un punto de vista económico y de eficiencia es mejor la opción de una carrera corta en un terciario terminada que lo ilusorio de hacer un año en la universidad, que desde un punto de vista del mercado, no te lo paga tanto.

CBC y abandono vs. carreras terciarias cortas. ¿Qué premia el mercado?

-Es interesante porque uno de los argumentos que se suelen dar, y lo he hablado con rectores de la UBA de otras gestiones, es que el valor agregado que aporta haber cursado el CBC aunque quedes afuera ya es una experiencia académica que esa persona se lleva para toda su vida. Usted está planteando las limitaciones que tiene esa opción a los ojos del mercado laboral: no es una buena señal haber hecho solo el CBC total o parcialmente y abandonar y, en cambio, es una buena señal terminar una tecnicatura más corta.

-Sí, totalmente. Los estudios que analizan la tasa de retorno, o sea, la rentabilidad medida en el salario por haber hecho el CBC es mayor que quien ni siquiera ingresó. Pero la rentabilidad es mucho mayor si se tiene una carrera completa en un terciario aunque desde un punto de vista de status, tontamente, están desprestigiados.

Universidad y transparencia. ¿Una deuda de los gobiernos y de las universidades?

-A la política universitaria mileísta, usted la definió muy claramente: confrontación sin una profundización interesante de los desafíos. Señala los déficit que tiene la universidad, pero se los usa como munición en una batalla cultural. Sobre las universidades públicas, hay una percepción bastante compartida en la sociedad de falta de transparencia de las grandes universidades no sólo en relación a los indicadores, sino también en relación al manejo de los recursos. Quiero ir a una pregunta sobre una vaca sagrada del sistema universitario argentino: la autonomía universitaria, que hace que las universidades además sean autárquicas. ¿Cómo puede mejorarse ese diálogo entre las universidades y la sociedad, entre las universidades con su autonomía y el Poder Ejecutivo y sus políticas públicas, para que los datos estén expuestos? Me refiero a datos estadísticos en serio, de graduación, de ingreso de estudiantes, de tasas de eficiencia, de cantidad de docentes por alumno. Estamos en la era de la inteligencia artificial: si esos indicadores no se ponen sobre la mesa, ¿es porque no se quieren poner?

-No sé si no se quieren poner sobre la mesa o es una cuestión burocrática o una inercia, pero es exactamente lo que vos decís. La autonomía universitaria se ganó a partir de la famosa reforma de Córdoba de 1918: es algo saldado. Es importante porque antes el rector era elegido por el Poder Ejecutivo; para nombrar docentes, la universidad tenía que enviarle terna al Ejecutivo, que tenía la última palabra en la elección de los docentes. A partir de 1918, la universidad tiene esa autonomía. Ahora, voy a decir algo provocador: si esa autonomía es ejercida de manera exagerada o muy fuerte, una entidad pública comienza a tener rasgos cuasi privados; se habla a sí misma de cara a la sociedad.

Universidades. ¿Gastos opacos?

-Pero las entidades privadas tienen sistemas de transparencia de sus balances, por ejemplo. En cambio, nunca se sabe bien cómo las universidades públicas están manejando los fondos, cómo los distribuyen, cuánto ganan los directivos, con qué recursos extra cuentan; se habla mucho de los choferes que tienen los rectores, por ejemplo.

-No me quiero meter con esas cuestiones porque no tengo esos datos. Pero es cierto que en la sociedad existe ese rumor y esa especie de creencia.

-Si el rumor es falso, la transparencia permitiría que ese rumor no exista.

-La transparencia permitiría evitarlo o quitarlo del imaginario con datos concretos. Por estatuto interno, que varía por cada universidad, la universidad pública nacional tiene que realizar censos de docentes y de alumnos cada tres años o cada cinco años según cada universidad. Cuando los investigadores queremos acceder a esos datos, es muy raro encontrarlos. Hay censos de hace diez o quince años que a nosotros, como investigadores, también nos complica.

“Fuga” de docentes universitarios. ¿Es real o está basado en datos parciales?

-La semana pasada hubo una disputa en X entre el subsecretario Álvarez y algunos docentes de universidades nacionales que planteaban que, por las condiciones salariales, había una fuga de docentes. Recordemos que los docentes tienen la mayor caída del salario real respecto de noviembre de 2023, cerca de un 38 por ciento a esta altura, contra una caída del 20 por ciento del salario real de los empleados públicos y un 5 por ciento de los privados. Álvarez mostraba datos oficiales con los que cuenta la Subsecretaría y sostuvo que en realidad algunas facultades y universidades están sumando profesores, no restando. ¿Esa falta de transparencia de los datos genera ese tipo de confusión?

-Sí. No sé si llamarla “fuga”, pero hay ciertos docentes investigadores que han sido tentados, sobre todo cuando son de la élite. Se van al sector privado o, por ejemplo, a las universidades de Brasil o Chile. Pero lo que no hay es un éxodo masivo.

Transparencia estadística y universidades. ¿Avanzó o no el Gobierno con las auditorías?

-¿Desde la subsecretaría de Políticas Universitaria y desde las universidades hay una deuda pendiente en relación a la transparencia de los datos y a la frecuencia con la que se recoge?

-Sí, absolutamente. Cuando intentás ingresar a los sistemas de información para ver los balances de las universidades, los activos y los pasivos, no tenés acceso. Y he visto balances que son una fotocopia mal hecha, medio sesgada, donde tenés que adivinar la columna de activos y pasivos y patrimonio neto, y además tienen diez o quince años. Si querés hacer investigación de ese tipo, te tenés que ir a Brasil o a Chile, y por supuesto a Estados Unidos o países de Europa.

-¿La Subsecretaría de Políticas Universitarias no avanzó con las famosas auditorías? Si usted quiere acceder a datos duros precisos de la Subsecretaría, ¿es posible obtenerlos como investigador?

-No hay datos. Se mejoró un poco la información, pero no es la información que realmente uno estaría esperando recibir.

Universidad del futuro. ¿Cómo recuperar su sentido? ¿Por qué el título universitario ya no garantiza empleo?

-Última cuestión: pasemos del siglo XX al futuro. La inteligencia artificial lo está transformando todo, también la discusión sobre el rol de las universidades y de las carreras cortas. Usted señaló el valor de las carreras cortas como nueva manera de insertarse en el mercado y adaptarse continuamente. ¿Cuál es la discusión central en relación al sentido de las universidades de aquí en adelante en el mundo o en la región?

-Es una excelente pregunta. En general, se está observando una especie de desgano de los jóvenes de ingresar a la universidad en carreras largas. Por ejemplo, en Estados Unidos, Deloitte and Touche hizo una encuesta hace muy poco y lo que se observa es una preferencia por carreras cortas, por carreras de dos años con mayor salida laboral. O sea, utilizar la universidad o las instituciones de educación superior para eso. Va a comenzar una especie de competencia con el sistema informal de educación, con empresas o instituciones que se dedican a capacitarte. Puede ser Microsoft, empresas tecnológicas que van a dar cursos cortos. El mercado empieza a creer en esas credenciales. La universidad está quedando relativamente obsoleta, y no solamente en relación a los planes de estudios largos, aunque se está tratando de acortar la duración. En Chile pasa lo mismo. No es que la universidad se está desacreditando, pero no hay tanta necesidad de hacer la universidad y esas carreras largas para conseguir un buen empleo.

-Hay algo de puja entre la hiperespecialización y la integralidad del saber: ¿un saber integral demasiado largo saca flexibilidad para estas adaptaciones impensadas que va a haber que hacer en el mundo laboral?

-Hay una formación universitaria muy orientada al mercado de trabajo. El modelo de universidad argentino es muy profesionalista. Es el famoso modelo continental que se importa de Francia. Con los cambios tecnológicos y el avance tecnológico día a día, muchos de esos conocimientos quedan obsoletos. Comienzan a ser reemplazados por la inteligencia artificial. ¿Cuál es el tipo de graduados que se necesita? Un graduado que se forme en lo que se llaman las “habilidades blandas”, la capacidad de liderazgo, armar equipos, hacer buenas preguntas, manejar bien el tiempo.

Capital humano argentino, ¿estancado? El futuro: ¿carreras universitarias más nano títulos?

-Pero a veces eso parece un poco blablá. Le planteo otra manera de ver el tema: ¿un estudiante que se quiere estudiante universitario debería construir cimientos cognitivos muy sólidos en saberes como matemática, por ejemplo, pero con carreras más razonables de cuatro años, y después obtener nanodegrees, nano títulos, para ir adaptándose a los cambios del mercado laboral que van a ser impredecibles? ¿Podría ser una manera de recuperar el sentido de la universidad?

-Sí, definitivamente. Hay que ir hacia eso. Cuando hablo de habilidades blandas, también digo que no solamente habilidades blandas: por supuesto deberías poder resolver, por lo menos, una regla de tres simple. Pero es cierto, hay que acortar las carreras de grado y comenzar una especialización muy puntual, sea a través de los posgrados, una especialización de un año y medio, una maestría de dos años o lo que vos estás planteando, los microcréditos, o sea, cursos de sesenta u ochenta horas. Hay que utilizar el sistema universitario como una especie de puerta giratoria: recibís una formación para poder desarrollar tu potencial de acuerdo a las necesidades del mercado. Hoy hay que formar profesionales muy flexibles. Cuando las condiciones del mercado cambian por cambios tecnológicos, por avances en los procesos en las formas de hacer las cosas, volvés a la universidad, volvés a capacitarte durante seis meses, sesenta horas, un año, y volvés al mercado. Es el lifelong learning, la capacitación de por vida. Si no, seguimos con estas especies de mamuts de carreras que vienen de fines del siglo XIX, que están absolutamente obsoletas. La Argentina está produciendo la mitad de graduados universitarios, sea en carreras cortas, sea en carreras un poquito más largas, que los países OECD. O sea que el capital humano de la Argentina es muy bajo para una economía del conocimiento que ya es una realidad.

-El capital humano está estancado como tantas cosas en la Argentina.

-No sólo hay que pensar la cuestión de financiamiento. Hay que pensar de manera integral y que las dos partes, la política universitaria del Gobierno y la posición de las universidades, sean racionales y no se comporten como chicos caprichosos. Tienen que pensar en el futuro del país.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/marcelo-rabossi-en-la-argentina-el-gasto-estatal-en-universidad-publica-es-del-04-por-ciento-del-pbi-nid03052026/

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