Romina Lanaro, la modelo rosarina que a los 40 años desfiló para Chanel
Hay algo magnético en Romina Lanaro que va mucho más allá de su imponente metro ochenta y dos, o de esos rasgos luminosos que encandilaron a la moda mundial cuando apenas era una adolescente. A ...
Hay algo magnético en Romina Lanaro que va mucho más allá de su imponente metro ochenta y dos, o de esos rasgos luminosos que encandilaron a la moda mundial cuando apenas era una adolescente. A sus 40 años, la modelo rosarina conserva una calidez genuina, de esas que hacen que cualquier conversación se sienta natural. A los 19 años debutó de la mano de Prada en Milán, iniciando un viaje fabuloso que la llevó a ser mimada por firmas como Dior, Chanel o Gucci. Pero lejos de encandilarse con las luces de París o Nueva York, Romina eligió construir su vida sobre cimientos sencillos y de afecto: junto a su marido, el modelo y fotógrafo Federico Moyano, y su hijo Máximo, de 15, llevan una vida tranquila en Barcelona. En un momento en que la industria revaloriza la madurez y la experiencia, Romina abraza la etapa de pasarelas y portadas con una frescura renovada, demostrando que la autenticidad y el amor por lo que se hace son la clave para mantenerse vigente.
-¿Cuál fue el momento exacto en que sentiste que tu vida daba un giro absoluto?
-Definitivamente cuando viajé a Milán para hacer el casting de Prada. Llegué con lo puesto y me dicen: “Te tenés que quedar a hacer los looks de Prada y Miu Miu”. En ese momento no caí; me fui a París a buscar la ropa y volví a quedarme 15 días trabajando con ellos. Mi primer desfile fue un impacto total; inocentemente, yo no tenía idea de quién era Prada. Pero el día que pisé esa pasarela, mi vida cambió por completo.
-Trabajaste con marcas y diseñadores de primer nivel mundial; ¿cuál fue el desfile o campaña que te marcó más?
-Hay muchos que fueron muy especiales, pero elijo Prada simplemente porque fue el primero y definió el resto de mi carrera. También recuerdo con piel de gallina los desfiles que se montaban como verdaderos shows, como los de Marc Jacobs, John Galliano o Karl Lagerfeld.
-El mundo de la alta costura suele verse desde afuera como un espacio inalcanzable o rígido. ¿Qué anécdota de tus primeros años en París o Milán te sigue haciendo sonreír hoy al recordarla?
-Jamás sentí el mundo de la moda como inalcanzable o rígido. Puede ser porque siempre lo disfruté muchísimo; claramente tiene sus cosas, nada es perfecto, pero estoy segura de que cuando hacés lo que amás, sea lo que sea, va a ser maravilloso. Lo que siempre recuerdo es que al principio no hablaba una gota de inglés y no teníamos teléfonos inteligentes como ahora. Entonces era hablar con las agencias, con los clientes, moverte por las grandes ciudades del mundo y hacerte entender como sea. Hoy me pregunto: ¿cómo lo hacía?
-Tu belleza de rasgos nórdicos irrumpió en la escena argentina. ¿Sentiste que marcaste un quiebre en la moda local?
-Mi imagen en ese momento era bastante diferente a lo que predominaba en la moda en la Argentina. En los 2000 predominaban más las morochas y las curvas. No sé si diría que cambié un paradigma, pero sí formé parte de un cambio: demostré que podía haber lugar para otro tipo de belleza y que no había una única manera de representar a la mujer argentina en la moda. Al principio podía parecer diferente, pero con el tiempo se transformó en mi sello profesional.
-¿Qué sentís que te exigen hoy las marcas, en comparación con cuando tenías 20?
-Cuando comencé a los 19 la exigencia estaba puesta en la imagen y en demostrar que podía ser parte de este mundo, que estaba a la altura. Hoy, 23 años después, se busca la trayectoria, la experiencia y la actitud. Me paro frente a una cámara y nadie me tiene que decir nada. Los años no te quitan frescura, te dan herramientas para interpretar una idea y aportar desde tu propio conocimiento. Por eso estoy en un momento en el que disfruto mucho de mi carrera.
-¿Cómo vivís la profesión a los 40 años frente a las nuevas generaciones?
-Con mucha serenidad. La moda atraviesa cambios constantes y hoy lo que marca la escena es la diversidad de edades; ojalá haya llegado para quedarse. Me parece que de esta manera cualquier mujer se puede sentir identificada. En los desfiles de Chanel compartimos pasarela chicas súper jóvenes, mujeres de 40 y hasta de 60. Se siente totalmente natural, nos complementamos estupendamente como debe ser, porque es parte de la vida.
-¿Cuáles crees son los mayores desafíos de las modelos jóvenes?
-Son dos épocas distintas. Yo construí mi carrera a fuerza de castings, desfiles y producciones, fotos, sin un contacto constante con el público. Hoy, ellas tienen una herramienta enorme, que son las redes sociales: pueden comunicar y construir su imagen, tener voz, pero también les genera una presión más grande al tener que estar creando constantemente contenido y cuidando su imagen. Hoy, uno de los grandes desafíos es encontrar el equilibrio entre la exposición y la identidad propia.
-¿Qué buscan hoy las marcas cuando consagran a alguien?
-En Europa o Estados Unidos, los fotógrafos son quienes más influyen en poner de moda a una modelo, porque ellos piden con quién trabajar. Pero hoy los cánones son más diversos y difíciles de encasillar: se buscan etnias, edades y fisionomías distintas, pero lo que siempre se repite es la búsqueda de identidad, personalidad.
-¿Es real que la diversidad corporal y la inclusión llegaron para quedarse o sigue habiendo un discurso de fachada?
-Hay una apertura que antes no existía y conviven diferentes cuerpos, edades y perfiles. De todos modos, me parece que es recién el comienzo y que todavía falta un largo camino por recorrer.
-¿Cómo manejás el debate de la imagen y la alimentación en una industria históricamente exigente?
-La verdad es que siempre nos cuidamos porque vivimos de la imagen, pero dentro de lo normal y saludable. Si comés sano, vas a tener mejor la piel y más energía. La belleza de las pasarelas no es natural, en el sentido de que la mayoría de las mujeres no mide más de un metro 80 y pesa 60 kilos, pero las chicas que modelan son genéticamente así. Por eso me molesta una frase que leo constantemente: “cuerpos reales”. Mi cuerpo es real, siempre fui así. Hoy con más de 40 elijo comer sano y entrenar, no solo por mi trabajo, sino porque quiero sentirme bien.
-Estás casada con Federico Moyano, quien también proviene de las pasarelas internacionales y es fotógrafo de moda. ¿Cómo se vive en pareja cuando ambos conocen al detalle los códigos del rubro?
-La verdad es que es un placer que los dos nos dediquemos a la moda. Al estar en el mismo metier todo fluye más fácil; él entiende perfectamente las exigencias del trabajo, y además, me da consejos y me apoya. Es un pilar fundamental en mi vida.
-¿De qué manera la maternidad reorganizó tus prioridades?
-Cuando tenés un hijo tus prioridades pasan a ser suyas. Volver a la Argentina para su nacimiento fue una decisión difícil por la distancia con nuestro trabajo, pero queríamos que sus primeros años —los pilares de su formación— fueran cerca de la familia. Fue la mejor decisión: verlo crecer junto a sus abuelos y tíos son recuerdos que jamás se van a borrar. Con los años también entendimos que no solo somos padres, sino que continuamos siendo individuos con sueños y metas que no debemos dejar de lado; por eso decidimos volver a Europa a fines de 2019 a seguir apostando a la industria de la moda. La maternidad me enseñó a poner las cosas en perspectiva, a entender qué es lo verdaderamente importante y a no perderme a mí misma en el camino.
-¿Cómo ensamblás esa dinámica vertiginosa de viajes constantes con la vida familiar cotidiana?
-Empecé a viajar desde que Máximo era un bebé y estando en Argentina, la contención familiar fue clave para que él lo viviera de forma natural. Eso fue fundamental, porque para él siempre fue algo normal que me fuera dos o tres meses. Una vez que nos instalamos en Barcelona, fue muchísimo más práctico porque los viajes eran más cortos. Hoy, Max tiene 15 años y sus rutinas de estudio y deporte son más autónomas, asi que es más fácil compaginar el rol de mamá y modelo, aunque me encanta seguir acompañándolo de cerca en todo.
-Estudiaste gastronomía ¿de dónde surgió tu entusiasmo por la cocina, y en especial por la pastelería?
-De mis años en París, una de las ciudades gastronómicas más increíbles del mundo, donde nos hicimos amigos de un chef argentino que me enseñó a disfrutar del buen comer. Cuando nació Máximo tuve un tiempo más relajado con el trabajo, entonces me anoté a estudiar Gastronomía. La pastelería nació después: fuimos dando las materias por trimestre y cuando me tocó lo dulce, me deslumbró.
-¿Cómo es tu estilo en la cocina?
-Delicado, armónico y por supuesto, sabroso. Me gusta lo clásico: guisos, mermeladas hogareñas, y en lo dulce el lemon pie, la tarta de arándanos o el carrot cake. Busco que sea lindo, pero por sobre todo, rico. El plato es perfecto cuando ves que la gente repite o no deja nada en el plato, eso significa que el amor que le puse a esa creación llegó a la persona. Cuando salgo a comer afuera, siempre prefiero los bodegones tradicionales o restaurantes que mantengan esa esencia hogareña.
-¿Tenés pensado volcar esa vocación en un proyecto comercial?
-Siempre está en mis planes, pero por ahora la gastronomía es una afición de amateur. Con el tema de la diversidad en la industria, el trabajo de modelo se está moviendo mucho y quiero aprovecharlo al máximo. La moda es impredecible y si estás en un buen momento, no podés desaprovechar la oportunidad.
-¿Cómo proyectás el futuro?
-Quiero seguir disfrutando de esta etapa, donde estoy mucho más madura de carácter y disfruto más de todo que cuando tenía 15 años. Fuera de las pasarelas, mi gran deseo es viajar y recorrer el mundo. Cuando era más chica no tuve la capacidad de aprovechar la posibilidad de viajar por placer, y hoy es algo que quiero hacer plenamente junto a mi familia.