Ridley Scott: su deseo de conocer la Argentina, la advertencia detrás de su nueva película y por qué dejó de leer las críticas
“Nunca estuve ahí. Me muero por ir”, respondió ...
“Nunca estuve ahí. Me muero por ir”, respondió Ridley Scott apenas escuchó la palabra “Argentina”. A casi medio siglo de su debut como director y detrás de películas que marcaron la historia del cine, como Alien, el octavo pasajero, Blade Runner, Thelma & Louise y Gladiador, el realizador británico conserva intacta la curiosidad que, asegura, todavía guía sus elecciones.
“Me muero por ir a la Argentina”. Breve mención sobre la Argentina al comienzo de la entrevistaScott lleva casi medio siglo imaginando mundos que todavía no existen, reconstruyendo otros que desaparecieron hace siglos y obligando a sus personajes a sobrevivir en escenarios extremos. Ahora vuelve a poner a sus protagonistas frente a un mundo hostil, pero desde un lugar bastante más íntimo.
Su nueva película, La guerra de los últimos, que llegó a los cines argentinos el jueves último, está basada en la novela que Peter Heller publicó en 2012 y con guion de Mark L. Smith. La historia transcurre en 2035, después de que una pandemia de gripe eliminó a gran parte de la población mundial y dejó a los sobrevivientes ante una sociedad quebrada.
En ese escenario viven Hig, interpretado por Jacob Elordi, y Bangley, a cargo de Josh Brolin. El primero es un piloto que todavía conserva la necesidad de encontrar otras personas, reconstruir vínculos y creer que puede existir algo más allá del aislamiento. El segundo, un exmarine acostumbrado a la supervivencia que confía mucho más en las armas, el control del territorio y la autosuficiencia. El elenco se completa con Margaret Qualley, Guy Pearce, Benedict Wong y Allison Janney.
Dos maneras opuestas de enfrentar un mismo mundo que Scott convierte en el motor de una película atravesada por la supervivencia, la acción, el humor y una pregunta más profunda sobre qué queda de la humanidad cuando todo lo demás desaparece.
El director venía de rodar Gladiador 2 cuando recibió el guion e inicialmente pensó que podía tratarse simplemente de “otra historia sobre el fin del mundo”, hasta que encontró algo que lo separaba de los clichés del género: la dimensión humana de sus personajes y la convivencia entre dos hombres obligados a soportarse en un mundo casi vacío.
En diálogo con LA NACION, Scott habló sobre qué encontró de nuevo en esta historia, por qué considera que dialoga con el mundo actual, la química entre Elordi y Brolin y la relación que mantiene con las críticas después de décadas de carrera.
“Una mirada fresca”Ridley Scott cuenta qué encontró de nuevo en La guerra de los últimos—Creaste algunas de las visiones del futuro más memorables del cine. ¿Qué encontraste en La guerra de los últimos que te resultara nuevo?
—Fue una mirada fresca y un lugar nuevo. No una ciudad, sino un lugar que ya era una base de supervivencia alejado de todo. Y en ese puesto de avanzada está el humor de dos hombres que son como una pareja extraña. Se toleran, pero se ponen nerviosos el uno al otro. Y me encanta esa idea. Así fue como empezó.
Brolin describió a su personaje como un hombre que convierte el dolor en ira y protección, mientras que Elordi encarna a alguien que todavía busca señales de la humanidad anterior al colapso. En el material de producción, Scott los define directamente como una “pareja dispareja” obligada a convivir.
“Tiene que haber algo más”Scott sobre el detrás del film: “El significado es la supervivencia”—La película se siente muy humana. ¿Cuál dirías que es el significado detrás de esta historia?
—¿Querés lo intelectual o lo normal?
—Lo que quieras...
—El significado es la supervivencia. Es: “¿Qué hago?”. Uno está feliz de existir en una fortaleza de dos hombres. El otro quiere algo más y está buscando otra luz. Tiene que haber algo más porque si no lo único que va a pasar es que estos dos tipos van a envejecer juntos.
—¿Cómo construiste en pantalla esa relación entre Elordi y Brolin?
—Los juntás y ya lo tenés porque elijo muy bien el reparto. Sé que lo hago. Así que tenía que ser Josh, y Jacob es relativamente nuevo en la arena y definitivamente es una de las muy pocas nuevas estrellas reales. Los puse juntos y obtuve magia.
Su mirada de Jacob Elordi y Josh Brolin: “Los puse juntos y tenés magia”El método de Scott también tuvo un peso concreto en esa química. El director acostumbra filmar con múltiples cámaras simultáneamente, con poco ensayo y una puesta que permite registrar una escena desde varios ángulos sin interrumpir a los actores.
La relación con el presenteAunque La guerra de los últimos está ambientada en un futuro cercano, la novela que le dio origen fue publicada en 2012, ocho años antes del comienzo de la pandemia de Covid-19. Vista desde 2026, la imagen de una enfermedad capaz de alterar radicalmente el funcionamiento de la sociedad inevitablemente adquiere otra resonancia. Pero para Scott, la conexión con el presente va más allá.
Ridley Scott: “Hay que prestar atención a lo que está sucediendo ahora”—¿Qué esperás que el público se lleve de la historia una vez que dejamos de lado el apocalipsis y la supervivencia?
—Prestar atención a lo que está sucediendo ahora. Lo que ves ahí es tribalismo y, fundamentalmente, casi todo es tribal o existir solo hasta que mueras como un perro. Y eso está sucediendo ahora en el mundo. Está fuera de nuestro control. Está en manos de los políticos. Lo sabemos, pero no queremos entrar en temas políticos, pero es un hecho y no lo van a resolver por culpa de la industria y los negocios.
En el material de prensa que comparte la producción, el equipo detrás de la película describe la historia como una parábola sobre la soledad, la reconexión con la naturaleza y la posibilidad de reconstruir, comunidad por comunidad, una forma de sociedad que vuelva a sentirse humana y civilizada. Scott, por su parte, señaló que lo que más le interesaba era evitar una mirada pesimista o simplemente catastrofista sobre el fin del mundo. El film convierte además elementos mínimos de la vida anterior —una comida, una conversación, la compañía de otra persona, la música— en bienes extraordinarios.
Ser fiel a sí mismoScott llegó a este punto de su carrera tras una larga y muy influyente trayectoria. Debutó con Los duelistas en 1977 y después dirigió Alien, el octavo pasajero (1979). En 1982, estrenó Blade Runner, una película inicialmente recibida con fuertes cuestionamientos y que con el paso del tiempo terminó convertida en una de las obras fundamentales de la ciencia ficción.
Después llegarían títulos como Thelma & Louise, La caída del halcón negro, American Gangster, Prometeo, Misión rescate, El último duelo, Napoleón y La casa Gucci. Su filmografía le valió tres nominaciones al Oscar como director y múltiples reconocimientos a la trayectoria. Pero el paso del tiempo no parece haber modificado demasiado una certeza que construyó muy temprano: la única mirada que considera indispensable sobre sus películas es la propia.
El director fue tajante respecto a las críticas: “No, me importa una mierda”—Después de una carrera tan extensa y exitosa, ¿seguís sintiendo presión cuando estrenás una nueva película por lo que puedan decir las críticas?
—No, me importa una mierda. Aprendí. Quiero decir, fui brutalizado con Blade Runner por Pauline Kael, que escribió cuatro artículos destruyéndola. Mi reacción fue agarrar las páginas de The New Yorker, enmarcarlas y ponerlas detrás de mi escritorio en Hollywood para recordarme: “Tenés que ser tu propio juez”. Y eso es todo.
Y agrega una regla que asegura haber mantenido desde entonces: “Nunca leas la prensa, ni la buena ni la mala. Si es buena, te volvés demasiado confiado; si es mala, es incluso peor”.