¿Quién nos representará en un mundo que ya cambió?
El problema de la actual sociedad tecnológica no es que los ciudadanos hayan dejado de querer ser representados, sino que las instituciones creadas para ello pertenecen a una estructura económica...
El problema de la actual sociedad tecnológica no es que los ciudadanos hayan dejado de querer ser representados, sino que las instituciones creadas para ello pertenecen a una estructura económica y social que está desapareciendo. Vivimos una transición hacia una representación por causas antes que por ideologías.
Durante la sociedad industrial, el trabajador tenía una identidad relativamente definida. Un obrero, por caso, podía representarse a través del sindicato y políticamente del partido de clase.
En la sociedad tecnológica las identidades son mucho más fragmentadas: causas por el ambiente, género, territorio, edad, derechos civiles, consumidores, usuarios digitales, entre muchas otras. Podrían crecer así organizaciones por causas concretas. La dificultad es que estas identidades son mucho menos estables: una misma persona puede participar simultáneamente de varias causas y cambiar de prioridades con rapidez.
Internet permite algo que no existía durante las revoluciones industriales: la comunicación directa entre ciudadanos y dirigentes. Consultas permanentes, iniciativas ciudadanas, referéndums digitales, presupuestos participativos, plataformas de propuestas y votaciones sobre temas específicos pueden ampliar las formas de participación. La tecnología podría transformar progresivamente la democracia representativa en una democracia más participativa y directa.
Surge entonces una contradicción decisiva: la representación democrática necesita deliberación, negociación y tiempo. Las redes sociales, en cambio, favorecen la velocidad, la simplificación y la reacción emocional.
¿Qué ocurriría, por ejemplo, si se presentara una consulta popular de modo inmediatamente posterior a un homicidio con una enorme conmoción pública? La velocidad de la reacción social puede ser incompatible con la deliberación que exige una decisión democrática responsable.
El surgimiento del ciudadano-plataformaDurante la sociedad industrial, el ciudadano se organizaba alrededor de instituciones: sindicato, partido, iglesia, asociación, club o cooperativa. En la sociedad digital puede comenzar a organizarse alrededor de plataformas. Una misma persona puede ser simultáneamente usuario, productor de contenidos, activista, donante o simplemente participante de una comunidad digital.
La plataforma puede convertirse así en una nueva forma de intermediación política. Podrían desaparecer intermediarios tradicionales y, al mismo tiempo, surgir nuevos intermediarios tecnológicos, muchas veces privados y gobernados por algoritmos.
Del partido al movimiento episódicoLos partidos tradicionales necesitan estructuras relativamente lentas: afiliación, dirigentes, congresos, militancia y elecciones. Las redes permiten, en cambio, construir movimientos en cuestión de días.
Podríamos pasar de una secuencia conocida -partido, programa, afiliación, militancia y elección- a otra muy diferente: problema, indignación, viralización, movilización y presión política.
La representación podría dejar de ser necesariamente permanente para convertirse en intermitente. Un ciudadano que no necesariamente milite durante años puede movilizarse cuando una cuestión le importa y regresar luego a su vida cotidiana.
La representación algorítmicaHay una transformación todavía más profunda en marcha. Si los ciudadanos utilizan cada vez más sistemas de inteligencia artificial para informarse, comparar propuestas, formular opiniones e incluso participar políticamente, la IA podría convertirse en una nueva intermediaria entre el ciudadano y la política.
Imaginemos que, ante una elección, un sistema analiza el perfil y las propuestas de los candidatos de acuerdo con las preferencias de cada usuario y le indica cuáles coinciden en mayor medida con sus intereses. Eso podría reducir todavía más el papel de los intermediarios políticos tradicionales.
Inmediatamente aparece una pregunta fundamental: ¿quién controla el algoritmo que ayuda a formar nuestras preferencias políticas?
La recuperación de lo territorialExiste una paradoja interesante: cuanto más global, virtual y deslocalizada sea la economía, mayor podría ser la importancia de lo local.
Municipios, ciudades y comunidades pueden convertirse en espacios privilegiados de participación porque allí los ciudadanos siguen identificando problemas concretos que afectan su vida cotidiana: seguridad, salud, transporte, espacio público.
Podría ocurrir entonces que la política nacional pierda capacidad de representación mientras la política local recupere legitimidad.
De mantenerse el actual sistema electoral, esta tendencia podría incluso favorecer un mayor corte de boletas y una mayor cantidad de elecciones desdobladas.
¿Quién representará a los perdedores de la revolución tecnológica? Toda revolución económica genera ganadores y perdedores. La primera Revolución Industrial produjo una nueva representación política del trabajador fabril. La pregunta actual es quién representará políticamente a quienes pierdan ingresos, empleo o estatus como consecuencia de la automatización y la inteligencia artificial.
Podrían aparecer movimientos alrededor del ingreso básico universal, la reducción de la jornada laboral, los impuestos a la automatización, la protección frente a la inteligencia artificial, la reconversión laboral o la distribución de los beneficios de la productividad tecnológica.
Podría estar naciendo, de este modo, una nueva cuestión social, comparable en importancia histórica a la “cuestión obrera” del siglo XIX.
La política todavía no encontró su nueva forma. Quizá el error sea pensar que la crisis de los partidos y los sindicatos equivale a una menor necesidad de representación.
Las instituciones que construimos para representar a la sociedad fueron diseñadas para una estructura económica y social determinada. Cuando esa estructura cambia, también lo hacen las formas mediante las cuales los ciudadanos expresan sus intereses, demandas y frustraciones.
El desafío de la política no será entonces recuperar afiliados o reconstruir viejas organizaciones. Será encontrar formas de organización capaces de representar a ciudadanos que ya no tienen una única identidad colectiva, que participan de manera intermitente y que se relacionan con la política a través de plataformas, redes y algoritmos.
La sociedad industrial creó sus propias formas de representación. La sociedad tecnológica tendrá que crear las suyas. El tiempo dirá cuáles serán pero hay una certeza histórica: los cambios sociales suelen producirse mucho antes de que las dirigencias políticas adviertan que las instituciones que las representan han dejado de responder al mundo que tienen delante.
¿Estamos ante una sociedad menos representada o ante el nacimiento de una nueva forma de representación que todavía no sabemos cómo nombrar?
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/quien-nos-representara-en-un-mundo-que-ya-cambio-nid29082026/