“El canto del cisne”: cómo comenzó la relación de Lady Di y el príncipe Carlos, según “el otro Charles de su vida”
Hubo un fin de semana en Althorp, a finales de 1977 o principios de 1978, en el que el grupo habitual de amigos de nuestras hermanas mayores vino a pasar unos días. Me di cuenta de que todos mirab...
Hubo un fin de semana en Althorp, a finales de 1977 o principios de 1978, en el que el grupo habitual de amigos de nuestras hermanas mayores vino a pasar unos días. Me di cuenta de que todos miraban y escuchaban a Diana de manera muy distinta a como lo hacían antes. Para ellos, “Duch” ya no era la hermana pequeña de la casa, a la que había que complacer y tolerar, sino una personalidad sumamente interesante por derecho propio. Hacía gala de una confianza renovada, sumada a un sentido del humor formidable, poco convencional, rápido y muy muy gracioso. Ahora Diana exigía ser tenida en cuenta por la fuerza de su personalidad. Era como si, liberada de las reprimendas constantes de los profesores por unas carencias académicas que nunca fueron culpa suya, de pronto —por primera vez— se hubiera encontrado a sí misma.
Sí, siempre había sido una adolescente guapa, y había claros indicios de que se convertiría en una mujer hermosa, pero fue su carácter lo que empezó a brillar en aquel momento: un gran sentido del humor, propio de alguien que no parecía tomarse demasiado en serio a sí misma y que tenía el don de posar su mirada alegre en las cosas graciosas y absurdas. Cuando era más joven podía ser malhumorada y se sentía expuesta a la humillación en clase, pero ahora estar con ella era divertidísimo.
Fue en esa época cuando Diana conoció bien al príncipe Carlos por primera vez desde la infancia. A finales de noviembre de 1977, vino a Althorp a pasar un fin de semana por invitación de mi hermana Sarah. Llevaban viéndose desde el verano. Un domingo por la noche, mi padre ofreció una de las cenas más fastuosas celebradas en Althorp no solo para conmemorar la visita del príncipe, sino también la de la reina Margarita de Dinamarca y su esposo, el príncipe Enrique.
El príncipe Carlos se sentó entre nuestra madrastra, Raine, y Sarah. Diana estaba en el lado opuesto de la mesa. Entre los invitados se encontraban Robin Leigh-Pemberton, que más tarde sería director del Banco de Inglaterra, y Peter Carrington, quien llegaría a desempeñar el cargo de ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de Margaret Thatcher.
Mi padre era de buen comer, tal como reflejaba el menú de aquella velada, consistente en cuatro platos: vol-au-vent de eglefino y langostinos seguido de pollo crujiente con salsa de queso y mousse de chocolate, tras lo cual sirvieron devils on horseback (ciruelas cocinadas envueltas en beicon), literalmente, diablos a caballo, un entremés tradicional inglés.
La artillería pesada salió de las bodegas de Althorp: Château Latour de 1964, Château d’Yquem de 1955, oporto Taylor’s de 1924 —el año de nacimiento de mi padre— y brandy Hine de 1914.
Diana estaba presente como hermana pequeña de Sarah, pero no se quedó en un segundo plano. Su renovada confianza hizo que llamara la atención del príncipe Carlos, que al parecer la encontraba encantadora y divertida.
Diana disfrutó mucho del poco habitual fin de semana de esplendor en Althorp, y en su siguiente carta a mi padre mencionó que le había caído bien al tiempo que señalaba: “Está claro que es alguien que necesita esposa”. A lo mejor pensaba que Sarah cumpliría ese papel. O quizá, a pesar de tener solo dieciséis años, estaba manifestando otro deseo melancólico.
En menos de tres años, ambos empezarían a salir.
El juego del gato y el ratón entre la prensa británica y la intimidad de Diana —y su vida— había sido un problema desde el mismo momento en que apareció en su radar.
En noviembre de 1980, durante los primeros días del cortejo del príncipe Carlos, Diana había viajado en coche desde Londres para sacarme de mi residencia en el Eton College, cosa que hacía a menudo. Como de costumbre, aquel domingo habíamos reservado mesa para almorzar en el Hind’s Head, un restaurante de la cercana localidad de Bray al que nos llevaba mi padre. Era un lugar al que él también iba con sus padres cuando estudiaba en el mismo colegio cuarenta años antes. Para diversas generaciones de alumnos de Eton, el atractivo del Hind’s Head siempre había sido la generosidad de sus raciones y el hedonismo de sus postres, la comida perfecta para Diana y para mí, ambos adolescentes.
Mirando por la ventana de mi habitación, a la espera de que llegara mi hermana a la tranquila calle en la que se encontraba la residencia, me emocioné al divisar su Mini Metro rojo. Sin embargo, me quedé estupefacto al comprobar que no venía sola. Llevaba tras de sí una docena de coches extraños y una motocicleta. Common Lane, un callejón sin salida normalmente aletargado de Eton, se sumió en el caos que provocaba el ruido de todos aquellos motores, los cuales impulsaban un convoy empeñado en perseguir a mi hermana.
Diana aparcó con cuidado frente a mi casa mientras los vehículos de los desconocidos se detenían brusca y desordenadamente en mitad de la calle, con los motores aún en marcha, y escupían a hombres —algunos solos, otros en pareja— que se abalanzaron sobre ella como hienas cercando a una gacela. Como en aquel momento Diana no era más que la última novia del príncipe Carlos, y no su prometida ni su esposa, no tenía derecho a protección policial. Así pues, a sus diecinueve años era completamente vulnerable al acoso de aquellos mercenarios de una fuerza mediática muy poderosa, dotada de recursos e insaciable.
Desde la distancia, yo había visto parte de la presión a la que se hallaba sometida Diana como nueva pretendida de un miembro de la realeza. En las noticias habían emitido imágenes de reporteros y fotógrafos empujándose a su alrededor cuando entraba y salía de Coleherne Court, el edificio del barrio londinense de Earls Court donde mi madre le había comprado un piso. Pero esa cobertura había sido edulcorada para el consumo público y presentada como poco más que un juego sin importancia. Los reportajes no lograban transmitir la energía aterradora de una multitud de hombres rodeando a una joven frágil. Verlo en persona era verdaderamente impactante.
El momento en que nació su relación fue muy desafortunado para Diana. En 1975, el ambiente en el mundo de la información sobre la familia real estaba más agitado después de que el príncipe Carlos declarara con inocencia: “Personalmente, creo que los treinta años son una buena edad para que un hombre se case”.
Sin duda, en ese momento pensaba que podría aparcar la cuestión del matrimonio durante unos años y así ganar algo de espacio para su intimidad. Pero pasó el tiempo y, dos años antes, el heredero al trono más famoso del mundo occidental había cumplido treinta. Desde entonces, los medios abordaban la aparición de cada nueva pareja del príncipe con la misma pregunta: “¿Será esta la elegida?“.
Cuando Diana salió por primera vez a la luz pública tras haber pasado clandestinamente unos días con la familia real en Balmoral dos meses antes de su visita a Eton, se negó a responder a los periodistas y fotógrafos especializados en la monarquía mientras la rodeaban, gritando a aquella joven misteriosa que revelara su identidad.
Ante su silencio educado pero firme, uno de los integrantes del grupo que la cercaba perdió la paciencia y le arrancó la maleta de la mano. Había reparado en la etiqueta de equipaje que colgaba del asa, colocada allí por el personal de Balmoral para facilitar la organización logística de los invitados. Desde el momento en que la leyó, la prensa supo que aquella nueva mujer en la vida del príncipe era lady Diana Spencer.
Ese trato tan brusco hacia una adolescente sobresaltada que trabajaba discretamente como ayudante en un parvulario tuvo lugar en un momento en que el elemento más burdo de Fleet Street (la zona del este de Londres donde antes tenían su sede muchos de los periódicos británicos más importantes) estaba entrando en el que tal vez fue el periodo de mayor poder y peores excesos de su historia. Esas dos décadas coincidieron de forma absolutamente desastrosa, como acabaría demostrando el tiempo, con la etapa de Diana en el escenario mundial.
Antes de Diana, las cosas eran muy distintas. Por lo general, a quienes estaban vinculados a la familia real, los medios británicos los trataban con cautela, si no con respeto. Es sabido que, en la década de 1930, cuando el hombre que llegaría a ser Eduardo VIII por un corto periodo de tiempo mantenía un idilio con la estadounidense Wallis Simpson, divorciada en dos ocasiones y considerada una femme fatale, el resto del mundo leía sobre la escandalosa vida amorosa del rey, mientras que, curiosamente, sus súbditos británicos no encontraban mención alguna en sus periódicos. Cómo cambiaría todo en los cuarenta años posteriores…
Aunque la multitud de fotógrafos y periodistas concentrados en Eton aquel domingo alegó que solo estaba haciendo su trabajo al acosar a Diana, aun con mi mirada de colegial, para mí era evidente que estaban intimidando a mi hermana. Por primera vez de muchas, sentí rabia al ver que aquella turba grosera, formada exclusivamente por hombres, se creía con derecho a invadir su espacio cuando se le antojara. Para ellos, Diana era una mercancía que explotar, no un ser consciente digno de respeto.
Ese día, mientras cruzábamos aquel pasillo de cámaras fotográficas, Diana me susurró que no respondiera a sus preguntas provocadoras. Como era de esperar, obtuvieron sus imágenes de “Lady Di y el otro Charles de su vida”, según titularon algunos en sus periódicos al día siguiente. En esas fotografías, ambos parecemos angustiados y se aprecia claramente que me consume una rabia impotente ante el hecho de que estuvieran haciéndolas. Diana tuvo que susurrarme una y otra vez: “Mantén la calma. ¡Hagas lo que hagas, no pierdas los nervios!“.
La única intimidad que disfrutamos aquel día fue cuando estuvimos dentro del Hind’s Head. Allí tuvimos ocasión de ponernos al día mientras los periodistas se trasladaban al bar y uno o dos nos vigilaban desde la distancia a la vez que aprovechaban sus dietas de gastos.
Diana y yo comimos el roast beef y los interminables platos de verduras que nos iban trayendo una sucesión de camareras sonrientes. Todas estaban encantadas de poder ver de cerca a Diana, a quien hasta entonces solo habían visto en los periódicos. Intercambió con ellas unas palabras bromistas y amables —siempre era muy natural y se sentía cómoda con los desconocido—, y todas se alejaban de nuestra mesa radiantes de satisfacción.
Era un fenómeno que vería una y otra vez durante los años restantes en la vida de Diana: el don extraordinariamente infrecuente para conectar con personas de toda condición, hacer que se sintieran cómodas y dejarlas absolutamente encantadas por su ingenio rápido, su humor vivaz y su ausencia total de afectación.
Después de compartir una generosa porción de la famosa tarta de melaza del restaurante, nos armamos de valor y salimos de nuevo para enfrentarnos a la multitud vociferante de periodistas y fotógrafos. Como ocurriría durante el resto de su corta vida, los fotógrafos no se daban por satisfechos con lo que ya habían obtenido. Con Diana, parecía que nunca tenían suficiente. Siempre querían más.
A menudo me preguntaban si Diana se había enamorado del príncipe o de la persona, y siempre he estado convencido de que fue primero de la persona. Mientras hablábamos durante el almuerzo aquel día que me sacó de Eton, y en otras ocasiones durante los primeros meses de su relación, me di cuenta de que Diana estaba prendada del príncipe Carlos.
Desde una edad muy temprana tenía ideas inusualmente claras sobre el matrimonio. Según recordaba mi niñera, Mary Clarke, de Diana cuando tenía solo diez años: “Su única ambición… era enamorarse, casarse y tener muchos hijos… Nunca se casaría a menos que estuviera realmente enamorada". De lo contrario, pensaba Diana, la relación correría el riesgo de acabar en divorcio.
Diana comentaba todo esto siendo todavía una niña, pero el hecho de que se casara menos de una década después de haber expresado esa reflexiva ambición infantil es un recordatorio de su extraordinaria juventud cuando entró en la vida pública.
El domingo que me sacó del colegio para comer, estaba suspirando por su amor. El príncipe Carlos acababa de partir en una gira monárquica de tres semanas por la India y Nepal. Venir a verme durante unas horas era una forma de distraerse del dolor que le provocaba su ausencia.
A veces, el público veía algún atisbo de los sentimientos de Diana. Cuando Allibar, el caballo favorito del príncipe, murió semanas después durante un paseo rutinario, Diana fue fotografiada visiblemente abatida por el dolor de Carlos.
El año anterior lo había visto quedar segundo a lomos de Allibar en una carrera celebrada en Ludlow y estuvo animándolo junto a Camilla Parker-Bowles, quien, según creía Diana, era una antigua novia.
Aquella fue la primera ocasión en que Diana y el príncipe Carlos fueron vistos en público como pareja.