Mono Villegas: exportó el jazz argentino, volvió al país para formar dos tríos notables y dejó decenas de historias míticas
“Enrique Villegas fue un extraordinario músico argentino. Su actividad como pianista es conocida en el mundo entero y en Buenos Aires siempre fue un hombre curioso y amigo de la gran música. El...
“Enrique Villegas fue un extraordinario músico argentino. Su actividad como pianista es conocida en el mundo entero y en Buenos Aires siempre fue un hombre curioso y amigo de la gran música. El primer ejecutante de Ravel en el Colón. La música contemporánea lo contaba entre sus mejores oyentes y comentaristas. Y fue además un gran amigo, un gran jazzista, y un hombre de la cultura popular, intérprete de la música tradicional”, decía el Cuchi Leguizamón sobre una de las figuras más legendarias del piano argentino, a quien le dedicó una hermosa melodía, “Balada para el Mono Villegas”. El Cuchi solía tocar con el Mono en encuentros de solo piano junto a Manolo Juárez y Gerardo Gandini.
“Villegas era un tipo bastante aparte de todos. Él era de una familia de mucho dinero, pero los padres habían muerto y lo criaron las tías. Había estudiado piano clásico desde muy chico. Fue el pianista que estrenó el Concierto en sol de Ravel en Argentina, en el año 32 o 33, un año después de su estreno en Francia. Tocaba muy bien el piano. Recuerdo que tocó la Rhapsody in Blue en una cancha de fútbol”, le dijo Carlos Franzetti al periodista Claudia Parisi en Mono. Buscando a Enrique Villegas (Vademécum). “Mis tías nunca me obligaron a nada que yo no quisiera. Por ello fui un pibe feliz que decidía por su cuenta lo que iba a realizar ese día de su vida”, aseveraba el Mono.
Prosiguió Franzetti, en Buscando a Villegas: “Era un tipo sin ningún filtro para opinar, era peligroso. Había gente que le huía por eso, porque se ponía a gritar en medio de la calle. Había gente también que no se lo aguantaba, porque el Mono era muy buen músico, muy buen lector de música, un tipo que había adoptado al jazz luego de haber estudiado mucho. Hay que tener en cuenta que en las décadas del 40 o el 50 casi no había pianistas de jazz”.
Pionero de una época, cuando el jazz era una cosa exótica en Argentina, el Mono como un self-made man, una especie de duende de la bohemia porteña, y conocido por todos. “Él era una especie de pianista amateur que venía de una familiar rica y se había dedicado a tocar música. Era una especie de aristócrata que se dedicó al jazz, como Bioy Casares se dedicó a la literatura o Victoria Ocampo con la revista Sur”, continúa el pianista y cantante Carlos Franzetti, que trató de cerca su explosivo temperamento. Recordó cuando Oscar Peterson tocó en el Gran Rex, en 1970, con su maravilloso trío y el Mono dijo: “Si yo tuviera una sección rítmica, sueno igual que él”. Estaba presente Oscar López Ruiz y lo insultó de arriba abajo. Se pusieron a discutir a los gritos. El Mono nunca claudicó en su postura.
Hasta los 50 a Enrique Villegas (1913-1986) todavía no lo llamaban Mono. Se lo veía, sobre todo, de noche. “Villeguita”, lo nombraban algunos, como Astor Piazzolla, que le dedicó un tema. Era locuaz y se explayaba a través de múltiples anécdotas en los conciertos, no siempre de música. Hacía chistes y sobre él circulaban infinidad de historias y leyendas urbanas, como la de que vivía en un monoambiente donde solamente tenía una cama, pilas de diarios viejos, libros, partituras, y dos pianos de cola. “Como pedía el General, yo voy de la cama al piano y del piano a la cama”, decía con gracia. Un pianista excepcional, a veces más conocido por su verborragia y su destreza de showman que por su música. “Era un gran personaje. Y eso eclipsó, tal vez, al músico. Eso y un pecado capital para el público ‘entendido’ de ese género: fue demasiado conocido por los oyentes no especializados”, explica el crítico Diego Fischerman.
A Villegas quien lo bautizó “Mono” fue el compositor Rodolfo Arizaga, que en los años sesenta era crítico de música clásica en la revista Primera Plana. El pianista se lo tomó con humor: “Por ahí me dicen Mono porque imito bastante bien a los seres humanos”. Entre 1955 y 1958, Villegas vivió en Estados Unidos: fichado por Columbia Records, llegó a Nueva York y grabó dos discos con su trío junto a Cozy Cole y Milt Hinton, ejecutantes en lo más alto del género. Le propusieron entonces grabar temas del compositor cubano Ernesto Lecuona y se negó. “Nunca me arrepentí de no haber seguido en Columbia por haberme negado a tocar otra cosa que no fuera jazz”, diría, dejando de lado lo que para cualquier otro músico hubiera sido un error imperdonable.
Cuando retornó a Buenos Aires, Villegas formó un trío con Jorge López Ruiz en contrabajo y Eduardo Casalla en batería; luego vendría una segunda formación, con Alfredo Remus y Néstor Astarita. Las mismas son referenciadas hoy en el país como bandas vanguardistas en improvisación, flexibilidad rítmica y expresividad pianística. En 1966, grabó su primer disco de estudio en la Argentina, En cuerpo y alma. Y lo hizo en Trova, un sello creado por Alfredo Radoszynski. El pianista grabó allí ocho discos y actualmente su hijo Sergio, responsable de RP (Radoszynski Producciones), encaró la reedición de todo ese material, como un memorable encuentro del Mono con músicos de Duke Ellington, de sus compositores favoritos, tales como Paul Gonçalves en saxo tenor y Willie Cook en trompeta.
El disco salió bajo el título Encuentro y recoge una juntada junto al trío del pianista en 1968, durante la visita de Ellington a Buenos Aires. El repertorio de la histórica sesión incluyó el clásico de Ellington, “Perdido”; “St. Louis Blues”, de W.C. Handy; “Blues for BA”, compuesto por Gonsalves en honor a Buenos Aires; y los standards “I Cover The Waterfront”, “Just Friends” y “I Can’t Get Started”; más el medley “Gone With The Wind/Tenderly/Ramona”. Y esta edición incluye tres bonus tracks grabados en 1972 en otra reunión entre amigos del Mono, en la que el pianista interpreta “Lullaby of The Leaves”, “Blues en Do” y “Nobody Knows The Trouble I’ve Seen”.
En el éter digital se encuentran grabaciones inéditas, otras publicadas por Melopea, y la discografía completa en Music Hall y Trova, en la que se destacan los volúmenes dedicados a Thelonious Monk, Jerome Kern y Gershwin, parte de su columna vertebral. Allí hay otras joyas, como las trece composiciones que grabó de Los Hermanos Ábalos, entre zambas, gatos, chacareras, carnavalitos, triunfos y bailecitos. Y el notable Metamorfosis, su registro de los preludios de Chopin -otro de sus preferidos- con contrabajo y batería.
Lo primero que hizo el periodista Claudio Parisi para escribir Buscando a Villegas fue armar una lista con posibles entrevistados. El rompecabezas fue pieza a pieza. Luego, entre sus archivos, encontró charlas relacionadas a Villegas con personas ya fallecidas -Alfredo Radoszynski, Nano Herrera, Horacio Chivo Borraro y Selma Henry-. Poco después, empezó con los mensajes y llamadas. Algunos enviaban un audio con sus historias, otros pedían un cuestionario para responder; hubo también numerosos encuentros en persona y comunicaciones al Uruguay -como Julio Frade, que cuenta una experiencia en Montevideo casi desconocida en Argentina- y Estados Unidos -Lalo Schifrin, Fernando Gelbard y Carlos Franzetti-.
“Sin embargo, ni bien comencé con esta investigación, me encontré con un artista y un personaje que -a pesar de que ya pasaron casi cuarenta años de su muerte- todavía despierta tanto cariño y adhesiones como rechazo a su personalidad sin filtro y cierto menosprecio hacia su música. No obstante, unos y otros, en algo coincidían: Villegas era un personaje con todas las letras, alguien que trascendía el terreno de lo musical a través de sus monólogos en medio de los conciertos, su corrosivo sentido del humor y el modo totalmente incorrecto en que expresaba sus opiniones, imposible de pensarlo en el siglo XXI”, asienta Parisi en la introducción.
Ningún artista del jazz argentino ha sido tan popular como él. Villegas, en plena era analógica, inventó su propio marketing y cultivó el stand-up sin saber de qué se trataba. Entre sus actuaciones y la aparición de sus discos, quienes lo conocieron aseguran que el Mono logró lo imposible para un músico de jazz en Argentina: lo seguía una gran cantidad de público, de diversa estirpe. Se creó una frase que circulaba de boca en boca: “Hay que ir a ver a Villegas”. Muchos cuentan que la gente lo saludaba en la avenida Corrientes o mientras viajaba en subte. Y que lo reconocían personas que no necesariamente estaban familiarizadas con su música: en la memoria quedó aquel concierto ante 20.000 personas en la cancha de Vélez, donde interpretó Rhapsody in Blue junto a la Sinfónica Nacional dirigida por Jacques Bodmer. El Mono en todo su esplendor.
Desde el arranque de su carrera, ciertamente, despertó el interés de la prensa. Acordaban los especialistas que su reputación era tal que Villegas se convirtió en uno de los primeros músicos de jazz argentinos for export, mucho antes que Lalo Schiffrin o Leandro “Gato” Barbieri. En el jazz abrió el camino para otros músicos que formaron parte de la escena musical de los ´60-‘70, como Jorge Anders, Horacio Malvicino, Alberto Favero, Rodolfo Alchourrón, Jorge Navarro, Santiago Giacobbe y Alfredo Remus, estimulados por las visitas a la Argentina de figuras como Joao Gilberto, Stan Getz, Duke Ellington, Bill Evans y Cannonball Adderley.
Modernista y agitador cultural, fue además socio fundador del Bop Club Argentino, que reunía a los solistas más sobresalientes del jazz argentino. “Y claro, una personalidad única como la de Villegas se movía a sus anchas en esa ciudad, disfrutando de su modesta notoriedad. Que no fue mayor quizás por su decisión de mantenerse inquebrantablemente fiel a los dictados de su musa, sin condescender jamás a propuestas que lo hubieran tornado “comercializable”. Pero el Mono, duende noctámbulo y bohemio, no necesitaba mucho. Sólo tener siempre un piano al alcance de sus manos. Es famosa su frase diciendo que para vivir le alcanzaba con tener 30 amigos, que lo invitaran a comer a sus casas una vez por mes”, apunta Claudio Kleiman sobre su personalidad.
Cruzando otras disciplinas artísticas, Villegas conoció a Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Xul Solar, y fue un seguidor de las enseñanzas de Krishnamurti, a quien también conoció personalmente. “A los siete años agarré el piano y no lo largué”, contaba. “Será el destino de uno, como dice Peralta Ramos: ‘Serás lo que te toque ser, y dejate de joder’”, solía bromear. Lo cierto es que el niño Villegas fue anotado en el Conservatorio y el jazz llegó poco después, a sus nueve años. Diría: “Me fascinó porque yo tenía facilidad. Tenía mucha imaginación, que en el jazz es una materia prima imprescindible. Empecé a dejar los dedos sobre el teclado y el teclado me daba ideas. Es decir, que el piano me hizo a mí”.
Aplicado y constante, Enrique Villegas tocaba el piano entre nueve y diez horas diarias, y su primer maestro fue el compositor Alberto Williams, que le permitió ejecutar todos los géneros. No casualmente luego podría interpretar la música clásica, el folklore, el tango y la música contemporánea con tanta familiaridad como sentía con el jazz. Porteño de ley, cierta vez tocó el tango “Caminito”, dándole un aire de blues, retomando la apuesta de su amigo Gato Barbieri con la impronta latinoamericana en el jazz. “Esos famosos puentes musicales de Juan de Dios Filiberto en el tango que terminaremos como podamos”, dijo en un concierto en vivo, en 1973, pidiendo disculpas a los ortodoxos.
Con su sólida formación académica, destacaba que Art Tatum, Fats Waller, Duke Ellington y Louis Armstrong eran sus maestros espirituales, a los que luego incorporaría a Thelonious Monk y Bill Evans. Era cinéfilo, gran lector -su ídolo era Albert Camus- y decía que le encantaban las mujeres aunque su vida sentimental era un misterio. “La vida es lo más maravilloso que existe, pero lo frustrante del presente es que muy pronto se convierte en pasado. Y el futuro es siempre incierto. El único futuro es la muerte”, filosofaba.
“Al gran pueblo argentino, ¡pianos!”, la famosa frase la pronunció Enrique Villegas durante un recital en sus noches porteñas y dio título a uno de sus discos. Unir el piano con una consigna patriótica fue otra de sus grandes marcas. “El Mono era extraordinario contando anécdotas. Un espíritu libre. Siempre te lo encontrabas caminando por el centro o por alguno de los cafetines de Corrientes. En 1972 fui a ver a Santana al Luna Park y al lado mío estaba sentado el Mono. ´Toca fenómeno ese tipito´, me dijo. Escuchaba toda la música. Básicamente, el Mono era un noble pensador, un artista único, inquebrantable en su forma de vida”, precisó Litto Nebbia en otro de los testimonios que reunió Claudio Parisi para Buscando a Villegas.
El Mono, una leyenda argentina. Personaje entrañable, tan porteño como cosmopolita, que dejó un lenguaje singular en las blancas y negras.