Las secuelas del Mundial
Hace algo más de un mes que concluyó el campeonato mundial de fútbol y la vida cotidiana ha retomado su orden habitual, con alegrías y pesares que durante varias semanas fueron relegadas por la...
Hace algo más de un mes que concluyó el campeonato mundial de fútbol y la vida cotidiana ha retomado su orden habitual, con alegrías y pesares que durante varias semanas fueron relegadas por la euforia colectiva habitual durante ese tipo de acontecimientos.
Nada nuevo aportó en materia de comportamientos masivos el certamen en el que los argentinos aspiraron a la victoria, a la que consiguió acercarse hasta el comienzo del partido final contra España. No haber dirigido un solo disparo al arco rival en los primeros noventa minutos de juego patentizó no solo la magnitud del dominio del equipo español sobre el argentino, sino que abrió reflexiones sobre el estado de agotamiento físico al que habían llegado nuestros jugadores después de haber triunfado en sucesivos partidos al cabo de esfuerzos extraordinarios. Bravo, pues, por tantas energías expuestas por deportistas que, en más de un caso, bordeaban por edad los límites naturales para un ciclo de vida en un deporte profesional de alta competencia.
Lo ocurrido después de la pitada final fue deplorable. Quien aquí haya opinado de otro modo, sobre la base de elaboraciones justificativas del comportamiento extradeportivo de algunos jugadores argentinos, lo habrá hecho por emociones que ciegan, como suelen hacerlo las pasiones, y no por razonamientos presididos por la rectitud del juicio sereno con que se emiten.
La FIFA ha impartido sanciones graves, tras varias semanas de consultas internas. En particular, para uno de los mediocampistas de nuestro plantel, Leandro Paredes, quien se hizo notar por la agresividad temperamental de sus intervenciones en el match final y se desubicaría aún más todavía luego de que el encuentro concluyera. Le impusieron 10 partidos de suspensión para partidos oficiales y una multa de 90.000 dólares.
El segundo sancionado, por la gravedad del castigo, fue Nahuel Molina, otro de los jugadores que se trenzó en empujones y trompadas con el español Gavi. Recibió la suspensión de 7 partidos y también la multa de 90.000 dólares. Por igual motivo fue castigado, con un partido y 30.000 dólares de multa, Thiago Almada, otro de los partícipes en esa gresca inadmisible cuando lo que correspondía era prepararse decentemente para las premiaciones a punto de comenzar con la presencia del rey de España y del presidente de los Estados Unidos.
En un sentido, el caso más grave fue el de Roberto Ayala, a quien se impusieron tres partidos de suspensión y una multa de 30.000 dólares. Como miembro del cuerpo técnico, y por su condición de experimentado jugador profesional en el pasado, debió haber interpuesto serenidad entre los revoltosos, del mismo modo en que se apresuró a hacerlo, de manera ejemplar, otro miembro del cuerpo técnico, Walter Samuel.
La conducta de Ayala merece ser considerada por las autoridades del fútbol argentino a la luz de esos sucesos y resolver si es acreedor a integrar de nuevo el elenco que estuvo a cargo de Lionel Scaloni. Sobre este no cabe sino exaltar la calidad del comportamiento por el que se caracterizó en todos los órdenes en el tiempo en que la selección argentina ha estado a su cargo.
La FIFA impuso a la AFA sanciones por 321.000 dólares. Ha cargado esta con la responsabilidad que le correspondía por los incidentes con protagonismo argentino durante la copa: por el lanzamiento de objetos al campo de juego por partes de hinchas de nuestra selección durante los partidos contra Suiza e Inglaterra y, por “los cánticos e insultos, homofóbicos y racistas”, atribuidos a aquellos.
Ha sido, así las cosas, un “Duro castigo por no saber perder”, según tituló en su primera plana el diario español Marca. A todo eso, la FIFA sumó, entre las sanciones de que fuimos objeto, otra más por violación de normas que prohíben expresamente manifestaciones no deportivas, como las que evidenciaron los jugadores Giovani Lo Celso y Nicolás Otamendi al levantar del césped y exhibir un trapo con la inscripción “Las Malvinas son argentinas”, arrojado desde la tribuna por hinchas argentinos. Lo son, desde luego, aun después de que hubieran sido usurpadas por el Imperio Británico en 1833, y siguen así bajo control foráneo sin que ninguno de nuestros gobiernos haya cejado nunca en el reclamo de su recuperación. Pero ha sido una necedad suponer que se haya avanzado un solo paso en favor de su recuperación por el incidente producido en el estadio de Atlanta, durante la semifinal en la cual el equipo argentino venció al inglés.
Por el contrario, la política internacional tiene sus ámbitos adecuados para la resolución de los conflictos y desde 1965, por la resolución 2065 de las Naciones Unidas, una clara mayoría de países ha reconocido la existencia del conflicto de soberanía que la Argentina había denunciado por más de un siglo, e instado a las partes a su resolución por vías pacíficas. La guerra de 1982 no solo se perdió, sino que produjo un retraso en todos los frentes de negociación en los que se había avanzado en los años 60 y la primera parte de los 70.
Deberían movilizarse en el país corrientes de opinión destinadas a urgir cambios de raíz en las instituciones del fútbol profesional, comenzando por lo que debería ser la conducción rectora de la AFA. El fútbol constituye un fenómeno social y político en la Argentina de tal significación como para que la sociedad se desentienda de su evolución. Verdaderas mafias se han apoderado desde hace muchos años de los estadios, con barras bravas que se permiten hasta amenazar de muerte a directivos, árbitros, técnicos, jugadores y familias involucradas con ellos.
El rostro de la AFA está en exceso sucio y ha quedado descarnadamente expuesto con esas miserias de pretender que todos creamos que un baldío de Pilar puede ser tomado como la sede legal de la entidad a fin de justificar jurisdicciones absurdas en causas penales en curso. Solo una Justicia a tono con la desfachatez de quienes dirigen la AFA podrían admitirlo.
El mundo suele juzgarnos por la destreza de nuestros futbolistas y también por la barbarie que suele primar en nuestras tribunas, al punto que ha estado por años prohibida la asistencia de hinchadas visitantes a otros estadios; es hora de que nuestra sociedad y sus instituciones más prestigiosas impulsen un movimiento que fuerce un giro copernicano en lo que sucede en ese inframundo y con las fortunas que se mueven alrededor del más popular de los deportes.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/las-secuelas-del-mundial-nid29082026/