“No quería hacer un vino de celebrity”
Copa de Malbec en una mano y en la otra el ronroco (instrumento andino pariente del charango con el que ha recorrido el mundo), Gustavo Santaolalla habla sobre cómo se vinculan en su vida el vino,...
Copa de Malbec en una mano y en la otra el ronroco (instrumento andino pariente del charango con el que ha recorrido el mundo), Gustavo Santaolalla habla sobre cómo se vinculan en su vida el vino, la comida y la música ante su pequeño auditorio en el restaurante El Mercado del Faena Buenos Aires Hotel. Luego, deja la copa sobre una pequeña tarima y hace sonar su ronroco para regalar a los presentes un par de sus clásicos y una canción nueva.
Días antes de presentarse en el Teatro Colón como culminación de su Ronroco Tour, gira que lo llevó por Europa, Asia y Latinoamérica, el músico ganador de dos premios Oscar ofreció una cena íntima maridada con los vinos de Cielo y Tierra, su propia bodega. Lejos del fenómeno de los “celebrity wines”, Santaolalla lleva haciendo vino en Mendoza hace más de 25 años, proyecto que encara con el mismo enfoque con el que hace música: en busca de lograr un hecho artístico. También, cuenta durante este entrevista, jugando... “pero en serio”, aclara.
–Gustavo, ¿qué te llevó a meterte en el mundo del vino?
–Yo tengo un apetito voraz por la vida. Tengo una gran curiosidad desde chico por todo. ¡Como que no me quiero perder nada! Ahora, por ejemplo, acabo de cumplir otro de mis sueños, que era hacer un perfume. Porque uno de mis tantos intereses tiene que ver con el olfato, que es el único sentido que cuando nos vamos a dormir no se cierra. Todos los otros sentidos se cierran pero el olfato queda abierto por si viene un animal, un incendio o algo. Quería hacer un perfume y logré hacerlo. Pero el interés por el vino está muy relacionado con el interés por la comida que siempre tuve. Mi madre era una gran cocinera, mi mujer es una gran cocinera y a mí también me encanta cocinar. Y de la misma manera en que hago música aunque no sé ni leer ni escribir música, con el vino hice un camino parecido. Fue una cosa de ir aprendiendo a través de distintas experiencias.
–¿Cómo fue ese aprendizaje?
–Experimentando, probando. Yo no pretendo ser el mayor experto de nada y mi acercamiento al vino es como el que tengo con cualquier instrumento que no sé tocar. Como artista, pienso que si me das cualquier cosa tengo que ser capaz de producir con ella un hecho artístico. Si me das un instrumento que no conozco, tengo que sacarle algún sonido. De última, lo que puede pasar es que lo rompa. Pero me pone en una situación de peligro, que es algo que ya de por sí está bueno. Y además me obliga a ser minimalista. Me permite utilizar algo que es una parte importantísima de mi vocabulario, que es el silencio. No un silencio que implica el vacío, sino un silencio elocuente, un silencio que dice muchas cosas. Por otro lado, hacer vino también me permite jugar, y para mí jugar es algo muy importante en la vida. Y lo del vino fue jugar, pero en serio, porque para mi jugar es algo serio.
–¿Cómo surgió la oportunidad de hacerlo?
–Yo estaba en Mendoza produciendo a Orozco Barrientos, entonces dijimos “¿por qué no?“. Y nos metimos en el tema de hacer vino siempre con la búsqueda de la excelencia y siempre con la inocencia, siempre jugando. Lo que tenía en claro es que no quería hacer un vino de celebrity. Todo lo contrario, lo mejor que me puede pasar es que un día alguien diga ”che, ¡qué bueno que es este vino! ¿Quién lo hace?" Y eso me pasó en un par de oportunidades muy lindas. Una fue con Gael García Bernal, que me escribe y me dice “Estoy acá comiendo con Jorge Drexler en un restaurante en Buenos Aires y estoy tomando un vino increíble... Y miro la etiqueta de atrás, pinche Gustavo, ¡y es tu vino!“, me dice. ”Perfecto”, me dije, se cumplió lo que yo quería que pasara.
–¿Sentís que hacer vino es un hecho artístico?
–Bueno, para mí sí. Inclusive el manejo de la viña tiene algo sumamente creativo, ¿viste? Hay que tomar decisiones que son pragmáticas pero también artísticas de alguna manera, y que tienen que ver con qué tipo de vino querés hacer. Cuánto vas a podar, cuando plantás cómo pones la hilera con respecto al sol, cuándo cosechar... En fin, montones de cosas, ¡es fascinante! Porque cada decisión puede modificar lo que vas a encontrar cuando después abras esa botella de vino. El vino, ¿no? Tengo además una gran conexión con Juan Carlos Chavero . Él además es músico y entendió que yo quería hacer vinos que tuviera una gran identidad, que no se dejaran llevar por las cosas que están de moda. Es lo mismo que pasa en la música: yo no pertenezco a ninguna clique. De hecho, dentro de lo que es el mundo de Hollywood yo soy un outsider. Y ser un outsider, tanto en la música como en el vino, te da cierta libertad. Nunca me gustó ser parte de la manada. Es cierto que hay manadas más sofisticadas, pero son manadas también.
–Cuando finalmente los vinos salieron a la calle, ¿sentiste que habías logrado lo que buscabas?
–Sí, tardamos como cinco años, con alguna crisis en el medio, pero al final salieron tres vinos. Y lo lindo es que al poco tiempo los tres sacaron medalla de oro en un concurso.
–Contame acerca de tu experiencia de hacer un perfume.
–Fue maravillosa, porque siempre tuve ese interés. Cuando parábamos en el Palacio Duhau, pasábamos por el local de Fuegia 1833, que está enfrente. Y era algo que tenía muy presente porque a mí me llamaban mucho la atención sus perfumes, que vienen envueltos en un mapa antiguo de la Argentina y que como ingredientes usan resinas de la Patagonia y hierbas del litoral, cosas que reafirman nuestra identidad, que es algo que me encanta. Un día le digo a Sergio : “¿Por qué no averiguás de quiénes son?”. Ahí me enteró que eran de Julián Bedel, hijo de Jacques Bedel, que fue un arquitecto y artista plástico muy amigo de Clorindo Testa. Y resultó que además Julián es coleccionista de guitarras como yo, y también es luthier: hace guitaras. Entonces pegamos muy buena onda. Nos fuimos a Milán, que es donde está la central de Fueguia, a trabajar juntos en un perfume. Ahí nos metimos en una cámara de vació con el roncoco a trabajar con las esencias.
Porque la idea era que tenga la esencia del ronroco. Si hubiera sido un perfume de Bajofondo lo hubiéramos trabajado con feromonas y hubiéramos hecho una cosa más sexy Pero para este perfume trabajamos con el incienso. Y hay algo que es increíble, porque hay miles de árboles con resina en el mundo, por eso hay tantos inciensos, pero uno es del que se obtiene la resina que nosotros los hombres hemos elegido a través de miles de años en Asia, en África, en Europa, en América. Esa resina es la que elegimos quemar para conectarnos con lo divino. En América ese árbol tiene un hermano que es el Copal, y es uno de los setenta y cinco ingredientes de mi Fuegia 1833 Roncoco, que salió este año.
–Además de música en distintos géneros y formatos, hacés vino, hiciste un perfume, ¿qué cosa que no hayas hecho te gustaría hacer?
–¡Muchas cosas! Te puedo decir cosas que estoy por hacer. Ahora estoy trabajando en un musical basado en El laberinto del fauno, que escribí con Paul Williams, y que si todo sale bien lo estaremos montando en Londres el año que viene. Por otro lado, tengo ganas de escribir una ópera; no una ópera rock, una ópera. Tantas cosas quiero hacer: dirigir, actuar, pintar, dibujar, ¡muchas cosas!
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sabado/no-queria-hacer-un-vino-de-celebrity-nid21092026/