Por qué las personas aman el olor a libro nuevo y cómo se llama ese fenómeno
Existe un fenómeno tan particular como extendido que define el placer casi instintivo de oler un libro, ya sea recién impreso o con décadas de antigüedad. Aunque para el observador ajeno pueda ...
Existe un fenómeno tan particular como extendido que define el placer casi instintivo de oler un libro, ya sea recién impreso o con décadas de antigüedad. Aunque para el observador ajeno pueda parecer una conducta inusual, lo cierto es que esta práctica posee incluso una denominación propia en ciertos círculos literarios: bibliosmia. El término, acuñado por el profesor inglés Oliver Tearle en un artículo publicado en 2014 en su blog Interesting Literature, combina las raíces griegas biblio (libro) y osmé (olor) para referirse a la sensación placentera que el aroma de las páginas genera en los lectores, una respuesta emocional que, según coinciden expertos en neurociencia y psicología, está estrechamente vinculada a la memoria.
El sentido del olfato mantiene una conexión directa con las áreas del cerebro responsables de procesar las emociones y los recuerdos, lo que explica por qué abrir un libro puede evocar instantáneamente escenas de la infancia, la escuela o momentos de paz, por lo que no se trata de un simple capricho, sino de una respuesta biológica. Según explica el portal Kitzalet, esta experiencia se distingue de forma marcada de la lectura digital, que carece de tales estímulos sensoriales. De hecho, el reconocido autor Ray Bradbury llegó a cuestionar el futuro del libro electrónico al argumentar que, a diferencia de los impresos, los dispositivos digitales huelen a “combustible quemado”.
Desde una perspectiva técnica, el aroma de los libros es el resultado de una compleja interacción química. En el caso de los ejemplares nuevos, el perfume proviene de la liberación de compuestos orgánicos volátiles presentes en la tinta de impresión, el papel recién procesado, los barnices de la tapa y los adhesivos del lomo, como el etileno acetato de vinilo. Estas partículas, al ser liberadas al aire, crean una esencia fresca y sintética que muchos asocian con el inicio de una nueva historia o la pulcritud de una librería recién abierta.
Por otro lado, los libros antiguos ofrecen una experiencia olfativa distinta, definida por la degradación gradual de sus componentes físicos. Tal como señala el medio especializado Planeta de Libros, investigadores del Instituto para el Patrimonio Sostenible del University College London analizaron cómo la lignina, un polímero orgánico presente en la biomasa vegetal del papel, se oxida con el paso del tiempo. Este proceso libera sustancias que desprenden notas aromáticas comparables a la vainilla, las almendras, la madera e incluso toques florales o ácidos. Compuestos específicos como el tolueno, el benzaldehído y el furfural son los responsables de este carácter dulce que muchos bibliófilos encuentran fascinante.
Término popular, ¿pero oficial?Si bien el término bibliosmia ganó popularidad en blogs y artículos especializados, no existe un consenso oficial sobre su estatus lingüístico. Diversos usuarios en plataformas como Reddit debaten sobre su validez, donde señalan que el vocablo no figura en diccionarios académicos como el de la Real Academia Española ni en el Oxford English Dictionary. Críticos del término argumentan que, al utilizar el sufijo “osmia”, que en medicina suele asociarse a patologías del olfato, la palabra podría resultar técnicamente inexacta. Sin embargo, para los lectores, el debate terminológico es secundario frente a la satisfacción que produce el hábito.
La relevancia de este aroma trascendió las páginas de papel, lo que dio lugar a una industria paralela. Debido a que el olor de los libros es fundamental para el ritual de lectura, surgieron artesanos dedicados a recrear esta experiencia mediante velas, perfumes y aerosoles con esencia de “libro viejo”. Esta tendencia responde a la necesidad de los lectores de recuperar una dimensión sensorial que, en la era de los ereaders, se volvió escasa pero altamente valorada.
Así, el acto de oler un libro se consolida como una obsesión secreta, una práctica compartida por bibliotecarios, editores y lectores, que transforma un objeto de celulosa y tinta en un poderoso vehículo de evocación y bienestar emocional, al integrar todos los sentidos en el proceso de descubrir nuevos mundos literarios.