Se terminó la licuación: por qué pagar en cuotas hoy te sale más caro que antes
Llegás a la caja del supermercado con el changuito lleno, la cajera pasa el último producto y te dice el total. Sacás la tarjeta y ahí viene la pregunta de siempre, con la naturalidad de un sal...
Llegás a la caja del supermercado con el changuito lleno, la cajera pasa el último producto y te dice el total. Sacás la tarjeta y ahí viene la pregunta de siempre, con la naturalidad de un saludo: “¿en cuántas cuotas?”. Y te sale la respuesta que durante años funcionó como reflejo, sin pasar por la cabeza: “en la mayor cantidad que se pueda”.
A los que llevaron ese reflejo hasta el final los conocemos bien, son los cueteros: financian todo con la tarjeta, miran el pago mínimo del resumen y, si les preguntan cuánto ganan, suman el sueldo y el límite disponible del plástico. Ese razonamiento tuvo mucho tiempo un argumento difícil de discutir. Mientras los precios subían a dos dígitos por mes, el deudor pagaba con una plata que valía cada vez menos y la deuda se le achicaba sola. Pero la inflación viene bajando de manera sostenida, ese motor silencioso se apagó y lo único que quedó en pie es el hábito, que sigue funcionando en piloto automático. Como saben nuestros lectores, desde esta columna nunca defendimos las cuotas, ni siquiera en los años en que la licuación jugaba a favor del deudor, y la razón es simple: aun entonces, financiarse con tarjeta tenía un costo que el resumen no muestra. La licuación lo compensaba y lo volvía invisible, pero estaba ahí, restándole plata a tu bolsillo mes a mes. Vamos a desarmar juntos por qué esa cuenta cambió, qué le pasa hoy a quien sigue haciéndola como antes, y con qué vara conviene medir la decisión antes de contestar esa pregunta en la caja. ¡Manos a la obra!
El mito de la cuota doceCualquiera que compró en cuotas hizo esta cuenta alguna vez, aunque no la haya hecho en voz alta: las primeras cuotas van a pesar, pero las últimas casi ni se sienten. Y era verdad: con la inflación corriendo a dos dígitos mensuales, la cuota número doce llegaba convertida en una fracción de lo que era la primera. Uno pagaba doce veces el mismo número nominal, pero doce valores reales cada vez más chicos. La cuota final era prácticamente un regalo. Pero ahora, en función de la inflación medida en el primer semestre y de la proyectada para el segundo, ese regalo se terminó y lo que viene es distinto y mucho más peligroso para los cueteros.
Cuando la inflación se desacelera, la cuota fija deja de derretirse. Sigue pesando el mes seis igual que el mes doce. El problema no aparece en la cuota de este mes, sino cuando se acumulan tres o cuatro compras hechas con la misma lógica y todas quedan pesando completas al mismo tiempo, sobre un ingreso que tampoco está creciendo. Para colmo de males, hay una segunda pieza que agrava el cuadro. Las tasas que cobran los bancos y las apps por financiar el saldo de una tarjeta no bajaron al mismo ritmo que la inflación, ya que se mantuvieron altas mientras el índice cedía, y esa combinación tiene un resultado que conviene incorporar: la tasa real subió. Es decir que financiarse hoy cuesta, en términos de poder adquisitivo, bastante más de lo que costaba hace dos años, aunque el número nominal de la tasa se parezca o incluso haya bajado un poco. Los datos de morosidad muestran que esto ya está pasando. La irregularidad del crédito a las familias trepó al 12,3% en mayo, el nivel más alto desde la crisis de 2001, y el grueso de ese deterioro se concentra en préstamos personales y tarjetas de crédito. La gente no se endeudó de golpe: se trata de deuda vieja que dejó de poder pagarse porque cambió el régimen y las cuentas hechas bajo las reglas anteriores dejaron de cerrar.
Cómo cambiar el chip frente a una inflación descendenteLo que hay que revisar es la vara con la que se evalúa la decisión. Durante años el criterio implícito fue “¿entra la cuota en mi sueldo de este mes?”, y funcionaba porque el tiempo trabajaba a favor del deudor: cada mes que pasaba, la obligación que uno había firmado valía un poco menos en términos reales, y eso perdonaba errores de cálculo que hoy ya no se perdonan.
La pregunta que corresponde hacerse ahora es otra: ¿voy a poder pagar esta cuota, valiendo lo mismo que vale hoy, dentro de doce meses, y sumada a todas las demás cuotas que ya tengo corriendo? Con esa vara, muchas compras que antes pasaban el filtro sin problema dejan de pasarlo. Hay un ejercicio simple que recomiendo hacer una vez, aunque incomode. Anotar todas las cuotas activas, de todas las tarjetas y todas las billeteras, y sumarlas. Ese número, comparado contra el ingreso mensual, es el porcentaje de sueldo que ya está comprometido antes de que empiece el mes. Mucha gente descubre ahí que arranca cada mes con un tercio del salario vendido de antemano, y esa foto obliga a una decisión concreta: si el resultado supera el 20% del ingreso, no se toman cuotas nuevas hasta que ese porcentaje vuelva a un nivel razonable, por más tentadora que sea la oferta que aparezca en la caja.
ConclusiónVale una aclaración antes de sacar conclusiones, porque la desinflación se cuenta a veces con un entusiasmo que el bolsillo no confirma. Que la inflación baje no significa que los precios estén quietos. Argentina sigue teniendo una inflación alta comparada con la de la mayoría de los países de la región, y el índice oficial tiene sus propias limitaciones para reflejar la canasta real de cada familia. La inflación de bolsillo, la que uno percibe cuando hace las compras de siempre, todavía se siente fuerte. Lo que cambió es la velocidad: los precios ya no corren lo suficientemente rápido como para licuarle la deuda a nadie.
Esa diferencia, que parece sutil, es la que empuja al cuetero hacia una secuencia que empieza con la opción de pago mínimo de la tarjeta, activa la tasa de financiación de saldo, y termina en el VERAZ. La forma de cortar esa secuencia es incómoda: dejar las tarjetas en casa durante unos meses y arreglarse con lo que hay. Sin financiación nueva, el gasto se ajusta solo a lo que efectivamente entra, y ahí uno descubre cuánto de lo que compraba en cuotas era necesidad y cuánto era simplemente disponibilidad. La seguimos la semana que viene con más material de finanzas personales e inversiones.