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¿Se acabó la cortesía?

Entrás a un local, decís “buen día” y nadie responde. En un restaurante, el mozo te deja el plato sin mirarte. En el ascensor, nadie saluda. En la calle, los auriculares reemplazaron el “p...

Entrás a un local, decís “buen día” y nadie responde. En un restaurante, el mozo te deja el plato sin mirarte. En el ascensor, nadie saluda. En la calle, los auriculares reemplazaron el “permiso” y el “gracias”. Escenas pequeñas, pero reveladoras. Algo está cambiando, o quizás ya cambió, en la forma en que nos tratamos.

Durante generaciones, los buenos modales fueron el código invisible que sostenía la convivencia: saludar, mirar a los ojos, agradecer, escuchar sin interrumpir, gestos mínimos que decían mucho. Hoy, en cambio, abundan los diagnósticos que convergen en una sensación compartida de que la cortesía está en retirada.

Según una encuesta, el 73% de los adultos en los Estados Unidos considera que el comportamiento de las personas es “menos cortés” que hace veinte años. En el Reino Unido, el 70% de los padres cree que enseñar modales debería ser una prioridad, aunque reconocen que cada vez cuesta más hacerlo. En América Latina, estudios pedagógicos señalan que el 93% de los niños aprende las normas básicas de cortesía en casa, pero que ese aprendizaje se debilita cuando los adultos tampoco las practican.

Hoy, muchos chicos y adolescentes crecen viendo adultos que responden sin mirar a los ojos, que no escuchan o que priorizan la pantalla por sobre la conversación. El resultado es una generación que no es maleducada sino desentrenada en lo social, por falta del ejercicio de la cortesía. Una forma sencilla de hacerle la vida más amable al otro.

A esto se suma otro fenómeno: la cultura de la individualidad. Vivimos en tiempos donde todo pasa por el “yo”: mi tiempo, mi límite, mi comodidad. Eso tiene aspectos positivos, pero también efectos secundarios: la pérdida del registro del otro. Aparece el “no tengo por qué saludar si no me parece”, o el “no respondo porque no tengo tiempo”. En muchos de estos intercambios cotidianos, la consideración del otro parece haberse vuelto optativa.

En el plano profesional, las consecuencias son evidentes. Las empresas valoran cada vez más inteligencia social, porque la diferencia entre un buen profesional y un líder está en cómo trata a los demás, en cómo se mueve esa persona en los espacios sociales. Ahora más que nunca cobra sentido el famoso dicho: “los buenos modales abren puertas que los títulos, por sí solos, no pueden”. En el plano personal, los modales son la trama que suaviza la convivencia: saludar, escuchar, observar, agradecer; son gestos que bajan la guardia del otro, que generan confianza, y humanizan lo cotidiano. Cuando eso se diluye, todo se vuelve más áspero: el trabajo, la calle, la vida pública. Un saludo bien dado en una entrevista de trabajo, un correo bien redactado, una presentación amable, mirar a los ojos al hablar o una respuesta respetuosa son señales de confiabilidad. Y sin embargo, lejos de ser la regla, se están volviendo excepción.

Incluso en la atención al cliente, uno de los termómetros sociales más claros, la cortesía se volvió rara. El reconocimiento como persona, no como número o ticket, es algo que hoy se siente en falta. Estudios recientes indican que, para los clientes, la experiencia de servicio ya no se define sólo por el precio o la calidad del producto, sino por cómo se sienten tratados: sin saludo, sin empatía, sin registro del otro, lo que hay es un trámite, no un servicio. En la práctica, esto se traduce en chatbots que responden sin filtrar, esperas infinitas, “mantenga la línea”, transferencias de operador a operador… y, al final, el cliente se siente invisible.

¿El problema de esto? Cuando el cliente se siente invisible, la lealtad se escapa. Las compañías que priorizan la eficiencia por sobre la atención humanizada están comenzando a descubrir el costo de estas decisiones: pérdida de reputación, menor fidelización e incluso una caída en ventas futuras.

Por eso, en este contexto de individualismo y de rapidez sin lugar a la pausa, la principal diferencia competitiva no será sólo quién tiene el mejor producto, sino quién logra recuperar la “presencia humana”, el nuevo lujo por el que tantas marcas están trabajando hoy para mejorar esa experiencia personal. En la Argentina, en el ámbito del comercio, del servicio, de las telecomunicaciones, esta “presencia” es lo que puede inclinar la balanza. No hace falta tecnología espectacular, sino un cambio de actitud: volver a ver al cliente como otro ser humano que espera ser reconocido, no como un trámite que necesita ser resuelto.

Es momento de comprender que las formalidades, los buenos modales no son exclusivos: son herramientas universales de respeto

No se trata de evocar al pasado. Antes, la “buena educación” muchas veces escondía jerarquías rígidas, desigualdad o formalismos vacíos. Nadie quiere volver a esa etiqueta reservada para ciertos sectores, que confundía respeto con perfeccionismo. Es momento de comprender que las formalidades, los buenos modales no son exclusivos: son herramientas universales de respeto. Es la simpleza de demostrar respeto hacia otros, sea quien sea; una empatía que, en tiempos de ruido y desacuerdos, vale más que nunca.

La cortesía, bajo cualquier formato, exige detenerse, registrar, considerar al otro, y en una cultura que idolatra la velocidad, puede ser visto casi como un acto de resistencia. En un mundo donde la indiferencia se volvió norma, la amabilidad se convierte en poder.

Por supuesto que los modales no se han extinguido del todo, solo están ocultos bajo la prisa y el ruido. Recuperarlos no es un gesto de nostalgia: es un acto de civilización. Porque, al final, en la vida, en el trabajo, en la política, en todo, se empieza por algo tan sencillo como decir buen día.

Especialista en Protocolo, Diplomacia Internacional e Imagen Pública

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/se-acabo-la-cortesia-nid20052026/

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