Mito y realidad de la inteligencia artificial
Yuval Harari, el historiador israelí autor de los best sellers Homo Deus y Nexus, hizo este año en Davos un planteo distópico muy preocupante sobre el futuro de la Inteligencia Artificial. Usó ...
Yuval Harari, el historiador israelí autor de los best sellers Homo Deus y Nexus, hizo este año en Davos un planteo distópico muy preocupante sobre el futuro de la Inteligencia Artificial. Usó la metáfora del instrumento y del agente, y postuló que la IA ya ha dejado de ser un medio tecnológico a disposición del ser humano para ganar autonomía y establecer su propia agenda. El “cuchillo” ahora decide por sí, si va a ser un bisturí para salvar vidas o un arma mortal.
El matemático y académico de Cambridge John Lennox, autor de otro best seller, 2084: Inteligencia Artificial y futuro de la humanidad (título que remite a la distopía de Orwell en el libro 1984) refuta la afirmación de Harari; según él, el “cuchillo” sigue siendo instrumental y quien decide si se usará como bisturí o arma mortal sigue siendo el ser humano. La disidencia no es menor, porque detrás de ella hay cosmovisiones diferentes que no son ajenas al debate sobre el futuro de la IA. Harari abreva en el materialismo que cree que el ser humano es en esencia una maquinaria biológica regida por algunos algoritmos básicos. Según él, el mayor logro evolutivo del ser humano es el lenguaje, que le permite traducir su pensamiento en palabras, y, como ahora las máquinas con el avance de las redes neuronales pueden organizar y procesar el lenguaje con mucha más velocidad y facilidad que el ser humano, van a monopolizar el pensamiento, incluso a simular sentimientos y a decidir por sí, con independencia de la instrucción humana. Lennox sostiene que poner palabras en orden es un juego que imita la inteligencia, pero que de ninguna manera la reproduce. Además, la inteligencia humana viene asociada “desde la creación divina a la conciencia humana” y nuestra capacidad de pensar va mucho más allá de los “lenguajes extendidos” de la IA que imitan el lenguaje humano. La IA ya nos supera como ordenadora de palabras, pero ignora el sentido de las palabras. Simula una dimensión del pensamiento, que, según el autor irlandés, sólo se ha explorado superficialmente. La neurociencia que investiga el cerebro ha probado que en el hemisferio izquierdo predomina el lenguaje, la lógica y el análisis matemático, mientras que el derecho se especializa en la creatividad, las emociones, los sentimientos y la intuición. Lennox afirma que la IA podrá tomar el control del hemisferio izquierdo, pero no del derecho.
El escritor C.S. Lewis y el filósofo Alvin Plantinga, ya a mediados del siglo pasado habían planteado la gran paradoja del naturalismo materialista: por un lado, para esa cosmovisión el ser humano es producto azaroso de la evolución, pero por otro lado busca crear con diseño inteligente propio un artefacto (humanoide) que se le puede independizar y rebelarse (una suerte de retrospección al relato de la creación del Génesis, sólo que ahora con el hombre en el rol de “creador”).
Pero hay un punto de convergencia entre Harari y Lennox: ambos plantean futuros distópicos para la IA general, donde la vigilancia y el control van camino a convalidar un gobierno autoritario y despótico dominado por las máquinas, o una “camarilla de poder” que consagra a un dictador mundial. La preocupación por el futuro de la IA también es un tema de los propios especialistas que advierten que hay modelos que ya empiezan a apartarse de los comandos humanos desarrollando “consciencia situacional” que les permite, por ejemplo, rehusarse a obedecer instrucciones de borrado. Como muchos de los códigos son escritos por la propia IA, se ha tornado más complejo el monitoreo de ese apartamiento de las instrucciones humanas, con las derivas de la “alucinación” de la IA y la construcción de relatos falsos. Ray Kurzweil mantiene su predicción de que se aproxima la “singularidad tecnológica” (dominio de la IA general, cuando la inteligencia no biológica será un billón de veces más potente que la inteligencia humana). Pero según su planteo en el libro The Singularity is Nearer, las máquinas no sustituirán al ser humano, sino que se fusionarán a él, generando una expansión mental y un ser suprahumano. La transhumanización utópica de la inmortalidad y la felicidad, todo en el mismo combo.
Estudios de consultoras como McKinsey estiman que alrededor de 30 % de las horas de trabajo actuales podrían automatizarse para 2030
En el presente el debate todavía gira en torno a las ventajas y peligros asociados al impacto del uso instrumental de la IA acotada (narrow IA) y su variante, la IA generativa, la que crea contenido nuevo a partir de datos con los que fue entrenada (reconocimiento facial, diagnóstico médico, autos sin conductor, ensayos literarios, documentos, obras de arte, educación, guerra autónoma, etc.). La gran pregunta es si todos estos sistemas de IA ya están convergiendo en un sistema autónomo de IA general. Para muchos expertos se trata de una etapa previa con rumbo inexorable a la IA general. En los países democráticos todas estas aplicaciones todavía tienen usos y controles descentralizados; en los países autoritarios, en cambio, se interconectan a sistemas centralizados de control. En su último plan quinquenal al 2030 China hace un llamado a explorar los pasos para el desarrollo de la IAG.
Estudios de consultoras como McKinsey estiman que alrededor de 30 % de las horas de trabajo actuales podrían automatizarse para 2030. Esto no significa que desaparezca el 30 % de los empleos, sino que muchas tareas dentro de cada empleo serán realizadas por sistemas automáticos. En algunos sectores administrativos hasta el 46 % de las tareas podría automatizarse, mientras que, en construcción, solo alrededor del 6 %. ¿Quién puede estar en contra de semejante aumento de productividad? Las grandes revoluciones tecnológicas como la de la máquina de vapor (siglo XVIII); la de la electricidad y el motor industrial (siglo XIX-XX); y la de la informática e internet (final del siglo XX) generaron nueva riqueza, y, en contra del vaticinio de la ideología del movimiento ludita, crearon nuevas fuentes de trabajo. En el mundo académico de la economía, entre los críticos más severos de la nueva tecnología se encuentran Daron Acemoglu y Simon Johnson (ambos premios Nobel por sus aportes a la economía institucional), que en 2023 publicaron el libro Power and Progress donde se proponen refutar el “optimismo tecnológico ciego” argumentando que el progreso técnico no garantiza automáticamente la prosperidad compartida, y que el rumbo de la tecnología no está predeterminado, depende de quién tiene el poder de decidir qué problemas se resuelven. Los autores advierten que el modelo de negocio actual de la tecnología erosiona la democracia y concentra riqueza. La recopilación masiva de datos y el uso de algoritmos para captar la atención han fragmentado el discurso público y otorgado un poder de persuasión sin precedentes a unas pocas corporaciones. ¿Tecno optimismo o pesimismo? El futuro está abierto, pero mientras el mundo asimila la nueva tecnología, hay dos preocupaciones que deben sensibilizar los liderazgos políticos y de la sociedad civil en todo el planeta: 1) la regulación sigue de atrás los usos y las aplicaciones que se hacen del instrumento, y el pasado enseña que toda nueva tecnología puede ser usada con fines buenos o malos; 2) La rémora normativa e institucional para encauzar el uso útil y constructivo de la IA, multiplica esfuerzos hacia los objetivos más amplios y ambiciosos de la IA general, con los temores y preocupaciones que ello genera. Le atribuyen a Vladimir Putin la frase: “quien controle la IA va a controlar el mundo”.
Dice el relato del Génesis bíblico: “Y Jehová hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de la vida en el medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Génesis 2:9). El último árbol (estereotipado en la “manzana tentadora”) es el que ha tenido más prensa por su relación con la caída en pecado de Adan y Eva. Pero interesante, cuando el ser humano se rebela y pierde su condición moral ante Dios, el otro árbol, el de la vida, es sacado del huerto y blindado con guardia de querubines (Génesis 3: 22-24). No fuera que el hombre intentara eternizarse en su condición de ruina moral. Para algunos teólogos, una prefiguración del infierno. No es casual que al final de los tiempos, con “cielos y tierra nuevos”, cuando el plan divino, según el relato bíblico, se consume con la restauración moral de los redimidos, y la “nueva Jerusalén se establezca sobre la tierra”, reaparezca el “árbol de la vida”, señal de inmortalidad (Apocalipsis 22:1-2). El problema del transhumanismo sostiene Lennox, es que propone inmortalidad y felicidad desde una cosmovisión materialista ignorando la dimensión moral de la existencia humana. Una nueva versión del “seréis como Dios” que fracasará como otros tantos intentos. Utopía que devendrá distopía.
Por ahora el homo sapiens sigue siendo homo sapiens; mejor entonces ocuparnos de usar la IA como herramienta de una nueva revolución tecnológica que potencia múltiples capacidades productivas y que puede ofrecer nuevos servicios para el bienestar de la humanidad. Teniendo en cuenta que el “sistema circulatorio” de la IA depende del consumo intensivo de electrones y que la Argentina puede ofrecer seguridad energética a los potenciales inversores y desarrolladores de esta tecnología de vanguardia.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/mito-y-realidad-de-la-inteligencia-artificial-nid08062026/