Moria: los romances, personajes y escándalos que la biopic de Netflix pasa por alto
Se sabía que la tarea no iba a ser fácil. Se trataba de vincular a Moria ícono con Moria Casán vedette y actriz, con Ana María Casanova, mujer soñadora y sensible. Y si no era fácil era just...
Se sabía que la tarea no iba a ser fácil. Se trataba de vincular a Moria ícono con Moria Casán vedette y actriz, con Ana María Casanova, mujer soñadora y sensible. Y si no era fácil era justamente porque ella, la protagonista, la “mostra”, el “Obelisco con tetas”, la “extraterrestre”, se ocupó durante prácticamente toda su vida a construir un personaje de sí misma: desbordado, “barroco”, perfecto en su imperfección. Tanto como para poder adaptar cada anécdota de su vida real, por más trivial que fuera, y entronizarla a su imagen y semejanza.
Siendo ella quien lleva la batuta de Moria, la serie de 8 capítulos que acaba de estrenar Netflix, era lógico que la biografía se transformara en pandemonium. Moria tuvo muchas vidas, y en cada una de ellas, infinitas anécdotas que, al decir propio, la convirtieron en quien es.
Con Casán al frente del proyecto, no había duda de que la propuesta iba a funcionar como una suerte de biografía oficial, donde cada episodio (de la serie y de su historia) coincidiría con su reflejo mediático. Sin embargo, el guion se tomó algunas licencias y también omitió mucho de la realidad. La vida de “La One” no es solamente la que muestra la serie. Es todavía mayor.
Ana María, la bailarinaPrimero lo primero: cómo pasó “Ana María” a ser “Moria”. Es sorprendente la cantidad de gente que lo asume pero no lo sabe. “En mi casa, me llamaron ‘Moria’ desde siempre -contó unas pocas veces su protagonista-. Cuando nací, mi mamá quiso inscribirme como Moria Elizabeth, pero no se lo permitieron. La decisión final la tomó mi papá: que me puso Ana María porque nací entre el día de Santa Ana y el de San Martín, durante el feriado del 16 de agosto”. Podría haber sido “Ana Martina”, pero no.
Presentes en la serie, pero no profundizadas, la identidad y personalidad de Moria Casán no se fue forjando con el tiempo, apenas perfeccionando. Nació con ella, casi por generación espontánea. Le contaba la estrella a LA NACION en 1997: “Yo no tuve una educación rígida. A mí siempre me gustó bailar delante de los espejos. Ponía música clásica y bailaba. Era una pesada... Cuando mi padre estaba haciendo construir parte de mi casa, había albañiles, y mientras ellos almorzaban, yo ponía un disco y les bailaba. Tenía 9, 10 añitos, y quería que todos me miraran. A los 9 años, unos tipos me gritaron desde un camión el primer piropo. Iba con mi madre por Ciudadela, porque yo soy de Ciudadela, y gritaron: ‘¡Guárdela bien que la pasamos a buscar!’. Me sentí muy mujer ese día. Siempre fui fuerte y me gusta ser como soy. A los 13 años llegó la independencia económica, simbolizada en un par de zapatos ‘divinos’: Moria le pidió a su padre que sacara el auto del garaje, y le instalara un espejo y barras de ejercicio, y empezó a dar clases de danza. Había nacido su famosa autogestión.
Con el despertar adolescente llegó también el deseo. Y es en este aspecto donde la serie opta por la elipsis, esbozando apenas lo que fue un viaje iniciático que forjó su personalidad. La “Moria” introspectiva de la infancia y preadolescencia se topó con los primeros coletazos de la vida, se cayó, se levantó, se volvió a caer y se volvió a levantar. Como pudo, a fuerza de intuición de que lo que estaba viviendo no era lo único que podía esperar del destino, pero sí lo que le tocaba enfrentar en ese momento.
Mucha Eva para un solo AdánLa serie de Netflix se centra mucho en Rubén (Francisco Bertin), uno de sus primeros amores. Pero en realidad, ese personaje es un compendio de varias “primeras veces” que la aspirante a estrella tuvo en esa etapa de su vida.
Su primer novio, al menos de acuerdo a la cronología conocida, se llamaba Néstor, y Moria lo conoció a los 14 años, un vecino del barrio con el que experimentó el amor por primera vez. Luego sí, llegó Ruben, cuando todavía no había cumplido los 17: “Vendía cueros. Vivimos una relación conflictiva, porque él resolvía todo a los golpes, y yo se los devolvía. Su furia era porque no me quería casar con él. Insistió tanto que llegamos a fijar fecha y a imprimir las invitaciones. Pero cuando llegó el primer regalo, ¡Zas! Tuve una especie de pánico y me borré. Se murió en un accidente, pero eso fue después, cuando ya no tenía nada que ver conmigo”.
Luego llegó una relación breve con un estanciero que la doblaba en edad (por ese entonces Moria tenía 18): “Lo tenía un poquito como mi papá, mi amigo, mi novio. Y cuando encargó las tarjetas, me borré. Algo parecido pasó con el tercero, un abogado. Tenía mi misma edad: 20. Era celosísimo. Su forma de ser era tan asfixiante, que me encantó plantarlo a último momento”.
Mientras tanto, ella seguía rompiendo sus propios límites culturales: “Un día, mientras estudiaba, tuve la necesidad de salir a la calle para levantarme a un tipo por plata. No podría decir por qué lo hice, pero estaba muy segura de seguir mis impulsos y llevarlos hasta el final. Entonces me bañé, me vestí, me maquillé, me perfumé y, sin pensarlo demasiado, salí a caminar derechito para el centro. Seduje a un señor que no me gustaba, me acosté con él por plata, me pagó, y la experiencia completa me encantó. Me excitaba mucho saber que podía usar mis atributos para obtener dinero y, además, cada vez que lo hacía lo pasaba muy bien sexualmente. Supongo que me atraía especialmente meterme en esa vida sórdida de los tipos que iba conociendo y que, increíblemente, generalmente no me gustaban. La conexión con los episodios de abuso de mi abuelo es bastante obvia. Neutralizada la cuestión moral del asunto -continúa-, al fin de cuentas todo se reducía a sexo como agente de equilibrio entre el asco y el placer”.
Con 21 años, Casán conoció a quien sería su primer marido, Juan Carlos Bojanich: “Me hizo onda iceberg. Era un tipo que no me daba mucha bola, muy rebelde con todo lo que tuviera que ver con los formalismos de una pareja. A mí con los tipos rebeldes me agarra una cosa de mamita, de maternalizar la relación. Tanto que al final no sé si soy la mamá, la hermana o una mina”.
Aunque en la serie esta etapa apenas se menciona, los más memoriosos recordarán que la relación no solo no terminó bien, sino que con los años hubo un ida y vuelta de facturas ampliamente mediatizadas. Así hablaba el ex de la estrella en la revista Pronto en el 2000: “Nos conocimos en el año ’69: yo tenía 22 años y ella 23. Nos vimos en una pileta, nos intercambiamos los teléfonos, me llamó y salimos. Luego nos pusimos de novios, y un año después, en el ’70, nos casamos. Ella recién empezaba, era una bailarina del teatro de revista. Yo le arreglé su primer contrato, con Gerardo Sofovich, entonces hizo de primera figura. Nos separamos porque me enamoré de la que ahora es mi actual mujer, Analía. Seguimos un tiempo juntos, hasta que en un momento alguien le fue con el cuento, ella me siguió un día en que iba a encontrarme con Analía y descubrió que lo que le decía era verdad. Ahí se terminó todo; le dije que me iba a vivir a Paraguay y me fui con Analía para allá. Moria me estuvo buscando durante mucho tiempo por todos lados. Ya con bronca, me mandaba a seguir, no podía entender que la hubiera dejado. Tenía ya por aquella época esa personalidad avasallante. Ella dice que nunca se colgó de ninguna bragueta y a mí me persiguió por todos lados. Siempre digo que ella es una leyenda y yo un mito: soy el que dejó a Moria Casán por otra mujer”.
Pero la diva cuenta otra versión: “Me casé con él a los tres meses de haberlo conocido, y tres meses después ya me había separado. Una experiencia fallida, sí, porque más allá de lo intempestivo de la situación, con Juan Carlos volvieron los maltratos, los golpes, la locura y los celos -se dijo que el protagonista de la escena que se ve en la serie, donde hay golpes y gritos, en realidad correspondería a Juan Carlos-. La boda fue el mismo día del cumpleaños de mi padre, por la mañana, en la catedral de Morón. Recibí el anillo vestida de negro, y a la tarde fui al festejo de papá, que detestaba a Juan Carlos: ‘Qué lindo regalito que me hiciste’, me dijo”.
De acuerdo a la historia oficial, en la última etapa, habría sido Moria la que engañó a su primer marido con Carlos Sextón quien, junto a Mario Castiglione, sería uno de los grandes amores de su vida.
Cumbiera intelectualMucho se habla de Sextón en Moria y así debe ser, ya que el empresario estuvo junto a ella en momentos clave de su vida. Pero también se omiten algunos detalles, como el hecho de que le consiguió una gira por Europa a mediados de los años 70, para alejarla de un conocido director técnico, con el que ella estaba teniendo un affaire.
Moria Casán se afirmaba en Argentina cuando dejó todo para probar suerte en Francia: “Carlos Sexton era millonario, y su actividad principal era comprar y vender jugadores, pero también se dedicaba a llevar y traer espectáculos de París. Su primera propuesta profesional fue convertirme en la primera vedette de un espectáculo que se haría en el primer piso de la Torre Eiffel. En el cartel estaban el ballet Mar del Plata, Susan Ferrer y Los Diablos de la Danza. Si bien en aquel momento no lo viví como un destierro, lo cierto es que Sexton me sacó de Buenos Aires en mi mejor momento. No acostumbro a analizar el pasado, pero si me viera obligada a pensar en aquel exilio artístico, creo que aún hoy me costaría entender si la decisión de partir fue buena o se trató de un error. Porque lo cierto es que, en esa época, Buenos Aires era mío”.
Entre funciones, exposiciones y cine arte, luego de un año y medio fuera del país, Moria Casán volvió a la Argentina en plena dictadura, a mediados de 1976, para sumarse como primera figura de La revista de Esmeralda y brillantes, con Tato Bores y Carlos Perciavalle. Buenos Aires seguía siendo de ella.
En 1982, Mario Castiglione, integrante del grupo cómico I Medici Concert (los Midachi de entonces), coincidió en una temporada con Moria. La miró, le habló, la conquistó, y se convirtió en socio creativo en tiempos de Rita Turdero. Estaba dispuesto a dejar a su esposa y a sus hijos por ella. Pepe Parada, muy amigo de Sextón, se enteró e intentó boicotear el romance, pero no pudo: “Nunca me enamoré de él -dijo luego, en el peor momento de la ruptura-. Me atrajo porque se fijó en Ana María, no en Moria, pero después me cagó la vida. Me quitó las ganas de vivir. Por él estuve a punto de dejar mi carrera, que después de mi hija es lo mejor que tengo. Me arrepiento de haberme casado con él, te lo aseguro. No entiendo qué me pasó. Mejor dicho, lo sé, necesitaba castigarme, entonces estuve 8 años al lado de él. Así me fue. Lo único positivo que rescato de esa relación es mi hija Sofía Gala. Después todo, absolutamente todo, fue un horror. No me usó, no le dio la cabeza para eso. Hizo algo peor, me quitó el sexo. Sí, no me mires así, con él vivía sexuada. Éramos como hermanos. Un desastre. Creo que estuve con él para tener un hijo. Lo que no entiendo a la distancia es por qué tardé tanto en quedar embarazada”.
Aunque en la serie, el deseo de ser madre aparece como una consecuencia lógica de perpetuidad de esa fortaleza familiar y femenina, en la vida real, la decisión llevó muchos años. Aunque había quedado dos veces embarazada de Rubén, con los consecuentes abortos, en la madurez Moria comenzó a pensar seriamente en la posibilidad de ser mamá. Cuatro años antes del nacimiento de Sofía Gala Castiglione, la capocómica ya hablaba del deseo de ser madre: “Lo decidí yo pero fue una decisión muy charlada y muy consensuada”.
La llegada de su única hija, el 24 de enero de 1987 (por cesárea, recomendación de Zulma Faiad), cambió por completo la percepción que tenía Moria de su realidad: “Toda la tranquilidad que tuve durante los nueve meses se fue al diablo cuando vi el quirófano, me aflojé mucho y lloré mucho. Después que nació Sofía, pedí quedarme sola en la habitación, y lloré dos horas seguidas. Porque mientras tenía la panza, fue la única vez que la gente me decía: ‘Cuidado con la escalera’, me daban la mano. Si no, a mí nadie me ayuda. Se creen que soy la Mujer Maravilla, y cuando tenía la panza, todos me cuidaban”.
La relación de madre e hija es el eje más importante de la serie de Netflix, quizás el único, y tuvo un correlato similar en la vida real. Mientras tanto, la relación con Mario Castiglione no dio para más y terminó de la peor manera, aun cuando con el tiempo se sanaron las heridas.
Comenzaba la década del 90, y a Moria Casán solo le faltaba un escalón en el cincelado de su propio mito: conquistar el teatro serio.
La escoba y la alfombraNo hay dudas de que el estreno de Brujas -junto a Thelma Biral, Graciela Dufau, Nora Cárpena y Susana Campos-, en enero de 1991, fue un momento bisagra de su carrera.
Tantos años de éxito (terminó el año pasado luego de 34 años) tuvieron su contrapartida en algunos escándalos, que la serie decidió barrer debajo de la alfombra. Así lo contaba Casán en 1998: “Se pudrió todo. Los problemas empezaron cuando a mediados del 96 se fue Thelma Biral del elenco -reemplazada por Fernanda Mistral-, y las otras actrices rotaron los personajes. El día que debutamos con los cambios, Susana Campos no sabía la letra. Entonces no nos daba el pie y las demás no podíamos meter los bocadillos. Esa noche volví a mi casa toda contracturada pensando en dejar la obra. Todos los conflictos se planteaban sobre el escenario. Nunca nos dijimos nada en la cara. Sin embargo, pasaban demasiadas cosas desagradables, como dejar a una compañera colgada con el texto o cruzarse ahí mismo miradas y gestos tremendos. Y nadie de afuera se metía. ‘Que las locas se arreglen’, decían. Y las locas nos arreglamos. Aguantamos, priorizamos el éxito que sabíamos era muy valioso. Pero bueno, se terminó -la obra cerró su primera etapa en 1997 y volvió en el 2000-. Ahora, la verdad, no me queda ningún tipo de recuerdo. Siempre preservo el éxito de la obra. Pude haber dicho cosas, una vez que Brujas bajó de cartel. Lo que pasa es que sentía muchas miradas de desaprobación, y hasta hubo oportunidades en que algunas de mis compañeras no me daban el pie en el escenario. Quizás a algunas les molestó que el público hablara tanto de mí. Sin embargo, tengo muy buena relación con dos de ellas: Graciela Dufau y Nora Cárpena. Con el resto, ni fu ni fa”.
La lista de ausencias en la producción de Netflix sigue. No hay prácticamente mención a emprendimientos como Playa Franka (y sus consiguientes escándalos) o Gaysoline. También se ha dejado en un cono de sombra a hombres de su entorno más cercano como Xaver Ferrer Vázquez, Gustavo Massud o Luciano Garbellano; incluso, desde el costado más banal, las charlas de la estrella con Jorge Porcel, cuando este menospreciaba a Alberto Olmedo e insistía en separarse de él.
El universo Moria es infinito. Figura central del mundo del espectáculo argentino en los últimos 60 años, la Casán fue ama y señora de su biografía. Ella eligió perpetuar el mito, incluso por sobre aquellos detalles ausentes como este, que la hacen aún más humana: “¿Mi momento más feliz? La primera vez que vine a Mar del Plata y conocí el mar. Tendría cinco añitos, y me metí en el mar con mi viejo, que medía como un metro noventa y cinco, y me abrazó, y una ola nos cubrió. Nunca más me olvidé, y cada vez que lo cuento lloro, porque es como que lo vivo todavía. Es como que me sentí dueña del mar, me dio una cosa de protección tan fuerte. Maravillosa. Todavía es un bálsamo, divino. Lo otro que me acuerdo es el olor del tuco que hacía mi abuela. El olor a albahaca con laurel, tomillo, tomate. Yo me levantaba para ir a misa de 11, y cuando bajaba, metía el pan en la olla. Esos son los dos recuerdos felices que tengo de mi infancia. Uno de tacto y otro de aroma”.