Roberto Devorik, gran amigo de Lady Di, rememora el momento de la histórica foto que marcó la nueva vida de la princesa
“A Diana la tengo siempre muy presente. A veces, en cosas simples: un color, un perfume o una prenda. Vivo rodeado de fotos de ella en casa, aunque no tantas como el mundo imagina”, cuenta Robe...
“A Diana la tengo siempre muy presente. A veces, en cosas simples: un color, un perfume o una prenda. Vivo rodeado de fotos de ella en casa, aunque no tantas como el mundo imagina”, cuenta Roberto Devorik (77) en conversación con ¡HOLA! Argentina. Asesor de imagen, empresario y una de las personas de mayor confianza de la princesa Diana durante 15 años, fue testigo privilegiado de una de las historias más fascinantes de la realeza contemporánea.
La conoció antes de su casamiento con el entonces príncipe Carlos y mantuvo una amistad inquebrantable hasta el final de su vida, en 1997. Hijo de Emma Saint-Félix, dueña de la maison con su nombre, desarrolló una destacada carrera en la moda internacional, impulsando firmas como Versace, Gianfranco Ferré, Missoni y Christian Lacroix. Hoy reparte sus días entre Buenos Aires y Viena.
–Hay una foto que tiene categoría de “patrimonio histórico”: Diana saliendo de tu casa de Holland Park el 1 de mayo de 1996... ¿Podés repasar ese día con precisión?
–Fue un día muy especial porque ocurrió justo después de su separación del príncipe Carlos. La noche anterior habíamos comido juntos y, al día siguiente, ella me llamó desde el palacio para decirme que ya se sentía más libre. “Me acabo de separar, y esta es la primera etapa…”, me dijo. Recuerdo que le pregunté qué le había dicho la Reina y ella me contó que, aunque no se sentía cómoda con la situación, prefería eso antes de que empezaran a salir a la luz cosas desagradables. Entonces la invité a almorzar a mi casa de Holland Park. Llegó al mediodía y se quedó hasta las 16.30. La famosa fotografía fue tomada cuando se retiraba. Pasamos horas conversando y estoy seguro de que aquel día marcó el comienzo de una nueva etapa en su vida.
–¿Qué recordás especialmente de Diana de aquella época?
–Diana era una mujer muy frontal. Con ella no había lugar para las especulaciones ni para los juegos de poder. Tenía una enorme sensibilidad política, pero entendida en el mejor sentido de la palabra: la política del bien, de ayudar a los demás, de comprometerse con las causas que consideraba justas. Esa era su verdadera vocación. En aquel almuerzo hablamos sobre su futuro. Me pidió mi opinión sobre el camino que tenía por delante. Recuerdo que conversamos con total sinceridad y confianza. Evidentemente, se sintió cómoda con mis consejos porque, a partir de entonces, nuestra relación se hizo cada vez más cercana y seguimos siendo íntimos hasta el final de sus días.
–¿Ella estaba enamorada de ese futuro?
–Sí, le quedaban sueños por cumplir. Después de eso, vino conmigo a Buenos Aires. Diana era una mujer de día: disfrutaba más de los almuerzos y las tardes en el palacio que de las salidas nocturnas. Por las noches prefería leer mientras cenaba, aunque también le gustaban el teatro y el ballet, y muchas veces la acompañé. Nos veíamos con frecuencia: almorzábamos juntos cada mes y medio aproximadamente, y yo iba al palacio una vez por mes. Mantuvimos una relación muy cercana durante años. Siempre decía que yo era la persona que más la hacía reír, porque nos divertíamos muchísimo juntos. Creo que eso resume muy bien nuestro vínculo: además del afecto y la confianza, disfrutábamos enormemente de nuestra compañía.
–Eras una de las pocas personas que podían comunicarse con Diana a través de su famoso “teléfono rojo”, una línea reservada para su círculo de máxima confianza. ¿Qué significó perder a alguien con quien compartiste momentos tan importantes de tu vida?
–Todavía me cuesta creerlo. Hace poco volvieron a publicarse en Londres algunas fotos de Diana en casa. El año próximo se cumplen 30 años de su muerte. Su partida me dio vuelta la vida y recién entonces tomé verdadera dimensión de todo lo que me había aportado, especialmente su calidad humana. Con ella conocí realidades muy duras, como sus visitas a enfermos junto a la Madre Teresa, como también cenas de Estado y encuentros con figuras influyentes. Pero lo que más extraño no son esas experiencias extraordinarias, sino sus valores. Diana creía que cuanto más famoso o poderoso es alguien, más humilde debía ser. Esa forma de entender la vida es lo que hace que su legado siga siendo tan especial y vigente.
–¿Seguís manteniendo vínculo con miembros de la Corona británica?
–Sigo en contacto con el príncipe William y con otros miembros de la familia real, como familiares de la princesa Margarita y los príncipes de Kent. Con quien no tengo relación es con el rey Carlos III ni con Camilla. Viví muy de cerca lo que atravesó Diana y nunca oculté mi posición. Tras su muerte, Carlos organizó un almuerzo al que invitó a amigos cercanos de Diana, entre ellos Donatella Versace, Elton John, Richard Branson y yo. Algunos, como yo, decidimos no asistir. Siempre creí que uno debe ser fiel a sus principios. Yo voy a defender el legado de Diana y de la familia Spencer hasta el final. Fue una mujer extraordinaria que dejó una huella imborrable.
–Cuando observás a William y a Harry, ¿encontrás rasgos y actitudes de Diana en ellos?
–Los dos heredaron cosas de su madre, pero son muy distintos. William siempre tuvo una preparación especial por su destino como futuro rey. Harry, en cambio, fue desde chico mucho más sensible y emocional. Recuerdo una conversación que tuve con Diana durante un vuelo privado en Inglaterra. Estábamos hablando de sus hijos y ella me dijo algo que jamás olvidaré. Me comentó que por William no tenía grandes preocupaciones porque la institución se ocuparía de prepararlo y protegerlo para el papel que le tocaría desempeñar. En cambio, me confesó que le preocupaba mucho más Harry. “Lo que me inquieta es cómo le puede afectar mi muerte”, me dijo. Y eso ocurrió alrededor de cuatro años antes de que muriera. Me impresionó muchísimo. Diana tenía una intuición muy fuerte y hablaba con frecuencia de ciertos presentimientos que la acompañaban: siempre dijo que creía que la iban a matar en un helicóptero, un auto o un avión. Esa conversación quedó grabada para siempre en mi memoria porque, con el tiempo, muchas de aquellas preocupaciones terminaron adquiriendo otro significado.
–¿Sentís que el legado de Diana recibió el reconocimiento que merece?
–Creo que Diana sigue siendo una figura única de la monarquía británica y que su influencia permanece intacta. Siempre decía: “Después de muerta me van a temer más que de viva”, y, de algún modo, tuvo razón. Aunque existen homenajes como su estatua en Kensington Palace, siento que aún merece un reconocimiento mayor, acorde a lo que significó para el pueblo británico. Me gustaría verla recordada a través de una gran institución o una obra pública que lleve su nombre. Su verdadero legado es la humanidad, la empatía y el compromiso con los más vulnerables. Ella logró acercar la realeza a la gente como pocas personas lo hicieron.
–Hace años que dividís tu vida entre Argentina y Europa. ¿Dónde sentís que está tu casa?
–Tengo una relación de amor-odio con la Argentina. . Nací acá y la quiero profundamente porque me dio mi familia y mis afectos. Pero me fui a los 21 años y gran parte de mi formación transcurrió afuera. Viví en Inglaterra, Estados Unidos, Austria y Francia. Cada vez que vuelvo veo un potencial enorme, aunque también siento que hemos perdido algo de nuestra identidad y de ese respeto cotidiano por el otro. Aun así, sigo creyendo en la Argentina: tenemos gente extraordinaria y un país maravilloso que merece alcanzar todo lo que puede ser.
–La música clásica y la ópera ocupan hoy un lugar muy importante en tu vida. ¿Cómo nació esa pasión?
–La música clásica llegó más tarde a mi vida, pero con los años se convirtió en una verdadera pasión. Mi vínculo con el Teatro Colón empezó durante la gestión de María Victoria Alcaraz, cuando me desempeñé como asesor internacional ad honorem. Hoy colaboro con Elisa Wagner en proyectos destinados a acercar grandes voces al país y participo del ciclo independiente Aura, que fue muy bien recibido. También mantengo una estrecha relación con instituciones como el Royal Opera House y el Royal Ballet de Londres. He tenido la suerte de entablar amistad con artistas como Nadine Sierra y la mezzosoprano letona Elina Garanca. Creo que acercar grandes artistas al público también es una forma de contribuir a mi país: la cultura alimenta el alma.
–Volviendo a Diana, ¿la recordás seguido?
–Sí, muchísimo. Más que por los recuerdos materiales, la recuerdo por lo que me enseñó. Diana creía que, si la vida te da más oportunidades que a otros, también tenés la responsabilidad de devolver algo. Esa forma de ver la vida me marcó profundamente. Su muerte fue un golpe durísimo. Yo me enteré antes que gran parte del mundo y durante mucho tiempo sentí su presencia en cada rincón de Londres. Vivía muy cerca de Kensington y los recuerdos estaban por todas partes. Por eso, un año y medio después, decidí irme a vivir a Estados Unidos. Hoy la recuerdo con gratitud. Fue una persona fundamental en mi vida y sus enseñanzas me siguen acompañando todos los días.